| De
los muchachos que por entonces conocí en las
montañas, ¿quién quedará vivo? 1.
Eran muy jóvenes. Estudiantes de la ciudad y
campesinos de comarcas donde un litro de leche
costaba dos días enteros de trabajo. El ejército
les pisaba los talones y ellos contaban chistes
verdes y se cagaban de la risa.
Estuve con ellos algunos días. Comíamos tortas
de maíz. Las noches eran muy frías en la alta
selva de Guatemala. Dormíamos en el suelo,
abrazados todos con todos, bien pegados los
cuerpos, para darnos calor y que no nos matara la
helada del alba.
2.
Había, entre los guerrilleros, unos cuantos
indios. Y eran indios caso todos los soldados
enemigos. El ejército los cazaba a la salida de
las fiestas y cuando despertaban de la borrachera
ya tenían puesto el uniforme y el arma en la
mano. Así marchaban a las montañas, a matar a
quienes morían por ellos.
3.
Una noche, los muchachos me contaron como
Castillo Armas se había sacado de encima a un
lugarteniente peligroso. Para que no le robara el
poder o las mujeres, Castillo Armas lo mandó en
misión secreta a Managua. Llevaba un sobre
lacrado para el dictador Somoza. Somoza lo recibió
en el palacio. Abrió el sobre, lo leyó delante
de él, le dijo:
-Se hará como pide su presidente.
Lo convidó con tragos.
Al final de una charla agradable, lo acompañó
hasta la salida. De pronto, el enviado de
Castillo Armas se encontró solo y con la puerta
cerrada a sus espaldas.
El pelotón, ya formado, lo esperaba rodilla en
tierra.
Todos los soldados dispararon a la vez.
4.
Conversación que no sé si escuché o imaginé
en aquellos días:
-Una revolución de mar a mar. Todito el país
alzado. Y los pienso ver con estos mis ojos...
-¿Y cambiará todo, todo?
-Hasta las raíces.
-¿Y ya no habrá que vender los brazos por nada?
-Ni modo, pues.
-¿Ni aguantar que lo traten a uno como bestia?
-Nadie será dueño de nadie.
-¿Y los ricos?
-No habrá mas ricos.
-¿Y quién nos va a pagar a los pobres, entonces,
las cosechas?
-Es que tampoco habrá pobres.
-Ni ricos ni pobres.
-Ni pobres ni ricos.
-Pero entonces, se va a quedar sin gente
Guatemala. Porque aquí, sabés vos, el que no es
rico, es pobre.
5.
El vicepresidente se llamaba Clemente Marroquín
Rojas. Dirigía un diario, de estilo estrepitoso,
y a la puerta de su despacho montaban guardia dos
gordos con metralleta.
Marroquín Rojas me recibió con un abrazo. Me
ofreció café; me palmeaba la espalda y me
miraba con ternura.
Yo, que había estado en la montaña con los
guerrilleros hasta la semana anterior, no entendía
nada. "Es una trampa", pensé, por el
gusto de sentirme importante.
Entonces Marroquín Rojas me explicó que Newbery,
el hermano del famoso aviador argentino, había
sido su gran amigo en los años juveniles y yo
era su vivo retrato. Se olvidó de que estaba
ante un periodista. Convertido en Newbery, le
escuché bramar contra los norteamericanos porque
no hacían las cosas como era debido. Una
escuadra de aviones norteamericano, piloteados
por aviadores norteamericanos, había partido de
Panamá y había descargado napalm norteamericano
sobre una montaña de Guatemala.
Marroquín Rojas estaba hecho una furia porque
los aviones se habían vuelto a Panamá sin tocar
tierra guatemalteca.
-Podían haber aterrizado, ¿no le parece? -me
decía, y yo le decía que sí me parece:
-Podían haber aterrizado, por lo menos.
6.
Los guerrilleros me lo habían contado.
Varias veces habían visto estallar napalm en el
cielo, sobre las montañas vecinas. Habían
encontrado con frecuencia las huellas de la
espuma derramada al rojo vivo: los árboles
quemados hasta las raíces, los animales
carbonizados, las rocas negras.
7.
A mediados de 1954, los Estados Unidos habían
sentado a Ngo Dinh Diem en el trono de Saigón y
habían fabricado la entrada triunfal de Castillo
Armas en Guatemala.
La expedición de rescate de la United Fruit cortó
de un golpe de hacha la reforma agraria que había
expropiado y distribuido, ente los campesinos
pobres, las tierras eriales de la empresa.
Mi generación se asomó a la vida política con
aquella señal en la frente. Horas de indignación
y de impotencia...
Recuerdo al orado corpulento que nos hablaba con
voz serena, pero echando fuego por la boca,
aquella noche de gritos de rabia y de banderas,
en Montevideo. "Hemos venido a denunciar el
crimen..."
El orados se llamaba Juan José Arévalo. Yo tenía
catorce años y nunca se me borró el impacto.
Arévalo había iniciado, en Guatemala, el ciclo
de reformas sociales que Jacobo Arbenz profundizó
y que Castillo Armas ahogó en sangre. Durante su
gobierno había eludido -nos contó- treinta y
dos tentativas de golpe de estado.
Años después, Arévalo se convirtió en
funcionario. Peligrosa especie, la de los
arrepentidos: Arévalo se hizo embajador del
general Arana, señor de horca y cuchillo,
administrador colonial de Guatemala, organizador
de carnicerías.
Cuando lo supe, ya hacía años yo había perdido
la inocencia, pero me sentí como un gurisito
estafado.
8.
Conocí a Mijangos en el 67, en Guatemala. Me
recibió en su casa, sin preguntas, cuando bajé
de la sierra a la ciudad.
Le gustaba cantar, beber buen trago, saludar la
visa: no tenía piernas para bailar, pero batía
palmas animando las fiestas.
Tiempo después, mientras Arévalo era embajador,
Adolfo Mijangos fue diputado. Una tarde, Mijangos
denunció un fraude en la Cámara. La Hanna
Mining Cº, que en el Brasil había derribado dos
gobiernos, había hecho nombrar ministro de
Economía de Guatemala a un funcionario de la
empresa. Se firmó entonces un contrato para que
ña Hanna explotara, en asociación con el Estado,
las reservas de níquel, cobalto, cobre y cromo
en las márgenes del lago Izabal. Según el
acuerdo, el Estado se beneficiaría con una
propina y la empresa con mil millones de dólares.
En su condición de socia del país, la Hanna no
pagaría impuesto a la renta y usaría el puerto
a mitad de precio.
Mijangos alzó la voz de protesta.
Poco después, cuando iba a subir a su Peugeot,
una ráfaga de balazos le entró por la espalda.
Cayó de su silla de ruedas con el cuerpo lleno
de plomo.
9.
Escondido en un almacén de los suburbios, yo
esperaba al hombre más buscado por la policía
militar guatemalteca. Se llamaba Ruano Pinzón, y
él también era, o había sido, policía militar.
-Mirá ese muro. Saltá. ¿Podés?
Torcí el pescuezo. La pared de la trastienda no
terminaba nunca.
-No -dije.
-Pero si vienen ellos, ¿Vas a saltar?
Otra que saltar. Si venían ellos, iba a volar.
El pánico convierte a cualquiera en campeón olímpico.
Pero ellos no vinieron. Ruano Pinzón llegó esa
noche y pude hablar largamente con él. Tenía
una campera de cuero negra y los nervios le hacían
bailar los ojos. Ruano Pinzón había desertado.
El era el único testigo todavía vivo de la
matanza de una veintena de dirigentes políticos
suprimidos en vísperas de las elecciones.
Había ocurrido en el cuartel de Matamoros. Ruano
Pinzón fue uno de los cuatro policías que
llevaron las bolsas, grandes y pesadas, a las
camionetas. Se dio cuanta porque las mangas se le
enchastraron de sangre. En el aeropuerto La
Aurora subieron las bolsas a un avión 500 de la
Fuerza Aérea. Después, las arrojaron al Pacífico.
El los había visto llegar vivos al cuartel,
reventados por los golpes; y había visto al
ministro de Defensa en persona comandando la
operación.
De los hombres que habían cargado los cadáveres,
Ruano Pinzón era el único que quedaba. Uno había
amanecido con un puñal en el pecho en una cama
de la pensión La Posada. Otro recibió un tiro
en la espalda, en una cantina de Zacapa, y al
otro lo habían acribillado en el bar de atrás
de la estación central.
Eduardo Galeano
- Días y noches de amor y de guerra (1984)
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