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A lo Sumo
Hace veinte años, con el retorno de la baterista Stephanie
Nuttall a Inglaterra debido al comienzo de la Guerra de Malvinas,
se disolvía la primera versión de lo que el rock conocería
como Sumo. Radar buscó a los protagonistas y reconstruye cómo
fueron aquellos primeros seis meses de vida del grupo: la llegada
de Luca a la Argentina para dejar la heroína, los ensayos
iniciales con Sokol empuñando un bajo por primera vez y
Daffunchio aprendiendo a tocar la guitarra, los shows en Olivos
para seis personas, las primeras grabaciones y la legendaria
carrera de ginebra con la que Luca desafió a Pappo y se ganó el
respeto del público argentino.
Por Alfredo Rosso
Febrero, 1982. El director artístico de Phonogram, Adrián
Berwick, señaló el cassette que descansaba sobre su escritorio
y me dijo: "Tengo algo para que escuches y me des tu opinión.
Es una banda nueva: dos argentinos, una inglesa y un italiano
educado en Gran Bretaña. Acabo de grabarles un demo y no sé muy
bien qué hacer con ellos". La duda de Berwick se
justificaba: en febrero de 1982 no era fácil introducir en el
mercado del rock nacional a un grupo de estilo indefinible, que
mezclaba punk-rock con reggae y que encima tenía
letras en inglés.
Salí de las oficinas de Phonogram con el cassette en el bolsillo
y una idea dándome vueltas en la cabeza: verlos en vivo. Tenía
una sola pista: ese sábado iban a tocar en un local de Olivos.
Mastropiero estaba en la calle Corrientes, entre Libertador y
Bartolomé Cruz, justo enfrente de un circuito de mini-golf muy
popular en aquellos días, donde hoy se encuentra el restaurante
La Palmera. Mastropiero era el clásico bar-whiskería de los años
80: paneles de madera en las paredes, barra acolchada, mesas y
sillas macizas y vidrios traslúcidos. Los sábados a la noche
era un reducto de parejas y de amigos tomándose un par de
cervezas. La música ambiental era típica de las FM de entonces:
baladas tipo "All by Myself", de Eric Carmen y "Feel
Like Makin Love", de Roberta Flack.
Llegué apenas pasada la medianoche. Al rato las luces bajaron y
por primera vez reparé en el escenario ubicado en un extremo
estrecho, sangucheado entre la puerta de entrada y una esquina
del local, como si hubiese sido un pensamiento de último momento.
Stephanie Nuttall, semitapada por su batería, ocupaba buena
parte del escenario. A su derecha, un delgado y morocho bajista
llamado Alejandro Sokol hacía equilibrio para caber en su rincón.
A su izquierda, Germán Daffunchio lucía reconcentrado, arqueado
sobre su guitarra eléctrica y casi de espaldas al público. El
centro del escenario lo dominaba el cantante, un personaje macizo
que tenía delante de sí una cajita electrónica y, a su lado,
una guitarra acústica. Llevaba una grotesca careta de hippie con
barba mefistofélica y unas crenchas de pelo a lo Rasta que salían
como tirabuzones y colgaban a los costados. De a poco fue
surgiendo el ritmo machacón, hipnótico, de "Night &
Day". Cuando el tema alcanzó el pico de su crescendo, el
cantante se arrancó la careta, revelando rasgos faciales
poderosos y una soberana pelada. Era, por supuesto, Luca Prodan.
No lo sabía entonces pero estaba presenciando el segundo recital,
propiamente dicho, de Sumo. En ese momento me asaltaron varias
sensaciones distintas. La primera fue que Sumo sonaba como ningún
grupo que yo había escuchado hasta entonces. Era una cuestión
de originalidad, no de perfección técnica, ya que el sonido era
bien crudo. Pero había algo definitivamente nuevo en ese
golpeteo primal de los parches de Nuttall, en el bajo macizo de
Sokol, en la urgencia caótica de las notas de Daffunchio. Todo
eso enmarcando la voz a veces desgarrada, a veces melancólica, a
veces acusadora, pero siempre impregnada de una indudable
autoridad, de Luca Prodan.
La segunda sensación fue de desplazamiento. El entorno cheto de
Mastropiero y de Olivos todo pasó a un segundo plano. A medida
que pasaban los temas me iba metiendo en ese film noir que
rodaban las letras del grupo; en la tensión de "Hello Mark",
donde Luca trataba de penetrar en el cerebro del asesino de John
Lennon; en el hastío existencial en medio de la lluvia
londinense de "Telephones Ringing in Empty Rooms";
y en el sinuoso subibaja reggae de "Breaking Away".
Cuando Sumo bajó del escenario sentí esa confusión temporal y
espacial con la que el cuerpo, aún no repuesto, suele reaccionar
después de atravesar por una experiencia inusual y catártica.
Alguien del lugar me presentó al manager del grupo, Timmy
Mackern, y por su intermedio conocí a Luca. Descubrimos gustos
musicales en común: los grupos más "jugados" de la
new wave inglesa, Wire, Joy Division; cantautores como John
Martyn yNick Drake; y el reggae combativo del sello Front Line,
que tenía en su catálogo a Culture y Mighty Diamonds. Al rato
se acercó la baterista Stephanie y de golpe se me encendió una
lucecita en alguna parte de la memoria: recordé haber visto, en
un periódico musical inglés al que acababa de suscribirme
el New Musical Express un artículo sobre la banda
inglesa de Stephanie, Manicured Noise. Se titulaba "Stephanie
and her pet rat" ("Stephanie y su rata amaestrada")
y el periodista comentaba jocosamente el hábito de la chica
empleada de una especie de DGI inglesa de salir a
cobrar impuestos de puerta en puerta acompañada por un hamster
al que llevaba en una jaulita. El hecho de que un argentino
tuviese, a 8000 kilómetros de distancia, un artículo sobre un
grupo que era prácticamente desconocido en la propia Inglaterra,
nos permitió romper el hielo rápidamente.
Las actuaciones en Mastropiero duraron varios fines de semana.
Por lo general, los sábados el local se llenaba, pero los
domingos a la noche era otra historia. Sumo llegó a tocar para
seis o siete personas; pero eso no parecía afectarlos. Luca
cantaba con la misma o, a veces, con mayor intensidad, y Germán,
Alejandro y Stephanie le respondían palmo a palmo. Más que
explotar, Sumo parecía implosionar. Estaban descubriendo sus
posibilidades, viendo hasta dónde podía llegar esa química
hecha de palabras, sonidos y emociones.
Septiembre, 1968
un elegante colegio escocés
El embrión de Sumo comienza a gestarse en 1968 con la amistad de
dos estudiantes pupilos de Gordonstown, un colegio privado escocés:
un italiano llamado Luca Prodan y un argentino, Timmy Mackern.
"Entre nosotros se dio un acercamiento casi natural",
recuerda Timmy hoy, "ya que ambos éramos tratados por los
británicos con cierto tono despectivo por nuestra calidad de
extranjeros. Allí empezó la amistad con Luca, que se afianzó
durante los tres años siguientes. Un día, cuando le faltaban
seis meses para terminar el colegio, Luca se rayó y se escapó.
Vendió una escopeta de caza que le había regalado el padre y se
volvió a Italia".
El colegio dio la alarma y la fuga del joven italiano llegó
hasta los oídos de la Interpol. Finalmente Luca se reencontró
con su madre en Italia y terminó la secundaria en una escuela de
Roma. Al año siguiente estaba de vuelta en Gordonstown, pero
esta vez para ver a su amigo argentino. "Me invitó a pasar
el verano en Italia", dice Timmy. "Allí conocí a su
hermano menor, Andrea que en ese entonces era un niño
y también a sus padres." El padre de Luca, Mario, era
romano y vendía arte chino. La madre, Cecilia, era escocesa pero
en su juventud había vivido en Shangai, donde trabajó para el
agregado del gobierno colonial inglés. Su padre (el abuelo
materno de Luca) había sido un importante funcionario de la red
de transportes de Shangai. Allí fue donde se conocieron los
padres de Luca. "La mamá me contó que su jefe inglés no
quería que se casara con un italiano", continúa Timmy,
"porque decía que su futuro marido era un espía del
enemigo, que iba a sacarle información confidencial".
Cuando los japoneses invaden Shangai, los padres de Luca van a
dar a un campo de concentración con sus dos pequeñas hijas
las hermanas mayores del futuro cantante de Sumo
Claudia y Miquela. Una situación calcada de la que describe J.G.
Ballard en El Imperio del Sol: los funcionarios coloniales
ingleses y europeos que estaban en China pasaron a ser
prisioneros de guerra de los japoneses.
Luca Prodan aprendió a tocar la guitarra gracias a las enseñanzas
de un profesor inglés de Gordonstown, que era el jefe de los boy-scouts.
Timmy Mackern cuenta que durante el verano que pasaron en Italia,
Luca iba a la Plaza España, por ese entonces un reducto de los
hippies romanos, y tocaba para los turistas. "Siempre le
gustó ser el centro de atracción", diceTimmy. "En
esos días era fan del grupo Canned Heat y hacía covers de sus
temas."
Luca y Timmy vuelven a encontrarse en Londres, donde comparten un
departamento en Chiswick, cerca del jardín botánico Kew Gardens.
Timmy estudiaba fotografía y Luca trabajaba en una empresa de
seguridad. El hobby de ambos eran los recitales. Era la época de
oro del rock sinfónico y progresivo y vieron de todo: Van der
Graaf, Robert Wyatt, Henry Cow. "En esa época también
empezaba a pegar el reggae", dice Timmy, "pero todavía
era medio mal visto por la sociedad inglesa; estaba confinado a
barrios de inmigrantes, como Brixton".
Mackern retorna a la Argentina al enterarse de la muerte de su
padre y decide quedarse. Luca sigue en Londres y comienza a
trabajar en la disquería Virgin. "Un día me escribe diciéndome
que era adicto a la heroína, que tenía hepatitis y que estaba
todo mal", recuerda Timmy. "Mi madre había pasado por
Londres y le había dejado algunas fotos mías con mi familia.
Para ese entonces yo me había casado y tenía ya dos hijas. Y
bueno, Luca vio las fotos, vio imágenes de vida, de sol y le
pareció todo muy lindo, mientras que él estaba allí en Londres,
adicto, enfermo y todo eso. Entonces me escribió: Espero que no
resulte muy pesado de mi parte, pero me gustaría ir para allá.
Yo le contesté que estaba todo bien, que viniera. A esa altura
yo ya estaba viviendo en Nono, Córdoba."
Luca Prodan vino por primera vez a la Argentina al filo de los 80.
"Al principio quería hacer algo en el campo, aprender
alguna cosa", dice Timmy. Después de un tiempo, sin embargo,
empezó a rondarlo la idea de formar un grupo de rock. "Veía
lo que estaba pasando en Argentina con la música y decía que
estábamos muy atrasados. Él venía de pasar por la explosión
del punk y aquí todavía estábamos a años luz de todo eso. No
habían salido ni Virus ni Soda ni el bar Einstein."
Luca sintió que podía hacer algo aquí. Entonces volvió a
Londres, juntó algunos pesos que tenía guardados, vendió
algunas cosas y con lo reunido compró una portaestudio y algunos
instrumentos. De paso invitó a unirse a la incipiente banda a su
ex compañera de departamento, la baterista Stephanie Nuttall.
El amor de Stephanie por la música comenzó, literalmente, en el
vientre de su madre. "Mi papá tocaba el tambor en una banda
militar", contó durante nuestro reencuentro de noviembre de
2001, en un café de su ciudad natal, Manchester. "Cuando
estaba embarazada de mí, mi mamá fue a verlo en uno de sus
desfiles. Ella me contó que cuando sonaba el tambor yo la
pateaba en la panza al compás, así que debía gustarme."
Después de tocar el violín y la melódica y de cantar en el
coro de su escuela, Stephanie se volcó de lleno a la batería
cuando, tras dejar la casa paterna, formó el grupo Manicured
Noise con su amigo Gavin. Eran los días fundacionales del punk y
la new wave y Manchester hervía con bandas claves de la movida
como los Buzzcocks, The Fall, Joy Division y Magazine. "Manicured
Noise era una banda muy intensa", dice Stephanie. "Despertábamos
odios y amores apasionados. Salíamos a escena vestidos de negro
y teníamos una tribu que nos seguía a todos los recitales.
Empezamos tocando en clubes y la cosa fue creciendo hasta que nos
contrató Charisma Records, donde grabamos dos simples. Incluso
salimos de gira como teloneros de Wire y de Siouxsie & the
Banshees."
Con el tiempo a Stephanie le entró la desilusión con el rock-business
y Manicured Noise se fue desintegrando de a poco. La baterista se
mudó a Londres y compartió un departamento con su amiga Linda
ex manager del grupo y el novio que Linda tenía por
ese entonces, que resultó ser Luca.
"Nos hicimos muy amigos. ¡Luca era tan interesante! Tenía
conocimientos muy amplios, no sólo de música, sino también del
mundo y de las personas. Y un gran sentido del humor. Podía
hacerse el bobo, imitar vocecitas de nene... Era muy cálido.
Aunque era adicto a la heroína y tenía un caráctercambiante;
podía ser violento y tratar mal a la gente, podía ser agresivo
o súper gentil. Pero vivía su vida muy abiertamente, no se
guardaba nada. Tenía una tendencia a darles cosas a los demás,
a dar cosas de sí. Me acuerdo que le encantaba cocinar... pasta,
guisos. ¡Bien italiano!"
Al poco tiempo Luca marchó para la Argentina y luego volvió con
la invitación que le movió el piso a Stephanie. "Lo pensé
un poco", dice la baterista. "La decisión no era
sencilla. Mis padres me decían No sabés lo que te puede pasar
allá. Pero al final acepté."
Stephanie Nuttall voló hacia Buenos Aires el 13 de octubre de
1981. El tiempo era horrible: tormenta, truenos, relámpagos.
Tuvo que cambiar de avión en Holanda y hacer una escala en
Lisboa y después, nueve horas sobre el Atlántico. Despertó
cuando salía el sol y el avión llegaba a Río de Janeiro.
Stephanie se deslumbró con el cambio de clima y los olores de la
primavera austral. Hubo otra escala en San Pablo y, por fin,
Argentina.
"Luca y Timmy llegaron media hora tarde para buscarme y yo
estaba ahí, parada sin hablar una palabra de español",
recuerda Stephanie. "Era la primera vez que veía militares
armados en un aeropuerto."
Noviembre, 1981
reggae-rock en Traslasierra
Stephanie y Luca pasaron unos días más en la casa bonaerense de
Timmy, en Hurlingham y, después de tomarse una tarde para
comprar una batería, la comitiva puso proa hacia las montañas
de Traslasierra, donde se juntaron con Germán Daffunchio y
Alejandro Sokol. Timmy retoma la historia: "Los primeros
tiempos de Luca en Argentina habían sido muy duros. Como buen
adicto, se dio un último pico de heroína antes de subir al avión.
Me había dicho en una carta: Te aseguro que vuelvo a la
Argentina limpio y curado. Obviamente era una mentira. Llegó mal
y pasó los primeros tiempos durmiendo 24 horas seguidas. El
tiempo era templado en Córdoba, pero él prendía el fuego
porque estaba cagado de frío... Pero se la re-bancó y se curó".
Luca conoció a Germán Daffunchio -.cuñado de Timmy, hermano de
su esposa Inés y a su amigo Alejandro Sokol. Cuando supo
que tocaban algo de guitarra los invitó a integrarse a Sumo.
"Un día que estábamos en Buenos Aires, Germán fue a Promúsica,
ahí en la calle Florida, y con su recibo de sueldo sacó una
guitarra eléctrica a pagar en 20 cuotas", recuerda Timmy.
"Se la llevó para Córdoba y empezó a tocar con Luca. A
aprender a tocar, en realidad."
Daffunchio: "Yo empecé a tocar a los 16 o 17 años. Con
Alejandro hacíamos temas de rock nacional en guitarras acústicas.
Antes de Sumo fui marino mercante durante un año". Germán
afirma que a los recién llegados los mandaban siempre a la peor
ruta, la que iba de Bahía Blanca a Comodoro Rivadavia, a bordo
de los "boyeros", unos barcos que quedan siempre a unos
100 metros de la costa, sin tocar puerto, porque tienen mucho
calado. No obstante, Germán conserva buenos recuerdos del mar.
"Me llevaba la guitarra al camarote. Compraba la revista
Pelo y leía notas de guitarristas virtuosos, como John
McLaughlin, Pat Metheny... Estaba convencido de que nunca llegaría
a ser músico, de que ya era demasiado tarde para mí. Pero
apareció Luca, con su otra visión, y me hizo ver que si te
sangraban los dedos, estaba bien. ¡Hacé lo que sea, pero que
tenga sentimiento! me decía".
Sokol: "Luca me dijo Agarrá el bajo y yo le hice caso,
aunque nunca lo había tocado en mi vida".
En noviembre del 81 Sumo comenzó a ensayar en la casa
cordobesa de Timmy, en El Huayco, a pocos kilómetros del pueblo
de Nono. "Ensayábamos desde las 10 de la noche hasta las 6
de la mañana", dice Daffunchio. "Pero no sé, el
tiempo pasaba como si nada. Era algo muy fuerte: Stephanie con su
historia punk; Luca con su rollo Gordonstowniano, chino, italiano,
toda la mezcla esa. Y Alejandro y yo, que éramos dos típicos
pibes argentinos,con toda la represión adentro de la piel. Pero
este hijo de puta se mandaba al frente y vos ibas atrás diciendo
¡Yes!"
"Al principio los temas eran sólo de Luca. El que le dedicó
a su hermana muerta, Claudia, Warm Mist, y Regtest,
Teléfonos que suenan en habitaciones vacías...
También había covers: Five Years de David Bowie,
Goin Up the Country de Canned Heat, Solid
Air de John Martyn. El primer tema que salió de los
ensayos fue Night & Day, después de una noche...
llamémosla de festejos. Recibíamos grandes lecciones de Luca.
El tipo sacaba los discos simples de su colección y nos enseñaba.
Me acuerdo de tapas con rastas adorando una planta... Se dio una
química increíble y Luca siempre fue la punta de la flecha. Hay
varios temas "perdidos" de esa época, como El
reggae alemán y el Reggae del pavo, que
hablaba de un pavo que -.con toda razón odiaba la Navidad."
La barrera del idioma no fue obstáculo para que Sumo encontrara
su camino musical. "Luca aprendió castellano muy rápido",
dice Sokol. "En cambio Stephanie era de madera con el español,
igual que yo para hablar inglés. Pero nos recontra-cagábamos de
risa; nos divertíamos a full y al final entendíamos todo, no
hacía falta hablar".
Después de dos meses de ensayos intensos, Sumo bajó a Buenos
Aires y tocó por primera vez en público en el patio de la casa
de Hurlingham, el día de Año Nuevo 81-82; un recital para
familiares y amigos del barrio. Más importante, aún, en esos días
grabaron su primer demo. "Mi madre era muy amiga del
presidente del sello Phonogram (hoy Universal), John Lear",
recuerda Timmy. "Él nos atendió y nos mandó con Adrián
Berwick, que era el gerente artístico. Berwick nos llevó al
estudio de la compañía, que era un sitio inmenso; parecía un
cine vacío. Y allí grabamos esa primera cinta, que tenía cinco
temas: Night & Day, Warm Mist, Breaking
Away, Pinini reggae y Regtest".
"Una noche, con Berwick, salimos a buscar lugares donde
tocar", sigue Timmy. "No sé cómo dimos con el bar
Mastropiero, en Olivos. Ahí estaba tocando Carlos Bisso, el de
Conexión N 5, ya en su etapa solista. Y el dueño nos dijo Bueno,
vengan. Y así empezó todo."
"De Mastropiero recuerdo el haberme tomado siete cervezas
antes de subir", dice Daffunchio. "Tenía unos nervios
que me moría. Y salíamos a tocar sin sonido. Teníamos los dos
baflecitos de la voz de Luca y nuestros equipos al mango. Nada más.
Pero nos movíamos a pura energía". Alejandro conserva un
afecto especial por la presentación de Sumo en Caroline, un
boliche de Palomar: "La gente se encontró ante una
propuesta completamente diferente. ¡Llegó el circo al pueblo!
En un momento en que acá todo era Mirá cómo toco, todo
virtuosismo, de repente aparece una inglesa llorando y chivando y
haciendo ¡pum! ¡chá! ¡pum! ¡chá!, nada más, pero poniendo
la vida. Y yo, un hijo de puta tocando el bajo, porque la verdad
es que sabía dos notas. Y Luca poniendo todo lo que ponía. Y
esos temas... Acá prácticamente nadie conocía el reggae. Recién
ocho años más tarde empezaron a darle bola a Bob Marley..."
Marzo, 1982
carrera de ginebra
Esa primera versión de Sumo pronto iba a enfrentar su primera
prueba de fuego. Ocurrió en marzo de 1982, durante un festival
en la cancha de Estudiantes de Buenos Aires, en Caseros.
Participaban bandas en vías de consagración, como Memphis La
Blusera, Los Violadores y otras que se perdieron en los pliegues
de la historia, como unos buenos rockers llamados Corinna. A Sumo
le tocaba la nada placentera parada de tocar antepenúltimos,
justo antes de Orions -.organizadores del evento y de la
atracción principal, Riff. Algunos apostaban a cuántos temas
les iban a dejar tocar las huestes metaleras antes de utilizar
elementos persuasivos para acortar el set. El tiempo de armado de
instrumentos entre grupo y grupo era considerable y antes que
saliera Sumo ya se escuchaban crujirlos viejos tablones de
Estudiantes con el grito de la hinchada del Carpo & Cía:
"¡Y dale Pappo, dale dale Pappo!". Al rato sube Sumo.
Alejandro y Germán toman sus instrumentos, Stephanie se sienta a
la batería y, último, sube Luca, todavía con el truco de la
careta de hippie que, al sacársela, revela al pelado que hay
debajo. De repente, un ¡¡aahhh!! general de sorpresa: un
cantante pelado era algo insólito en el rock argentino. Luca no
estaba dispuesto a desaprovechar el momento. Revelando desde
temprano su enorme carisma con la gente, encaró a la "pesada"
de Riff y les dijo, en un castellano cargado de acento romano:
"¡Para que sepan, Pappo es mi amigo! ¡Y es más, le juego
una carrera a Pappo tomando ginebra, cuando él quiera!".
En el campo, en los alambrados, en las tribunas se hizo un
instante de silencio que pareció eterno. ¡Uy, lo matan!, me
susurró al oído un colega, expresando el pensar de muchos. Sin
embargo, lo que siguió fue todo lo contrario. Un aplauso de
reconocimiento, cerrado y sincero. La pesada metalera se dio
cuenta de esas cosas que están más allá de las palabras. El
pelado tiene aguante.
"Creo que ayudó el shock que produjo cuando se arrancó la
máscara", dice Timmy. "Nadie subía a tocar pelado en
ese momento. Me acuerdo el shock que tuvimos nosotros mismos
cuando se cortó el pelo. Volví un fin de semana de Córdoba y
mi vieja me dice: No sabés lo que hizo Luca. Y yo pensé para
mis adentros: Uy, qué desastre habrá hecho. Y era que se había
pelado..."
El show de Sumo en el festival de Estudiantes no fue excepcional.
Esa formación tuvo días mucho mejores. Pero lo importante fue
lo otro. Ese entrar en el rock nacional sacando pecho que Luca,
German, Alejandro y Stephanie consiguieron esa tarde de marzo del
82, en condiciones francamente adversas. Faltaban todavía
muchas otras ordalías. A pocos días del recital de Estudiantes,
Galtieri y la claqué militar que usurpaba el poder en Argentina
nos impulsaba a la demencia de la guerra de Malvinas. En medio de
la propaganda antiinglesa, Sumo tuvo que ingeniárselas para
conseguir recitales en la Capital y el Gran Buenos Aires,
disfrazando el origen de dos de sus miembros de las maneras más
cómicas e insólitas. Entretanto, los padres de Stephanie,
preocupados por la suerte de su hija ante el conflicto, la
llamaban por teléfono a diario para convencerla de volver a
Inglaterra.
Finalmente, la presión fue incontenible. Recuerdo el asado de
despedida en la casa de Hurlingham. Recuerdo todas las emociones
cruzadas. La camaradería entre el grupo, familiares, amigos. La
bronca y la frustración por un sueño que se rompía. Las lágrimas
de Stephanie y la promesa de volver cuando todo pasara. Seguro
que Luca también sufría. Pero en sus facciones taurinas se
adivinaba una determinación de hierro: Sumo sigue.
Vino el primer enroque de piezas: Alejandro pasó a la batería y
un viejo amigo de Hurlingham, Diego Arnedo, se hizo cargo del
bajo. Con los meses aumentó el repertorio de temas y, de a poco,
los clubes se fueron transformando en teatros y las tímidas
columnas de las revistas especializadas se volvieron notas de
varias páginas. En el habitual sube y baja por el que pasa toda
banda, Alejandro se tomó unos años sabáticos de rock y
entraron Roberto Petinatto, Ricardo Mollo y Alberto Troglio.
Llegaron los álbumes exitosos y los estadios Obras repletos.
Luca dejó este plano de existencia el 22 de diciembre de 1987 y
le abrió la puerta al mito. Sus compañeros, respetuosamente,
decidieron allí el final de Sumo, pero la energía de la banda
continuó vigente, transmutada en los siguientes proyectos de sus
músicos, Divididos y Las Pelotas. El resto, como suele decirse,
es historia.
Las12 (Pagina/12)