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Días con el Che
Por Ulises Estrada Lescaille
Revista Tricontinental - Cuba
Conocí al comandante Ernesto Guevara a finales de 1961, cuando me desempeñaba como segundo jefe del Departamento (MOE), del Viceministerio Técnico del Interior (Inteligencia), dirigido por el comandante Manuel Piñeiro Losada, conocido como "Barbarroja".
El Che era entonces ministro de Industrias, y en su despacho o en su residencia, una vez concluido el trabajo del día, a altas horas de la noche o muy temprano en la mañana recibía a dirigentes y combatientes revolucionarios de los movimientos de liberación nacional y partidos políticos de la izquierda latinoamericana, que venían a Cuba a intercambiar opiniones sobre la situación en sus países de origen, la lucha contra las agresiones norteamericanas, y a solicitar ayuda material y política para el combate que libraban por alcanzar el poder político.
Con gran respeto por las opiniones de sus interlocutores, el Che solía referirse a los principales antecedentes históricos de la lucha revolucionaria y el desarrollo de la guerra que condujo a la victoria del primero de enero de 1959 en Cuba. Invariablemente también mantenía sus posiciones de principio, aunque surgieran discrepancias.
Conversaban sobre la situación política, económica y social latinoamericana, las condiciones objetivas, subjetivas, y cómo podían combinarse estrategias de combate en cada país.
Fui testigo de muchas de estas entrevistas y cumplí misiones en el exterior encomendadas por él, pero nunca imaginé que un día estaría a su lado, aunque brevemente, en el combate que libró en el año 1965 en el Congo Leopoldville (hoy República Democrática del Congo), junto a los guerrilleros del Consejo Supremo de la Revolución contra la dictadura de Moisé Tshombé. Mucho menos llegué a suponer que luego lo acompañaría en un pequeño e importante espacio que definiría el futuro de su vida revolucionaria.
Como es conocido, el Che se había unido a Fidel en México en la expedición del yate Granma e incorporado a la lucha armada en la Sierra Maestra como médico. El rigor de la guerra lo convirtió en un experimentado comandante guerrillero y junto a Camilo Cienfuegos encabezó la invasión del Ejército Rebelde desde el oriente al occidente de Cuba. Su contribución a la derrota definitiva del poderío militar de la dictadura de Fulgencio Batista fue significativa.
Desde los primeros momentos del triunfo revolucionario dedicó grandes esfuerzos a la formación político-ideológica de la juventud cubana, en función de crear la semilla de un hombre nuevo, como él le llamaba, despojado de reminiscencias nocivas, solidario, con amor y dedicación a la patria, sin egoísmos, con honradez, modestia y un genuino sentimiento internacionalista, martiano, ante el dolor ajeno.
Como ministro, compartía sus responsabilidades con las de comandante del Ejército Rebelde. A pesar de padecer de asma, enfermedad que lo hostigaba permanentemente, se crecía y redoblaba sus fuerzas físicas para promover el trabajo voluntario, otro de sus conceptos fundamentales, convencido de que la disciplina y la responsabilidad individual y colectiva actuaban como mecanismos de estímulo en la conciencia del hombre: en el vestíbulo del Ministerio de Industrias, como en el de otros organismos, figuraba un mural en el que aparecían los trabajadores destacados en la emulación socialista, pero era algo exclusivo allí que aparecieran también los ausentistas del mes, en un intento por movilizar a los más rezagados.
Se propuso ser un ejemplo de las virtudes que preconizaba para el hombre nuevo, el hombre del siglo XXI. El capitán Orlando Pantoja Tamayo, "Olo", jefe del Departamento MOE y compañero de lucha de la columna invasora, quien murió heroicamente en la guerrilla boliviana, lo definía como un hombre exigente pero justo, incapaz de ordenar la ejecución de una tarea que él mismo no estuviera en condiciones de cumplir o de exigir una conducta de la que él mismo no fuese ejemplo.
Recuerdo que en una ocasión me preguntó: ¿Por qué ustedes no participan en el trabajo voluntario? ¿Por qué no vas a cortar caña? Como esas preguntas indicaban una percepción no solo sobre mi persona, sino también de mis compañeros de trabajo, traté de explicarle el tiempo y esfuerzo que debíamos dedicar a nuestras tareas, y recuerdo como si fuese ahora que me dijo en forma muy convincente, que el hombre no podía formarse como un revolucionario verdadero si no era capaz de participar integralmente en todas las tareas posibles de la revolución, no importa cuán importante fuera el trabajo específico que estuviese realizando.
Sentí que debía responder a la invitación que me hizo y me presenté en su casa unos días después, antes de salir el sol. Vine para ir con usted una semana a la caña, comandante, le dije con un poco de orgullo. Has dado el primer paso, ya estás listo para participar en la zafra, y eso es lo importante. No vendrás ahora conmigo, decide tú cuándo participarás voluntariamente, respondió. Esa fue una de las grandes lecciones que he recibido en mi vida revolucionaria.
La vocación internacionalista era inseparable de su personalidad. Estaba decidido a no descansar ni un minuto en el apoyo a la lucha de liberación nacional, y aún más, no escatimar esfuerzo alguno para buscar la posibilidad cierta de ir a combatir a la Argentina, aunque fuera a morir con un piecesito dentro de las fronteras de su patria, como me dijo durante nuestra estancia en Praga.
Con ese objetivo, en 1963, por instrucciones del Che, organizamos la Operación Sombra (tomado del personaje de la literatura Don Segundo Sombra), comandada por el periodista argentino Jorge Ricardo Massetti (el comandante Segundo) y un pequeño grupo de sus compatriotas, entre ellos, Federico Méndez, el pintor Ciro Bustos (quien posteriormente tuvo una actitud traidora en la guerrilla en Bolivia) y el médico Leonardo Werthein.
El Che prestó una atención muy especial a la preparación de ese grupo, cuyo objetivo central era asentar en territorio argentino una columna guerrillera, a la cual él se incorporaría en su fase de desarrollo.
Para la creación de una red de apoyo logístico en Bolivia, fue designado Abelardo Colomé Ibarra, "Furry", hoy general de Cuerpo de Ejército, ministro del Interior y Héroe de la República de Cuba, a quien recibí en La Paz apoyado por una célula del Partido Comunista de ese país integrada por Inti Peredo y Rodolfo Saldaña. Además, estábamos en ese momento brindando apoyo operativo y logístico a la guerrilla peruana de Héctor Béjar.
José María Martínez Tamayo, "Papi", quien moriría en combate en la guerrilla boliviana, se trasladó a Bolivia para apoyar a Furry en el recibimiento de Massetti con su grupo y organizar su posterior ingreso a la Argentina. El grupo venía de Brasil, luego de haber permanecido un tiempo prolongado en Argelia, donde recibimos toda la cooperación del Frente de Liberación Nacional (FLN).
Al comando guerrillero se incorporaron el capitán Hermes Peña (muerto en combate con el ejército argentino) y el primer teniente Alberto Castellanos (quien cayó prisionero y cumplió cuatro años de cárcel en Argentina sin que llegara a conocerse su identidad como cubano). Ambos oficiales combatieron con el Che en Cuba, y por su experiencia y condiciones personales tenían la misión de acompañar a Massetti durante el desarrollo de la lucha armada, en espera de la llegada del Che.
Los integrantes de este grupo insurgente, además de preparación militar, estudiaron la problemática económica y social del pueblo argentino, los puntos débiles de la dictadura militar y la política a seguir en el contacto con la población para obtener su colaboración y, en los casos posibles, lograr su incorporación al Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP).
Paralelamente, la argentina-alemana Tamara Bunke Bider, "Tania", había sido seleccionada por el Che para asentarse en Bolivia con una personalidad falsa. Su fachada de etnóloga le permitiría viajar por el país, estudiar las formas y el rigor de la explotación del minero, el campesino y el obrero boliviano, las condiciones geográficas, la situación del gobierno, las fuerzas armadas y la burguesía gobernante, a quienes debía vincularse lo más estrechamente posible.
En el Ministerio de Industrias, el Che le explicó a Tania la misión, reiterándole la necesidad de mantener a toda costa las comunicaciones impersonales con Cuba y esperar por un contacto que se le enviaría oportunamente para ampliarle y clarificarle las tareas que debía cumplir. Allí estaban también el comandante Piñeiro y Papi, quien la contactaría años después para su incorporación como apoyo clandestino a la guerrilla en Bolivia. En esta entrevista se me encomendó la responsabilidad de dirigir la preparación técnico-operativa de Tania.
El Che también prestó gran atención a los preparativos de la guerrilla de Héctor Béjar que operaría en Perú (Operación Matraca) y de la comandada por el doctor Luis de la Puente Uceda, en el mismo país. Su idea era extender la lucha armada en América Latina y desde Argentina organizar una guerrilla madre en la cual participaran combatientes de otros países del sur de América, que una vez forjados en la lucha llevaran la guerra liberadora a sus propios países.
También se conoce que la guerrilla de Massetti fue sorprendida por el ejército en una emboscada y tuvo que dispersarse. Algunos de sus combatientes murieron en este encuentro, unos fueron detenidos y otros, como el propio comandante Segundo, se internaron en las montañas sin que volviéramos a tener noticias de su verdadero destino.
Nunca vi al Che tan abatido. A Massetti lo unían fuertes lazos personales y políticos; Hermes y Alberto eran parte de su familia guerrillera. El significado político de este revés, el factor humano, la incertidumbre sobre la situación real por la que atravesaban aquellos hombres, lo llevaron a hacer sus mayores esfuerzos por investigar los hechos y agotar todas las posibilidades de ayuda a los sobrevivientes, en caso de que existieran. En este empeño recibió la cooperación de algunos revolucionarios argentinos, principalmente del matrimonio peronista William y Alicia Cook, comprometidos en la lucha contra la dictadura de su país e identificados con el pensamiento del Che.
Las guerrillas de Béjar y Luis de la Puente fueron derrotadas, lo que significó un duro golpe para la causa revolucionaria peruana.
Tania cumplió cabalmente las tareas que se le asignaron y encontró la muerte en el grupo de retaguardia de la guerrilla del Che, como ella soñaba, de cara al sol, luchando por la libertad latinoamericana, fiel a sus ideales.
En 1965, luego de un largo recorrido por países africanos, identificado con las ideas de ese gran líder que fue Patricio Lumumba, el Che recibe la encomienda de marchar al frente de un centenar de asesores militares cubanos que apoyarían al pueblo congolés, cuya vanguardia integraba el Consejo Supremo de la Revolución dirigido por Gastón Soumaliot y Laurent Kabila, en su lucha contra la dictadura de Moisé Tshombé, principal responsable del asesinato de Lumumba.
Al salir de Cuba, el Che había dejado a Fidel, a quien calificaba como su guía revolucionario y amigo, la carta de despedida ante el llamado de otras tierras del mundo. La campaña internacional, cargada de infamias y especulaciones, más la preocupación y dudas de algunos amigos fuera de nuestras fronteras sobre la supuesta "desaparición" del Che, fueron aplastadas cuando Fidel decidió dar a conocer esa carta, a la vez que envió al comandante José Ramón Machado Ventura, entonces ministro de Salud Pública, a explicarle al Che las razones de su publicación, así como la situación existente y la creación del Partido Comunista de Cuba y su comité central, del cual, por razones obvias, no formaba parte.
En el recorrido que realizara por el continente africano, profundizó en sus conocimientos sobre la lucha de liberación nacional que desarrollaban los movimientos anticolonialistas, con muchos de los cuales se entrevistó, y les ofreció la ayuda solidaria de Cuba. Esa fue la razón por la que viajé en el barco Uvero entregando alimentos, ropa, medicamentos y armas a los movimientos revolucionarios, entre ellos el Partido Africano para la Independencia de Guinea Bissau y Cabo Verde, dirigido por el legendario Amílcar Cabral.
El periplo concluyó en Dar es Salaam, República de Tanzania. Allí llevamos suministros destinados al Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO), al Consejo Supremo de la Revolución (CSR) y para el grupo de asesores militares cubanos en el Congo.
Coincidiendo con el comandante Machado Ventura, ingresé al Congo con la misión de hablar con el Che. En el recorrido por las zonas de operaciones guerrilleras, fui testigo de la miseria en la que vivían los campesinos congoleses, del arraigado tribalismo que convivía con los sistemas patriarcal y feudal, y de las creencias oscurantistas. Todos estos fenómenos atentaban contra el desarrollo organizado e integral de la lucha armada, y fue una razón para que el Che decidiera que los cubanos dejaran a un lado su trabajo como asesores militares y combatieran directamente contra los mercenarios blancos y el ejército congolés, como forma más eficaz para el entrenamiento de los guerrilleros.
Aunque los militares cubanos, sujetos a una ideología revolucionaria internacionalista, estaban dispuestos a cumplir esta difícil misión, a riesgo de sus vidas si era necesario, como algunos lo hicieron, muchos no comprendían por qué se mantenían combatiendo allí, y me decían que solo por Fidel y el Che estaban dispuestos a continuar.
Al hablar con el Che comprendí sus esfuerzos para que estos hombres tomaran conciencia de la importancia de la acción internacionalista que estaban llevando a cabo, a pesar de las grandes diferencias que existían con respecto a la conducta e idiosincrasia congolesa. Era alumno y a la vez maestro. Aprendió el principal dialecto del país, el swahili, y en francés les hablaba de política, de ética, de lo que era el mundo que no conocían, para lo cual se apoyaba en su profesor-traductor, el joven Freddy Ilunga, hoy médico graduado y residente en Cuba.
Intimaba con los mugangas (jefes religiosos y curanderos) que tenían una gran influencia sobre los combatientes congoleses, hasta el punto de determinar si iban o no al combate mediante supersticiones fetichistas.
Al salir del Congo, me dirijo a Brazzaville a fin de hacer un canje y obtener dinero congolés, encargo que me había dado el Che. Allí le explico los pormenores de Leopoldville al embajador Jorge Serguera, primeramente, y luego al capitán Jorge Risquet, máximo jefe político de la misión especial cubana, y al comandante Rolando Quindelán, jefe militar de la columna de instructores encargados de entrenar y organizar las guerrillas angolanas que combatían en la zona de Cabinda, y las milicias del Congo Brazzaville, para defender al gobierno del presidente Massamba-Debat, si era invadido el país por las fuerzas militares de Tshombé. Asimismo, preparamos a los guerrilleros de la Unión de los Pueblos de Camerún (UPC) para que penetraran a su país e iniciaran la lucha guerrillera.
Derrocado Tshombé a finales de 1965, la OUA pide al gobierno de Tanzania suspender la ayuda militar a la guerrilla, y a solicitud del CSR, la misión cubana concluye en el Congo. Los combatientes regresan a Cuba en aviones que nos facilitó la entonces Unión Soviética, desde Dar es Salaam a Moscú y luego a La Habana.
El Che permanece en Tanzania en estrecho contacto con Fidel, mientras se llevaban a cabo los preparativos de la futura guerrilla boliviana, en coordinación con el Partido Comunista de ese país, ya que consideraba que no debía regresar a Cuba luego de haberse hecho pública la carta de despedida, y ante la solicitud reiterada de Fidel, se decide su viaje a Praga para una estancia temporal hasta definir su futuro.
Nuevamente viajo a Dar es Salaam desde La Habana, acompañado por el doctor Luis García Gutiérrez, "Fisín", estomatólogo del Ministerio del Interior y encargado del enmascaramiento del Che para que no pudiera ser reconocido en su traslado a Praga. A comienzos de 1966, una vez presentadas al Comandante en Jefe Fidel Castro las fotos del enmascaramiento, viajo con el Che hacia Praga, con escalas en el Cairo y Belgrado.
Colman Ferrer, diplomático cubano en Tanzania y colaborador de la Inteligencia, trabaja con el Che mecanografiando su diario de campaña en el Congo. Él es el encargado de preparar con el mayor secreto el viaje a Praga y realizar todos los trámites en el aeropuerto de Tanzania, para garantizar que el Che permaneciera en el lugar el menor tiempo posible.
Por mi experiencia en el trabajo clandestino, fui designado por el Che jefe del grupo –que integrábamos solo nosotros dos–; sin embargo, un pequeño error durante la espera del vuelo en un punto intermedio, hizo que me destituyera, asumiendo él personalmente el mando. Al tomar el avión me devolvió la recién otorgada jerarquía y me encomendó tomar las medidas necesarias para que su presencia en la escala en Yugoslavia no levantara sospechas, convencido de que podrían informárselo a la CIA.
En Praga nos atendió el compañero José Luis Ojalbo, nuestro contacto con los órganos de la Seguridad checa, quien nos alojó en un pequeño apartamento situado en una azotea que le habían entregado los checos para el tránsito de los revolucionarios que clandestinamente viajaban a y desde Cuba. El apartamento constaba de un cuarto con dos camas, una mesita, una cocinita y un pequeño baño, que era utilizado por compañeros de menores responsabilidades políticas, por lo que no era lógico sospechar que allí se encontraba el Che.
Durante los primeros dos días me hice cargo de la limpieza, de hacer el café, preparar el agua caliente para la hierba mate que él tomaba, y de cocinar los alimentos ligeros. Luego él distribuyó el trabajo, y comenzamos a turnarnos en la ejecución de estas tareas domésticas.
De vez en cuando, en horas de la noche, salíamos con José Luis a algún restaurante en las afueras de Praga, o dábamos un paseo en auto por la ciudad.
El Che me prohibió decirle comandante y me pidió que lo llamara solamente por el nombre de su pasaporte "Ramón", pues los checos sabían que esa era una casa que utilizaba la Inteligencia cubana, y podían tener colocados micrófonos ocultos, y de enterarse quién era él, de alguna manera podría llegar la información a la CIA.
Me costó mucho trabajo decirle Ramón y tratarlo de tú, de igual a igual, pero al fin tuve que adaptarme y entender que debíamos tomar todas las medidas de seguridad posibles.
En Praga fui testigo del intenso intercambio de mensajes entre el Che y Fidel, por vía secreta o a través de Papi, que servía de enlace, y de sus conversaciones con este último, bien cuando iba o venía de La Paz o de La Habana.
Pasábamos el tiempo jugando ajedrez, o bien él leía, siempre con un tabaco entre sus labios. Yo escuchaba música de los únicos dos discos que teníamos: uno de Miriam Makeeba, que le gustaba mucho, y otro de los Beatles, que al principio le disgustaban, pero luego de oírlos varias veces llegaron a gustarle tanto que me pedía se los pusiera.
Conversábamos de muchos temas: la guerra en la Sierra Maestra, el papel de Fidel, que fue quien maduró en él las ideas socialistas; la victoria, la etapa del sectarismo, las perspectivas del Ejército Rebelde… La discriminación y la autodiscriminación racial en Cuba, la necesidad del desarrollo industrial como forma única de consolidar la revolución. Mientras los refrescos que hacemos sepan a jarabe medicinal, no habrá revolución, me decía.
El antimperialismo era una divisa inseparable de su pensamiento político. En una ocasión pedí me compraran cigarrillos y José Luis me trajo unos norteamericanos. Mientras fumaba, el Che me observaba constantemente hasta que me preguntó por los cigarrillos. Al mencionarle la procedencia me dijo en un tono jocoso: ¿No podías fumar unos cigarros menos imperialistas? Los cambié por cigarrillos ingleses y entonces me dijo: Bueno, esos al menos son menos imperialistas.
Las salidas nocturnas quizás cambiaron el curso de mi vida revolucionaria. En los restaurantes las camareras se fijaban mucho en mi físico, les llamaba la atención mi piel negra y el abundante pelo que entonces adornaba mi cabeza, así que me tocaban una y otra vez.
Un día el Che me dijo que por ser negro llamaba mucho la atención, y que por esa razón podían descubrirlo. Entonces me orientó pedir a Piñeiro que le enviara un compañero de piel blanca para que lo acompañara en Praga. Fue cuando llegó Juan Carretero, "Ariel", con una importante misión especial. Él me reemplazó durante unos días, hasta que Alberto Fernández Montes de Oca se quedó como el acompañante permanente del Che. Posteriormente salieron de la ciudad y se alojaron en una finca. Harry Villegas, "Pombo", y otros compañeros se incorporarían después.
Mientras Papi viajaba a Bolivia a iniciar los preparativos de la guerrilla, regresé a La Habana. Por mucho que insistí, el Che no me aceptó como voluntario en la nueva campaña guerrillera. Decía que yo le era más útil a Piñeiro con mi experiencia conspirativa, que a él con mi poco conocimiento de la guerrilla. A pesar de mis esfuerzos para persuadirlo, su decisión prevaleció y quedé fuera de esa etapa, significativa, de la historia de América.