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Subcomandante
Insurgente Marcos - Mamá piedra
A los familiares de los desaparecidos políticos
Con mano de piedra cae abril
sobre el México de abajo. Sol y sombras se prodigan en el día y
la luna sortea, de noche, un camino minado de estrellas. Este país
camina ahora el desconcierto, ese desfiladero a uno de cuyos
lados amenaza el barranco del olvido y la desmemoria. En el otro
flanco, la memoria se hace montaña y piedra.
La madrugada deshoja luces extraviadas cuando, en una ciudad
cualquiera, en una casa cualquiera, en un cuarto cualquiera,
frente a una máquina de escribir cualquiera, una madre (el corazón
de flor de piedra la esperanza) escribe una carta. Curiosa, la
madrugada se asoma por encima del hombro y logra apenas robar
algunas líneas: «...y ya te imaginarás el dolor que me
acongoja...», «...para nosotras las madres que hemos vivido
como con un puñal clavado en medio del pecho durante tanto
tiempo...» La luna apenas infla sus carrillos, el viento duerme.
Lejos vuela la madrugada, a la montaña llega y, con la lánguida
ayuda de la luz de una vela, deja caer sobre la mesita su cálido
aliento y su pesada carga. La luna es apenas un globo desinflado
y una brisa de mar acaricia los ojos que leen: «Es un problema
que debería conmover a todos, pero que desgraciadamente, muchos
echan al olvido». La sombra acerca la cazuela de la pipa a la
vela y da fuego al tabaco y a las palabras que ya toman las manos
y, ahora, dibujan:
***
No conocía a Jesús Piedra Ibarra, ni a César Germán Yañez Muñoz.
No personalmente. Por otras fotos los reconozco ahora en el
cartel, frente mío, que luce un «¡Eureka»! en su parte
superior. En el centro un grupo de hombres y mujeres portan una
larga manta que reza «Presentación de los desaparecidos políticos»
y se puebla de fotos de hombres y mujeres, todos jóvenes, todos
mexicanos. Entre las imágenes señalo con un lapicero,
tenuemente, la de Jesús Piedra Ibarra y la de César Germán Yañez
Muñoz.
Reviso los rostros de quienes sostienen la manta: mujeres en su
mayoría, y se les adivina en el rostro que son madres siempre.
¿Son? ¿Siempre? Son, y lo son siempre, a no dudarlo. El cartel
puede ser de hace 25, de hace 15, de hace 5 años, de este mismo
día. Nada me lo dice, a no ser la firmeza de esas miradas, su
empecinamiento, su esperanza.
La «Brigada Blanca», grupo paramilitar con el que el gobierno
operaba la guerra sucia contra la guerrilla mexicana de los años
70 y 80 secuestró a Jesús Piedra Ibarra el 18 de abril de 1975,
hace 25 años. Desde entonces nada se ha sabido de él. El Ejército
Federal Mexicano detuvo a César Germán Yañez Muñoz en febrero-marzo
de 1974, hace 26 años. Desde entonces nada se ha sabido de él.
Hace 30, hace 20, hace 10, hace 5 años, ahora mismo en México
se «desaparece» a opositores políticos.
No conocía a Jesús Piedra Ibarra, ni a César Germán Yañez Muñoz,
ni a ninguno de los hombres y mujeres desaparecidos políticos. O
sí, sí los conocí. Andaban otro rostro y vestían cuerpos
distintos, pero era su misma mirada. Los conocí en las calles y
en las montañas. Los vi levantar los puños, las banderas, las
armas. Los vi diciendo «¡No!», gritando «¡No!» hasta
quedarse sin voz en la garganta, pero no en el pecho. Los vi. Los
conocí, Fueron entonces cómplices, compañeros, hermanos,
fueron nosotros. Los conocí. Los conozco. Son otros sus pies y
sus brazos, pero sus pasos son los mismos, sus abrazos son los
mismos. Los conozco. Nos conozco. Son los nuestros esos rostros.
Basta tomar un plumín negro y pintarles un pasamontañas a esos
rostros de hombres y mujeres.
Jesús Piedra Ibarra, César Germán Yañez Muñoz. Conocía sus
madres. Conocía la Rosa, madre de César Germán, y, tiempo
después, a la Rosario, Madre de Jesús. Conocía a Rosa y a
Rosario, madres de luchadores las dos, luchadoras las dos,
buscadoras las dos. Hace años la Rosa hizo como que se moría y
se fue a buscar a César Germán bajo tierra. La Rosario sigue
arriba buscando a Jesús. Mamás de piedra, la Rosa y la Rosario
buscan por encima y por debajo de las piedras. Buscan a un
desaparecido, a dos, a tres, a decenas, a cientos...
Si, son cientos los desaparecidos políticos en México. ¿Qué
culpa cargaron éstos y otros hombres y mujeres que no merecieron
de sus enemigos, ya no digamos la vida y la libertad, tampoco la
cárcel o la tumba? En veces es sólo una foto lo que de material
queda de ellos y ellas. Pero en las manos de piedra de las madres,
esa foto se hace bandera. Y las banderas, se hacen para ondear en
los cielos. Y en los cielos los le- vantan los hombres y mujeres
que saben que la memoria no es una fecha que señala el inicio de
una ausencia, sino que es un árbol que, plantado en el ayer, se
levanta al mañana.
¿De qué material se puede hacer el homenaje a los héroes anónimos
que no tienen más rincón que la memoria de quienes comparten su
sangre y sus ideales? De piedra, pero no de cualquier piedra. Si
acaso, de la piedra de memoria que fueron y son sus madres.
Porque hay madres que son piedra, piedra de trinchera, de
fortaleza, de casa, de muro que sostiene la palabra «Justicia»
en su pecho.
Las madres de los desaparecidos políticos son de piedra. ¿Qué
pueden temer estas doñas que tanto han enfrentado, que tanto han
luchado? No a la ausencia, porque con ella cargan desde hace
muchos años. No al dolor, porque con él viven todos y cada uno
de los días. No al cansancio porque han recorrido una y otra vez
todos los caminos. No, a lo único que temen las doñas es al
silencio con el que se viste el olvido, a la desmemoria, a la
amnesia que suele manchar a la historia.
Contra ese temor, las doñas no tienen sino el arma de la memoria.
Pero, ¿dónde se guarda la memoria cuando un frenético cinismo
reina en el mundo de la política? ¿Dónde se refugian los
pedacitos de historia que ahora aparentan ser sólo fotos, y que
fueron hombres y mujeres con rostros, nombres, ideales? ¿Por qué
la izquierda de ahora parece tan abrumada por el presente y
olvida a sus ausentes? ¿Cuántos de estos caídos en la larga
noche de la guerra sucia en México no son sino escalones en el
ascenso de la izquierda como alternativa política? ¿Cuántos de
los que estamos no les debemos mucho a los que no están?
¿Se acabó? ¿Terminó ya la pesadilla que se llamó «Brigada
Blanca»? ¿Cómo se llama ahora el organismo gubernamental
encargado de desaparecer a quienes se oponen al sistema? México,
¿se hizo mejor con las desapariciones políticas que lo hicieron
«moderno»? ¿Se puede hablar de justicia mientras existan
desaparecidos políticos?
Quienes son parientes (por sangre, por ideas, por ambas) de los
desaparecidos políticos, ¿tienen hoy compañía en su angustia,
en su dolor, en las ausencias? ¿Dónde están las manos y los
hombros para ellos? ¿Dónde el oído para su rebeldía? ¿Qué
diccionario incorpora su empecinada búsqueda que destierra para
siempre las palabras «irremediable», «irrecuperable», «imposible»,
«olvido», «resignación», «conformismo», «rendición»?
Los desaparecidos políticos, ¿dónde están sus verdugos?
Quienes los desaparecieron se asoman a la vieja y arrumbada casa
de la política actual en México, ven que nadie voltea hacia atrás,
que ningún ojo se asoma siquiera al baúl olvidado de quienes
han luchado para que no haya más un abajo a donde dejar caer la
mirada. Los verdugos se felicitan entonces, han tenido éxito,
levantan sus copas y brindan con sangre por la muerte de la
memoria.
Este país se llama México y transcurre el año 2000. El siglo y
el milenio se terminan y sigue la creencia de que el silencio
hace que las cosas desaparezcan: si no hablamos de presos y
desaparecidos políticos entonces se borrarán de nuestro
presente y de nuestro pasado.
Pero no es así. Con el silencio no sólo no se esfumaron de
nuestra historia, sino que, es seguro, volverá a repetirse la
pesadilla y otras madres se harán de piedra, y recorrerán todos
los rincones, arriba y abajo, diciendo, gritando, exigiendo
justicia.
Los verdugos celebran su impunidad (y su impunidad no es sólo
que no tengan castigo, también lo es el que los desaparecidos
sigan desaparecidos), pero también el silencio.
Sin embargo, no todos olvidan.
Porque más abajo, donde las raíces de la patria se alimentan de
ríos subterrá- neos, la derrota de los ejecutores se gesta.
De piedra son las imágenes que la memoria levanta en este corazón
de abajo, y algo de piedra tienen esos hombres y mujeres que,
apenas rozando la dura piel de la historia, se levantan y hablan.
Y algo de piedra tiene también esa modesta escuela que, en medio
de la realidad zapatista, luce como bandera un nombre: «Escuela
Jesús Piedra Ibarra».
***
La sombra arruga las hojas escritas y les da fuego con la misma
luz con la que vuelve a encender la pipa. Toma otra hoja limpia y,
con lacónica ternura, escribe:
«Mamá Piedra: No sé los demás, pero nosotros no olvidamos.
Con cariño. Sus hijas e hijos zapatistas.
P.D. Saludos a todas las doñas».
Abajo sigue la madrugada su caluroso abrazo, mientras la mar se
arregla las brisas del cabello. Arriba la luna, trunca, nos
recuerda que nada estará completo si falta la memoria. Y «memoria»
es como acá llamamos a la justicia.
Tomado de La Red Vasca Roja