Esa
costumbre de matar
Por Miguel BonassoCon Ana, mi compañera, nos hemos
pasado las últimas cuarenta y ocho horas entre
la Plaza del Congreso, la Plaza de Mayo, la Plaza
de la República y las calles interrumpidas,
iluminadas por las hogueras, de una Buenos Aires
a la vez cruel y redimida de tanta mierda como
tuvo que trasegar en estos años.
En la madrugada de ayer, caminando por Diagonal
hacia Plaza de Mayo, vimos cómo un policía -.bajo,
retacón y nazi se bajaba de un patrullero,
pelaba la Itaka y le disparaba a quemarropa a un
manifestante que le había arrojado una piedra.
La agilidad del muchacho y el instinto de sus 17
o 18 años lo salvaron del impacto en la espalda
desnuda. ¿El proyectil era de goma o de plomo
como los que asesinaron horas después a cinco
ciudadanos? Por suerte no lo sabré nunca porque
el tiro no dio en el blanco.
En cambio sí llegamos a ver que el hombre que
bajaba sentado las escalinatas del Congreso, como
si tuviera miedo a pararse por la granizada de
balazos que sonaba a sus espaldas, estaba herido.
Malherido. Cuando se desplomó, su pecho se
alzaba y bajaba por el shock y las ansias de la
agonía. Más tarde, en casa, por la tele,
supimos que se había muerto, desangrado. Como un
símbolo de la ciudadanía, inmolado en la
escalinata de un edificio vacío de contenido
histórico y humano; habitado diz que por los
representantes del pueblo de la Nación Argentina.
No pudimos acercarnos: dos metros adelante
nuestro cayó una granada de gas lacrimógeno
dentro de una empalizada. Y luego otra, detrás
nuestro, en la acera de Avenida de Mayo. Por algún
pudor especial no quisimos correr junto a otros
manifestantes; caminamos lentamente hacia Rodríguez
Peña, donde la multitud se iba encajonando
perseguida por los balazos a granel de la Policía
Federal. Un gas picante, más agresivo que el de
nuestra época, ya nos perforaba las mucosas.
El sabor a cosa vieja, conocida, que nos traía
el humo, las sirenas, las siluetas recortadas
contra la neblina y el estampido de los
escopetazos, nos arrebató la alegría feérica
que habíamos experimentado horas antes frente al
edificio de avenida Libertador donde vive (o vivía)
el jubilado Domingo Cavallo. Nos arrancó de la
mente la percusión extraordinaria del cacerolazo
generalizado y hasta el reírnos de esa treta de
García Márquez que el ex ministro había
adoptado para huir del edificio, consistente en
ponerse una máscara de goma con su propia efigie.
Curiosa estratagema de un cobarde que, para no
dar la cara, usa la propia.
Igual que en los setenta me pregunté por qué en
este matadero de Esteban Echeverría las alegrías
populares duran tan poco y son castigadas con décadas
de silencio y oscuridad. Por qué en medio de los
festejos debo ver un hombre con el pecho desnudo
y el rostro destrozado de un escopetazo sobre las
baldosas de la Plaza de Mayo que evocan,
precisamente, la blanca sombra de los
desaparecidos. ¿Por qué -.me digo tengo
que volver a ver toda esta sangre encima? Que no
me llena de temor ni llanto sino de una cólera
infinita y eterna, que me trascenderá.
Mientras el hijo le escribe el discurso -.que
sigue siendo estólidamente "de campaña"
me pregunto si Fernando de la Rúa sabe que va a
quedar en la historia como uno más de nuestros múltiples
asesinos seriales. Y si lo entiende. Y si le
importa. Y si se ha enterado, preocupado como está
por el diálogo con los malandras más simpáticos
del partido de enfrente, que a pocos metros de su
despacho la Gestapo del gobierno radical sigue
asesinando ciudadanos y golpeando Madres, como no
lo hiciera -.allí al menos la mismísima
policía de la dictadura militar.
Recuerdo entonces lo que me decía el ex radical
Arturo Jauretche (que los conocía bien), sobre
la Semana Trágica, la Patagonia Trágica, el
bombardeo del 16 de junio de 1955, los
fusilamientos de junio de 1956, la complicidad de
Ricardo Balbín con el fusilador Aramburu. Y la
de Fernando de la Rúa con el desaparecedor
Videla. Me pregunto a quién se le ocurrió
resucitar al monstruo que, en tiempos de
Massaccesi estaba en el pulmotor,y brindarle la
Alianza, el poder y las nalgas. Tal vez el hombre
cuyo domicilio fue atacado a balazos esta mañana
por los "desconocidos de siempre".
Veo, con pavor, que no solo tiran tiros, que
también se quitan la máscara de periodistas
amplios y tolerantes a que obliga la democracia y
vuelven a los buenos tiempos del Batallón 601,
como Enrique Llamas de Madariaga, que ayer
distinguió tres clases de manifestaciones: la de
los saqueadores subdivididos en quienes roban
harina y quienes roban calefones; la de las
familias pacíficas del cacerolazo y la de las
"banderas rojas", debajo de las cuales
con vista de Guardia Civil vio desfilar a Rafael
Bielsa.
Me indigna, pero pienso que no importan estas
regurgitaciones del pasado oneroso porque, les
guste o no les guste a todos estos señores que
huelen a naftalina, lo que ha ocurrido se
inscribirá para siempre en la historia de las
grandes gestas populares. Como el día en que los
argentinos dejaron de mirar para el suelo.
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