Honduras
La transición del presidente electo
Manuel Torres Calderón
Audiovisuales y Análisis de Prensa. Honduras,
enero del 2002.
Enviado por el Comisionado Nacional de DDHH.
Enero es un mes de transiciones, la más visible
y formal de ellas es el
traspaso de "mando" entre el presidente
saliente, Carlos Flores, y el
entrante, Ricardo Maduro, pero la transición más
compleja y controversial
es la que se da - en diversos escenarios, públicos
y privados - entre la
clase política y financiera que está dispuesta
a reacomodos, pero no a
perder el poder.
Las principales negociaciones visibles tienen,
entre otros, cuatro figuras
o sectores protagónicos. En el Partido Liberal,
Flores y el candidato
presidencial derrotado, Rafael Pineda Ponce; y en
el Partido Nacional, el
presidente electo, Ricardo Maduro, y los
dirigentes del llamado "lado
oscuro", denominación con que se identifica
al grupo en el cual destaca
como guía el ex presidente Rafael Leonardo
Callejas.
Cada uno tiene, a su vez, sus propias agendas e
interlocutores principales
en las negociaciones. Por Flores sobresale Manuel
Zelaya Rosales; por
Pineda Ponce es Jorge Arturo Reina; por Ricardo
Maduro son Luis Cosenza y
Jorge Ramón Hernández Alcerro, y por el "lado
oscuro" se cita a Rodolfo
Irías Navas, Gilberto Goldstein, Callejas y
otros. Para todos, incluyendo
a Maduro, el resultado de la negociación es un
pulso que determinará en
gran medida su cuota de poder a corto o mediano
plazo.
Es evidente que el mayor trabajo le toca al
"madurismo" puesto que es el
grupo al que se le arrancan concesiones y que, a
su vez, espera
arrancarlas de otros, tanto dentro como fuera de
su propio partido o
círculo de intereses. A Maduro le toca negociar
desde la composición del
Comité Central del Partido Nacional, hasta la
directiva del Congreso
Nacional, pasando por la integración de su
gabinete o por las garantías de
tranquilidad que el sector ligado a Flores espera
tener una vez que
abandonen el gobierno.
Tras ellos, hay también una recomposición o
consolidación de las alianzas
financieras asociadas al poder político. Se
habla, por ejemplo, de la
preeminencia para este período del Grupo Bamer o
del Grupo Ficohsa,
Cualquiera que sea el nombre, es obvio que
quienes aportaron el capital a
las campañas quieren cosechar lo más pronto
posible sus frutos y la
integración del gabinete ministerial es ya un
campo de batalla.
A pocos días del cambio de banda presidencial,
previsto para el 27, la
transición protocolar ha sido intensa y armónica
entre el equipo entrante
y el actual. Flores abrió las puertas de su
administración a los
nacionalistas. Luego de una charla global sobre cómo
Flores deja la
administración pública, cada ministro ha tenido
la visita de sus relevos,
a quienes se les ha presentado las líneas básicas
de trabajo y el
presupuesto de que disponen.
Contrario a otras experiencias, esta vez el
equipo de Maduro no ha emitido
ninguna crítica o valoración pública de la
gestión de Flores, tampoco se
han declarado sorprendidos por la magnitud de la
crisis o por los
compromisos heredados. Los señalamientos
probablemente vendrán después,
cuando cada quien esté en su sitio, pero por
ahora es una vecindad
amistosa.
De hecho, liberales y nacionalistas parecen tener
menos problemas de
entenderse entre sí, que al interior de sus
propios partidos. Las
contradicciones o diferencias a nivel de poder
entre Flores - Pineda Ponce
y Maduro - "lado oscuro" son visibles.
El frustrado intento de Maduro de
que su mano derecha, Cosenza, fuese escogido para
ser el nuevo presidente
del Poder Legislativo es una prueba de ello.
La falta de acuerdo al interior de la bancada de
su propio partido, obligó
al Presidente electo a buscar una "tercería"
en la que los dos bandos
estuvieran de acuerdo. Así surgió la
candidatura de Porfirio Lobo, un
político al que le dan el mandato de conciliar
intereses, no de imponer.
En este primer palique de influencias, Maduro
salió perdiendo, no por que
Lobo (a quien había escogido como ministro de
Seguridad) haya sido el
escogido, sino por lo que ha tenido que ceder.
Extraoficialmente, Lobo
tiene también el visto bueno de la bancada
liberal, con la cual el "lado
oscuro" muestra mucha facilidad para ponerse
de acuerdo. Maduro aseguró
que Lobo se ha comprometido a promover las
reformas institucionales que
fueron parte de sus promesas de campaña, en los
campos de profundización
de la democracia (LP/16/1).
En estas circunstancias, Maduro y sus
colaboradores de confianza más
cercanos han tenido que salir muy rápido en
busca de alianzas internas y
externas para asumir la administración pública
con una base mínima de
estabilidad, pero en ese esfuerzo la apuesta es
clara: o él le toma el
pulso a sus opositores, o los opositores se lo
toman a él. Probablemente,
el grado de concesiones o flexibilidad que
muestre ahora, determinará en
buena medida el rumbo de su gestión futura. Los
liberales lo saben y hasta
ahora no les ha ido mal en la mesa de
negociaciones, empezando por el
hecho de que los nacionalistas no cuestionaron
como negociador a Jorge
Arturo Reina, el político que en la campaña
electoral arremetió con más
dureza contra el ahora presidente electo.
Dejando eventuales susceptibilidades de lado,
hasta ahora ambas
organizaciones ya mostraron su capacidad no sólo
para repartirse el poder,
sino para prescindir en el Congreso Nacional de
los doce diputados de los
partidos minoritarios para adoptar acuerdos, a lo
que contribuye, en
primer lugar, que la facilidad con que la
Democracia Cristiana se pliega a
los liberales hace imposible una alianza real con
el PINU y Unificación
Democrática. De la mano de su presidente, Arturo
Corrales, los
democristianos se muestran dispuestos a negociar
cualquier cosa a cambio
de un pedacito de poder (esta vez ya tienen en el
bolsillo la sub
Procuraduría General y aspiran a contar con un
magistrado en la Corte
Suprema de Justicia). Por otra parte, la
posibilidad de los minoritarios
de convertirse en el "fiel de la balanza"
del Congreso Nacional - ante la
falta de una mayoría simple de uno de los
tradicionales - resultó, como
era previsible, un espejismo. Nacionalistas y
liberales simplemente se
sientan a negociar y se ponen de acuerdo sin
necesidad de terceros, salvo
para motivos propagandísticos..
Así se repartieron la dirección de Probidad
Administrativa, Procuraduría
General y Contraloría General de la República,
al tiempo que anunciaron la
pronta eliminación de esos organismos para crear
- en un plazo de seis
meses - el Tribunal Superior de Cuentas. En el
paquete de compromisos se
incluye la decisión de repartirse -en principio,
ocho nacionalistas y
siete liberales - los próximos 15 magistrados de
la Corte Suprema de
Justicia a partir del listado que les presente la
Junta Nominadora. La
afirmación del dirigente nacionalista Jorge Ramón
Hernández Alcerro de que
"sin un acuerdo entre los políticos no
puede haber la elección de una
nueva Corte Suprema de Justicia", refleja la
visión de lo público que
impera desde las alturas del poder.
En conjunto dentro de las llamadas, por Reina,
"reformas históricas que
muestran la madurez de nuestra democracia",
la tendencia es a una curiosa
despolitización de organismos claves -entre
ellos el Tribunal Nacional de
Elecciones - pero reservando para los políticos
la decisión de escoger -
bajo sus propias reglas - quienes los encabezarán.
El tipo de acuerdos que trascienden confirman que
el problema en Honduras
no es lograr que se de el consenso entre los políticos;
el problema es que
se de el consenso entre los políticos y la
ciudadanía. Por lo pronto, los
políticos demuestran que siguen considerando la
res pública como suya,
sujeta a sus reglas e intereses.
La diversidad de actores con que Honduras llega
al nuevo milenio no es
apreciada por quienes siempre han usufructuado el
poder en alianzas
estrechas. Eso se observa en la composición del
Gabinete de Gobierno, cuyo
listado preliminar desconoce que fuera del
partido ganador o del entorno
del presidente hay muchas figuras de la política,
economía y la cultura
que valen la pena.
A los políticos el rumbo de por donde conducir
al país debió dárselo el
escrutinio de las elecciones, pero sus resultados
no son interpretados ni
tomados en cuenta. Para el caso, el 37% por
ciento de abstencionismo fue
un mensaje claro del descrédito de la política
y de que la sociedad
demanda más un acuerdo nacional que un acuerdo
entre los políticos de
siempre, pero eso todavía está pendiente. De
hecho, la actual apertura
formal de los acuerdos logrados entre liberales y
nacionalistas no hace
más que ratificar la hegemonía de ambos sobre
el escenario político. La
falta de mayoría simple de los nacionalistas en
el Congreso Nacional
(tendrán 61 de 128 curules) no ha hecho más que
potenciar el valor de la
mayoría calificada (dos terceras partes de los
128). La Constitución de la
República, que este año cumple su veinte
aniversario, se convierte así en
un argumento para frenar la democracia en lugar
de ampliarla puesto que da
a los políticos un instrumento para mantener su
monopolio.
Mientras los políticos promueven sus compromisos,
sigue pendiente lograr
acuerdos sobre temas básicos alrededor de la
Gobernabilidad o la
Sostenibilidad, entre ellos cual será el papel
de la sociedad civil en la
búsqueda de consensos básicos alrededor de lo
social, lo productivo y la
seguridad. Los pactos sólo entre políticos no
parecen ser suficientes para
que Maduro pueda ver cumplido su deseo de "ser
un reformador, más que un
administrador del Estado". Tomado de La insignia
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