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Víctor Montoya - Una
lección de solidaridad
Desde el día en que salí de la cárcel, con el cuerpo marcado
por las secuelas de la tortura y la conciencia más firme que
nunca, mucha agua ha corrido por el río, pues al evocar mi
pasado, que fluye a mi mente como una cascada, encuentro una
realidad análoga a la metáfora de Heráclito: "Nadie puede
sumergirse dos veces en el mismo río".
Sin embargo, hoy quiero recordar, sin trastocar las leyes de la
dialéctica, un instante que conservo intacto en la memoria, una
anécdota vinculada a la "solidaridad", a esta palabra
abstracta cuyo significado es todavía motivo de controversias,
al menos si partimos de la premisa de que el hombre no nace
solidario sino que se hace solidario. Mas como mi intención es
contarles la anécdota, y no definir la connotación semántica
de la palabra, comenzaré diciendo que una sola vez sentí la
verdadera solidaridad, esa temperatura humana que a uno lo
protege y fortalece en los momentos de mayor necesidad.
Todo se remonta a mediados de 1976, cuando caí a merced de los
esbirros de la entonces dictadura militar, acusado de subvertir
el orden establecido por los sistemas de poder. Mientras me
conducían a las cámaras de tortura del Departamento de Orden
Político (DOP), no pensaba en otra cosa que en fugarme, aunque
tenía las manos amarradas a la espalda y el cañón de una
pistola apuntándome en la nuca. Esa tarde, bajo un cielo que se
mostraba tímido entre las nubes, pude confirmar la siguiente
tesis: la primera idea que se apodera del preso es la de evadirse
de sus captores, de escabullirse entre el tumulto o de esfumarse
como si a uno se lo tragara la tierra, sobre todo, si éste está
consciente de que sus verdugos lo someterán a torturas físicas
y morales.
Cuando me dejaron en una celda solitaria, todavía encapuchado y
maniatado, tenía el cuerpo lleno de hematomas y sangre. El lugar
apestaba a humedad absorbente y por los resquicios de la
ventanilla se filtraba una luz semejante a la raspa del pecado.
Durante días y noches, no muy lejos de mi celda, escuchaba una
descarga de golpes y alaridos, y en las paredes del pecho los
violentos latidos de mi corazón.
Al cabo de una semana, mientras recordaba la historia del príncipe
feliz, quien quiso regalar sus ojos a los pobres creyendo que
eran rubíes, un compañero de cautiverio, cuya mano y rostro podían
ser de cualquier preso, dejó caer por la ventanilla un libro de
Cortázar y una cajetilla de cigarrillos. Así aprendí a conocer
a ese personaje, sin voz ni rostro, llamado "solidaridad".
Días después, apenas desperté de una horrible pesadilla, otros
presos entraron en mi celda, precedidos por una luz que de súbito
invadió las penumbras. Uno de ellos, bigotes espesos y mirada
penetrante, se detuvo cerca de mi rostro, cortándome la luz
hiriente que cegaba mis ojos. Al verme tendido de bruces, sobre
una payasa de paja brava, me sentó y arrimó contra la pared; un
acto que, además de demostrar el coraje civil de la solidaridad,
me bastó para comprender que no estaba solo, sino entre compañeros
que compartían mi destino. Allí permanecí, sentado y arrimado,
sin poder aventurar una pregunta ni poder sostener la mirada,
pero sintiendo una profunda alegría interior. Me tranquilizaba
el hecho de encontrarme entre quienes asumían con dignidad su
condición de presos políticos y, consiguientemente, de
opositores al régimen dictatorial, que censuró la libertad de
prensa y prohibió el fuero sindical.
En la cárcel aprendí que la palabra "solidaridad" de
otro preso era la solidaridad personificada, algo que daba ahínco
y ganas de aferrarse a la vida, pues hasta entonces nunca había
imaginado que algunas acciones podían ser más significativas
que el vacío de las palabras, o que las palabras pudiesen cobrar
tanta fuerza en circunstancias en las cuales no se escuchaba más
que la voz del carcelero, cuya presencia, asociada a las brutales
torturas, me provocaba la extraña sensación de que el mundo se
hundía a mis pies.
El tiempo que pasé detrás de los barrotes de la cárcel,
recobrando mis fuerzas y recordando el vértigo de mi
adolescencia en los centros mineros de Siglo XX y Llallagua, me
sirvió para constatar que la solidaridad, al igual que la
libertad de acción y de expresión, es el tesoro más preciado
al cual deben de aspirar los humanos, ya que la solidaridad, a
pesar de ser tan antigua como el mismo hombre, jamás ha dejado
de ser uno de los ideales más grandes de todos los tiempos.
Esta lección, quizá irrelevante para algunos, tuvo un profundo
significado para mí, puesto que estando en la cárcel -mi
primera gran escuela- encontré el verdadero significado de la
solidaridad, como el ciego encuentra la luz en medio de las
tinieblas.