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Víctor Montoya - El
niño que nos habita
"Desde adentro, desde adentro,/ Desde el fondo de un
abismo,/ Viene corriendo a mi encuentro,/ Un niño que soy yo
mismo...". Esta poesía de Oscar Alfaro es un auténtico
"Viaje al pasado", a esa infancia que es una joya que
debemos guardar celosamente y no perderla nunca, pues ese niño
que habita en nuestro fuero interno, manteniéndose latente y negándose
a morir, se manifiesta de manera espontánea cuando la lógica
del razonamiento adulto es vencida por la fuerza del
subconsciente, donde gobierna ese niño que constituye el
cimiento sobre el cual edificamos nuestra personalidad. No en
vano el sabio proverbio inglés advierte: "El niño es el
padre del hombre".
Por eso mismo, me llaman la atención los versos de añoranza de
Pablo Neruda, quien, con su mirada de infancia, irremediablemente
perdida, dice: "...Y a veces recordamos/ al que vivió en
nosotros/ y le pedimos algo, tal vez que nos recuerde/ que sepa
por lo menos que fuimos él,/ que hablamos con su lengua,/ pero
desde las horas consumidas/ aquél nos mira y no nos reconoce...".
Es decir, "El niño perdido" de Pablo Neruda, además
de causarme angustia, me provoca una rara sensación de algo que
no quisiera experimentar en carne propia, pues lo que yo quiero,
sin vacilar un instante, es que mi niño me acompañe hasta la
muerte, y no porque tenga miedo a hacerme viejo, ni llevar a
cuestas el peso de la experiencia y la apariencia física, sino,
sencillamente, porque así me siento entero, con el anverso y el
reverso de mi vida y de mi tiempo.
Ser viejo en lo físico no es lo mismo que ser viejo en lo psíquico.
Einstein, por ejemplo, tenía el pelo blanco, pero era un niño
por dentro; era sabio, pero tenía el corazón y la imaginación
de un genio de quince años, aunque a la edad de los 25 se situó
en la fila de los titanes del pensamiento humano, como Copérnico
o Newton, tras descubrir la relatividad del tiempo, de nuestro
tiempo. Por lo tanto, debo constatar que no soy el único adulto
que posee alma de niño, sino un adulto más en quien perdura el
peso de la infancia, con una pureza similar a la leche de la
bondad humana.
Si todavía no se pusieron a pensar, valga recordarles que las
obras de los poetas, músicos, pintores y científicos, nacen del
juego de ese niño eterno que se esconde dentro de ellos; de ese
niño que nunca pierde la capacidad de entusiasmarse, preguntarse
o maravillarse. De no estar presente ese niño juguetón en cada
artista, en cada uno de nosotros, sería más grave la vida y
menos llevadera la existencia. Por suerte, la fantasía de un niño
se prolonga hasta la edad adulta, aunque éste no lo reconozca
por temor a perder su autoridad de adulto.
Sigmund Freud, en su estudio sobre el poeta y la fantasía, se
preguntaba: "¿No habremos de buscar ya en el niño las
primeras huellas de la actividad poética?". Sin duda, la
preocupación favorita e intensa del niño es el juego, actividad
lúdica a través de la cual se conduce como un poeta, creándose
un mundo propio o, más exactamente, situando las cosas de su
mundo en un orden nuevo, grato para él. "El poeta hace lo
mismo que el niño que juega -dice el padre del psicoanálisis-:
crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se
siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de
diferenciarlo resueltamente de la realidad". Incluso el
hombre que cree haber dejado de ser niño y haber dejado de jugar,
no hace más que prescindir de todo apoyo en objetos reales y, en
lugar de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello
que denominamos ensueños o sueños diurnos, aunque a veces se
avergüenza y oculta sus fantasías a los demás. Con todo, si el
poeta, al igual que el niño, es un hombre que sueña despierto,
entonces la poesía, como el sueño diurno, es la continuación y
el sustituto de los juegos infantiles, así como los instintos
insatisfechos son la fuerza impulsora de las fantasías, y cada
fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de
la realidad insatisfecha.
Sin la fantasía no seríamos lo que somos ni tendríamos lo que
tenemos. Gracias al poder de la fantasía, incubada desde la
infancia y desde la noche de los tiempos, se han creado los
instrumentos de los que la humanidad dispone en la actualidad.
Sin la fantasía no hubiera existido un Leonardo de Vinci ni un
Julio Verne, ese científico apresurado que, en su vida y en su
obra, fue un niño-viejo, como lo fue Jonathan Swift en los
"Viajes de Gulliver", J.R.R.Tolkien en la fantástica
epopeya sobre "El señor de los anillos" y Lewis
Carroll en "Alicia en el país de las maravillas".
También Michael Ende -otro de mis escritores favoritos-
reivindicó la infancia como la etapa más noble del ser humano,
una etapa mágica en la que todo es posible, incluso escribir la
"Historia interminable", una larga correría por la
fantasía, sin saber luego cómo salir de ella para retornar a la
realidad externa, donde muchos viven atrapados entre las redes de
un mundo lógico y enteramente racional. Él mismo, con su
aspecto de científico bueno y la pipa en los labios, manifestó:
"Desde la escuela han hecho sentirme diferente, éste es un
mundo en el que no se ama a los soñadores. Pero, por otra parte,
nunca creí que los otros fueran como se comportaban. Siempre he
pensado que en el fondo, los otros son como yo, sólo que no lo
saben". Otro niño-viejo fue James M. Barrie, el periodista
escocés y aspirante a escritor, quien creó un personaje
universal llamado Peter Pan, el niño eterno que se negó a
crecer.
Sin embargo, así como los adultos se empeñan en hacerse mayores
y en esconder el Peter Pan que los habita, yo me empeñé en
estrangular al niño que llevo en mi interior, sin entender que
él también tenía derecho a vivir como el adulto que intentó
desalojarlo. Pero fue una misión imposible, porque el niño que
me habita se armó de coraje y, al igual que Peter Pan -el pequeño
héroe que podía volar como un pájaro y resistir los embates
del temible capitán Hook-, decidió enfrentarse a mi ser adulto
y defender el lugar que le corresponde en mi vida.
Desde entonces me ha sido más fácil identificarme con los
personajes del maravilloso mundo de la literatura infantil, con
"Pulgarcito" de Charles Perrault, "El Principito"
de Antoine de Saint-Exupéry, "Nalle Puh" de Alan
Alexander Milne y "Pippi Calzaslargas" de Astrid
Lindgren, cuyas aventuras de desobediencia y desacato a la
autoridad de los adultos me fascinan de manera especial, puesto
que la picardía del Lazarillo de Tormes, la ternura de Mary
Poppins y las aventuras de Peter Pan, son elementos integrantes
de la fantasía tanto de los niños como de los adultos, así éstos
últimos se nieguen a reconocerlo porque han olvidado su infancia
o porque se hacen de ella una idea casi artificial, como cuando
se niega obstinadamente la conocida frase de Nietzsche: "En
aquel hombre hay oculto un niño que quiere jugar".
Ya dije que, por mucho tiempo, negué al niño que habita en mí.
Es decir, había domesticado y reprimido mi fantasía, había
supeditado mi mundo interior al exterior, hasta que un día, por
esos azares que no se pueden contar, lo fantástico encontró la
manera de vengarse y de emerger, como ese actor frustrado que por
mucho tiempo permaneció maniatado en las catacumbas del
subconsciente. De ese desfogue nació el escritor que me tomó la
delantera, consciente de que uno de los grandes filones de la
literatura es la historia protagonizada por los niños
insatisfechos, quienes buscan refugio en la fantasía para
escapar de una realidad insoportable, hostil o, simple y
llanamente, aburrida. Quizás por eso, los niños de mis cuentos
suelen ser imaginativos y solitarios, que a veces hablan poco y
lloran sus penas en secreto, niños que viven una doble vida: la
cotidiana y la de su propio mundo fantástico.