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Víctor Montoya - El
colono
Los cinco oficiales vestidos de civil que me secuestraron al
salir de mi casa, me metieron en un jeep de campaña, donde había
arto olor a tabaco y cerveza. Me taparon los ojos con mi chompa y
me llevaron monte adentro. Por el traqueteo de la movilidad me
daba cuenta de que avanzábamos por un camino accidentado, hasta
que alguien dijo:
-¡Amárrenle las manos a este carajo!
Estando lejos, no sé dónde, me sacaron del jeep a empujones y,
destapándome los ojos, me llevaron cerca de un río. Allí
cavaron un pozo con la intención de enterrarme vivo.
-Este indio sabe quiénes son los narcos -dijo uno, que tenía
los bigotes gruesos y el pelo rapado.
-Tienes que hablar nomás, carajo -dijo otro, pateándome en las
piernas y golpeándome en la cabeza.
Cuando terminaron de cavar el pozo, lo llenaron con agua y orín.
Allí me metieron hasta la cintura y me dejaron toda la noche,
mientras dos de ellos, que se quedaron a vigilar, me arrojaban
con piedras y decían:
-Si no hablas quiénes son los narcos en el Chapare, te vamos a
matar como a perro...
Yo les explicaba llorando que no sabía nada, que sólo era un
colono y lo único que tenía eran mis hijitos y mi señora. Pero
los dos hombres, sentados delante de mí, se burlaban y reían.
Así estuve toda la noche, hasta que al amanecer llegaron los
otros.
-¿Así que no ha dicho nada este indio? -preguntó uno, apuntándome
con su pistola.
-No, mi teniente -contestó el que estaba más cerca del pozo.
-Está bien. Si no quiere hablar por las buenas, hablará por las
malas...
Me agarraron de los brazos y me sacaron del pozo, mientras les
decía que no conocía a ningún narco, sino sólo a los colonos
del pueblo. Ellos parecían no escuchar mis palabras. Me bajaron
los pantalones, me pusieron en la posición del chancho y me
metieron un palo en el ano. El dolor fue tan grande que me quedé
mudo. Las lágrimas mojaron mi cara y algo caliente chorreó por
mis piernas. La verdad es que no sabía qué andaban buscando ni
por qué me detuvieron al salir de mi casa.
Así me dejaron, inconsciente y con las manos amarradas con pita.
Lo último que escuché, como en sueños, fue el rum-rum del jeep
alejándose del lugar. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero
rogué a Dios que me diera fuerzas. Todo el tiempo pensé en mis
hijitos y mi señora. Al clarear el día, me arrastré hasta
donde había ruidos y ahí me encontró un colono. "Ten
cuidado, hermanito", me dijo, ayudando a ponerme de pie.
"Dicen que los van a matar a todos los que tengan vínculos
con los narcos", me dijo. Pero les juro que no conozco a
ningún narco. No sé ni cómo son. Yo sólo me dedico a mi
familia y a cultivar la coca. Me llamó Marcelino Lima y soy ex
minero de Colquechaca.
Del libro: "Entre tumbas y pesadillas", Lund, 2002