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Víctor Montoya - El
dictador en la literatura latinoamericana
Cuando las dictaduras militares latinoamericanas asolaban sus países,
los lectores buscamos desenfrenadamente libros que, de algún
modo, fuesen análogos al "Tirano Banderas" del
escritor español don Ramón María del Valle-Inclán, quien,
estando de viaje por México, fue impactado por los movimientos
insurgentes y sus poblaciones fascinantes, cuyas gentes y giros
idiomáticos se reflejan en su producción literaria, con una
deformación grotesca de la realidad social y la personalidad
humana.
La historia de América Latina es, contrariamente a lo que muchos
se imaginan, la historia de las dictaduras civiles y militares,
que asaltaron el poder desde los primeros decenios del Siglo XIX:
Manuel Rosas, en Argentina; Mariano Melgarejo, en Bolivia; José
Gaspar Rodríguez de Francia, en Paraguay; Porfirio Díaz, en México;
Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana
,
cuyos dichos y hechos -casi siempre deplorables-, que no conocen
límites excluyentes entre la realidad y la fantasía, aparecen
expuestos en las obras de los novelistas contemporáneos: en
"Yo el Supremo", de Augusto Roa Bastos; "El
recurso del Método", de Alejo Carpentier; "El señor
Presidente", de Miguel Angel Asturias; "Oficio de
difuntos", de Arturo Uslar Pietri; "El dictador suicida",
de Augusto Céspedes"; "La fiesta del Chivo", de
Mario Vargas Llosa, "La tempestad y la sombra", de Néstor
Taboada Terán y en "El otoño del Patriarca", de
Gabriel García Márquez, quien confesó haber leído durante
diez años la biografía de varios dictadores, antes de escribir
su novela, en la cual recrea a un dictador con los pedacitos de
los dictadores latinoamericanos.
Ahora bien, escribir sobre dictadores es siempre un desafío
contra el tiempo y la memoria, porque la vida de un dictador no sólo
pesa en la mano y la conciencia, sino que, además, constituye la
metáfora más perfecta del poder absoluto, donde el hombre se
enfrenta en soledad a la grandeza y la miseria, a la gloria y la
derrota. En cualquier caso, en nuestras repúblicas, que vivieron
a caballo entre la tiranía y la anarquía desde las guerras de
la independencia, el dictador es un tema constante en la
literatura, debido a que estas figuras, que se proyectan como
sombras sobre la historia de los pueblos, están inmersos en la
identidad latinoamericana, en la memoria colectiva y, por lo
tanto, en el texto y contexto de las obras de ficción, donde los
personajes cobran autonomía con respecto a las figuras históricas
que las inspiraron, como es el caso de la novela "Yo el
Supremo", cuyo protagonista, arrancado de la realidad, es el
Doctor Rodríguez de Francia, Dictador Perpetuo del Paraguay.
De otro lado, en mi condición de escritor proveniente de un país
que experimentó dictaduras arropado en las banderas de la
libertad, debo confesar que leer la biografía de los dictadores
es un acto más simple que escribir sobre ellos, puesto que la
lectura, aun siendo un acto que requiere tiempo y paciencia, es
siempre un modo de distraer la mente, sobre todo, cuando la vida
del dictador está salpicada de anécdotas que a uno le deparan
la satisfacción que muy raras veces se encuentran en otras
lecturas. Es decir, aunque no todos los dictadores acaban sus días
como en "El otoño del Patriarca", envejecido y
desolado en un palacio lleno de vacas, tienen, al menos, la
ocurrencia de haber forjado un mundo personal lleno de asombro y
maravilla, en medio de un reguero de muertos, desaparecidos,
hambrientos y analfabetos.
Considero también que, durante el acto de escribir, resulta tan
difícil -acaso imposible- hablar con voz de dictador como
encarnar a un ser omnipresente aferrado al poder absoluto. No
obstante, este tema sigue siendo caldo de cultivo para quienes
están dispuestos a llevar la realidad histórica al límite de
la ficción y la personalidad del dictador al nivel del mito
imperecedero, aun a riesgo de convertirlo en figura emblemática
de un grupúsculo de partidarios fanáticos, pues el discurso
literario de la novela, así esté basado en la biografía de un
personaje histórico concreto, se distancia del género
documental tanto por el estilo como por el tratamiento del tema.
Con todo, a los escritores latinoamericanos sólo nos queda
reconocer que, como bien dice García Márquez, la realidad es
mejor escritor que nosotros. "Nuestro destino, y tal vez
nuestra gloria, es tratar de imitarla lo mejor que nos sea
posible". En efecto, la realidad es la realidad, que a
menudo supera a la ficción, y la vida de un dictador, además de
ser un golpe a la lógica y la razón, como en el caso de
Pinochet, Videla o Stroessner, es la demostración de lo que le
ocurre al hombre cuando sus relaciones no pueden desarrollarse de
manera natural; cuando, para sustituir a la unidad familiar o a
la fe religiosa, sólo es posible la adhesión al poder,
encarnado en un personaje que se mueve entre la luz y las
tinieblas, entre el sueño y la pesadilla, entre la realidad y la
fantasía.