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Rigoberta Menchú: El racismo
y la discriminación, vergüenzas para la humanidad
Servicio Informativo "alai-amlatina"
Monterrey.- Hablando con mucha
gente en diferentes países, he constatado que la lectura de las
noticias en la prensa diaria, en estos tiempos aciagos, nos
produce a la mayoría sentimientos dolorosos; en pocas ocasiones
encontramos estímulos para elevar la autoestima, el entusiasmo y
la alegría. Y probablemente el más común de esos sentimientos
amargos, junto a la indignación y la impotencia, sea la vergüenza.
Para mantener viva la esperanza y acrecentar el espíritu de
solidaridad, hay que recurrir a la fuerza de la convicción de
que los mejores valores de la humanidad terminarán por imponerse
al imperio del negocio, el dinero y la guerra.
Vergüenza es lo que se experimenta al leer, en las mismas páginas
de los diarios, la noticia de que la ONU se apresta a celebrar el
día internacional para la eliminación de la discriminación y
el racismo, mientras que con la mayor indiferencia se permite que
numerosos Estados cometan las peores atrocidades en contra de
muchos pueblos. Avergüenza, por ejemplo, atestiguar la
tolerancia internacional frente al genocidio que ante los ojos
del mundo está cometiendo el gobierno de Israel contra el pueblo
Palestino. Avergüenza constatar el fondo racista y
discriminatorio tras los argumentos con los que el gobierno
encabezado por Ariel Sharon pretende justificar esos nuevos crímenes
de lesa humanidad. Crímenes que a su vez son utilizados como
pretexto por el fanatismo terrorista que asesina de manera
sanguinaria a civiles israelitas.
Cuando las autoridades de Tel Aviv hablan descaradamente de
ocupación, expropiación o desalojo de los territorios que
pertenecen al pueblo palestino, no puedo dejar de pensar en las
prácticas de despojo, confiscación y usurpación que a lo largo
de los últimos quinientos años hemos sufrido los pueblos indígenas
en nuestras tierras, territorios y recursos.
A pesar de que la lucha contra el racismo y la discriminación
constituye uno de los temas más trabajados en el sistema
internacional desde la creación de las Naciones Unidas, este fenómeno
sigue insultando la dignidad humana en el nuevo milenio. El
racismo, ese agraviante problema histórico que tiene profundas
raíces en el colonialismo y la esclavización de pueblos enteros,
continúa vivo y activo en el mundo de hoy. El racismo y la
discriminación racial constituyen una tragedia que continúa
ocasionando violencia contra muchos pueblos dondequiera que nos
encontramos, sea en países del tercer mundo o en los llamados países
desarrollados.
No obstante y a pesar de las tres Conferencias Mundiales contra
el racismo, las Décadas internacionales decretadas por la ONU y
la aprobación y ratificación de Convenciones internacionales
dedicadas a ese tema, nos encontramos en este año 2002 ante una
realidad histórica vigente y persistente. Una realidad que lejos
de desaparecer crece y se extiende en distintas regiones del
mundo.
Pero la constatación de estos hechos no niega la importancia de
esos eventos y acuerdos mundiales. El establecimiento del día
internacional para la eliminación de la discriminación y el
racismo, es motivo de satisfacción porque forma parte de un
proceso en el que debemos participar activamente todos los que
queremos contribuir a la construcción de un mundo intercultural,
en el que prevalezca la aceptación recíproca y el respeto mutuo
y la diversidad sea reconocida como un don para la convivencia y
la prosperidad de los pueblos.
Sin embargo hay que insistir en la denuncia y perseverar en la
lucha contra esas vergüenzas para la humanidad. Los pueblos indígenas,
que junto a otros pueblos hemos sido las víctimas principales de
la discriminación y el racismo, conocemos perfectamente sus
causas y sus efectos. El desprecio, el odio racial y la pretensión
de una absurda superioridad étnica y cultural, son
manifestaciones de las taras y complejos coloniales que aún
persisten en los países en que vivimos.
Por ello, en nuestra voz de denuncia y en el planteamiento de
nuestras demandas, los pueblos indígenas sabemos de qué estamos
hablando. Y también sabemos que nos corresponde un papel y una
responsabilidad en la construcción de sociedades que asuman su
diversidad étnica y cultural como fuente de virtudes y no como
motivo de complejos. Nuestra misión es, junto a la de otros
pueblos originarios, aportar al conjunto de la humanidad una
contribución efectiva, partiendo de la cosmovisión que se nutre
de nuestra existencia milenaria. Y eso forma parte de nuestros
sueños, de la utopía a la que nos aferramos a pesar de estos
tiempos de vergüenza e indignidad.
Estoy convencida de que el punto de partida en el proceso de
construcción de ese mundo intercultural, radica precisamente en
el reconocimiento de que el racismo contra nuestros pueblos no es
solamente un fenómeno histórico del pasado, sino un proceso
continuado, real y vigente. Las manifestaciones cotidianas del
racismo y la discriminación implican las limitaciones y
deformaciones de nuestros derechos humanos, incluido el derecho a
la vida. Los actos de genocidio, etnocidio y ecocidio son, en la
mayoría de los casos, las expresiones extremas del racismo.
Esos crímenes se manifiestan también en la negación de los
derechos ancestrales sobre nuestras tierras, territorios y
recursos. Como señalé al principio de estas líneas, ello
incluye las prácticas de ocupación, expropiación, confiscación,
usurpación y dominación de nuestras tierras, territorios y
recursos. Como lo demuestra hoy la agresión que sufre el pueblo
palestino, la reubicación y los desplazamientos forzados fuera
de los territorios que les pertenecen ancestralmente, constituyen
claras muestras de la prepotencia, el racismo y la discriminación.
A pesar de todos los tratados y convenciones internacionales, se
nos sigue negando a los pueblos el derecho a la libre determinación.
La intolerancia de nuestras prácticas culturales y espirituales
y de las formas de vida tradicionales de nuestros pueblos, así
como los ataques a nuestro patrimonio cultural e intelectual, del
que forman parte nuestros lugares sagrados y los de significación
histórica, son abiertas expresiones discriminatorias. Otro tanto
ocurre con las políticas de asimilación, basadas en las
pretensiones de superioridad de un grupo o de una cultura sobre
otra, ya no digamos con las prácticas de exclusión y marginación
que se aplican en muchos países del llamado primer mundo.
Lo dije así, con claridad y contundencia, ante los jefes de
Estado y cancilleres presentes en Sudáfrica en la 3ª
Conferencia Mundial contra el Racismo. Recordé en esa ocasión
que entre la primera y la segunda Conferencias contra el racismo,
se cometía en mi país, Guatemala, lo que ha sido calificado por
la Comisión de la Verdad avalada por la ONU como un GENOCIDIO,
del que soy sobreviviente. El ochenta y tres por ciento de las
doscientas mil víctimas fueron indígenas mayas, como mi madre,
mi padre y mis hermanos. Junto a miles de hermanos indígenas
guatemaltecos, continúo buscando la fosa común o el cementerio
clandestino donde puedan estar los restos de nuestros seres
queridos. Hasta la fecha, no hay tribunal en el mundo que asuma
con valentía la persecución penal, el juzgamiento y castigo de
estos crímenes contra la humanidad.
Expresé en ese foro mundial, desde lo profundo de mi corazón,
que la sangre de nuestros muertos, el dolor de nuestra historia,
el hambre de nuestros hijos son verdades incómodas que gritan y
son la fuerza de nuestras razones. Los pueblos indígenas, los
pueblos originarios, los discriminados y despreciados por el
racismo, no necesitamos del reconocimiento de los Estados para
ser lo que somos; sobrevivimos a pesar de ellos. Pero si quieren
construir sociedades libres, democráticas y justas, no pueden
prescindir de nosotros.
Espero, por el bien del futuro de la humanidad, que la celebración
del día internacional para la eliminación de la discriminación
y el racismo ayude a la reflexión de quienes controlan y dirigen
los Estados y los organismos internacionales. Ojalá que, con el
esfuerzo y la contribución de muchos, seamos capaces de colocar
a nuestras sociedades frente a un espejo de mil colores que
refleje sin temores y sin vergüenzas, la rica diversidad de
quienes poblamos este bello planeta.
(*) Rigoberta Menchú Tum, es Premio Nobel de la Paz y Embajadora
de Buena Voluntad de UNESCO.