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La Batalla de Santa Clara
"El 9 de abril fue un
sonado fracaso que en ningún momento puso en peligro la
estabilidad del régimen. No tan sólo eso: después de esta
fecha trágica, el gobierno pudo sacar tropas e ir poniéndolas
gradualmente en Oriente y llevando a la Sierra Maestra la
destrucción. Nuestra defensa tuvo que hacerse cada vez más
dentro de la Sierra Maestra, y el gobierno seguía aumentando el
número de regimientos que colocaba frente a posiciones nuestras,
hasta llegar al número de diez mil hombres, con los que inicio
la ofensiva el 25 de mayo, en el pueblo de Las Mercedes, que era
nuestra posición avanzada.
Allí se demostró la poca efectividad combatiente del ejército
batistiano y también nuestra escasez de recursos; 200 fusiles hábiles,
para luchar contra 10.000 armas de todo tipo; era una enorme
desventaja. Nuestros muchachos se batieron valientemente durante
dos días, en una proporción de 1 contra 10 o 15; luchando, además,
contra morteros, tanques y aviación, hasta que el pequeño grupo
debió abandonar el poblado. Era comandado por el capitán Angel
Verdecia, que un mes más tarde moriría valerosamente en combate.
Ya por esa época, Fidel Castro había recibido una carta del
traidor Eulogio Cantillo, quien, fiel a su actitud politiquera de
saltimbanqui, como jefe de operaciones del enemigo, le escribía
al jefe rebelde diciéndole que la ofensiva se realizaría de
todas maneras, pero que cuidara «El Hombre» (Fidel) para
esperar el resultado final. La ofensiva, efectivamente, siguió
su curso y en los dos meses y medio de duro batallar, el enemigo
perdió más de mil hombres entre muertos, heridos, prisioneros y
desertores. Dejó en nuestras manos seiscientas armas, entre las
que contaban un tanque, doce morteros, doce ametralladoras de trípode,
veintitantos fusiles ametralladoras y un sinnúmero de armas
automáticas; además, enorme cantidad de parque y equipo de toda
clase, y cuatrocientos cincuenta prisioneros, que fueron
entregados a la Cruz Roja al finalizar la campaña.
El ejército batistiano salió con su espina dorsal rota, de esta
postrera ofensiva sobre la Sierra Maestra, pero aún no estaba
vencido. La lucha debía continuar. Se estableció entonces la
estrategia final, atacando por tres puntos: Santiago de Cuba,
sometido a un cerco elástico; Las Villas, a donde debía marchar
yo; y Pinar del Río, en el otro extremo de la Isla, a donde debía
marchar Camilo Cienfuegos, ahora comandante de la columna 2,
llamada Antonio Maceo, para rememorar la histórica invasión del
gran caudillo del 95, que cruzara en épicas jornadas todo el
territorio de Cuba, hasta culminar en Mantua. Camilo Cienfuegos
no pudo cumplir la segunda parte de su programa, pues los
imperativos de la guerra le obligaron a permanecer en Las Villas.
Liquidados los regimientos que asaltaron la Sierra Maestra;
vuelto el frente a su nivel natural y aumentadas nuestras tropas
en efectivo y en moral, se decidió iniciar la marcha sobre Las
Villas, provincia céntrica. En la orden militar dictada se me
indicaba como principal labor estratégica, la de cortar sistemáticamente
las comunicaciones entre ambos extremos de la Isla; se me
ordenaba, además, establecer relaciones con todos los grupos políticos
que hubiera en los macizos montañosos de esa región, y amplias
facultades para gobernar militarmente la zona a mi cargo. Con
esas instrucciones y pensando llegar en cuatro días, íbamos a
iniciar la marcha, en camiones, el 30 de agosto de 1958, cuando
un accidente fortuito interrumpió nuestros planes: esa noche
llegaba una camioneta portando uniformes y la gasolina necesaria
para los vehículos que ya estaban preparados cuando también
llego por vía aérea un cargamento de armas a un aeropuerto
cercano al camino. El avión fue localizado en el momento de
aterrizar, a pesar de ser de noche, y el aeropuerto fue sistemáticamente
bombardeado desde las veinte hasta las cinco de la mañana, hora
en que quemamos el avión para evitar que cayera en poder del
enemigo o siguiera el bombardeo diurno, con peores resultados.
Las tropas enemigas avanzaron sobre el aeropuerto; interceptaron
la camioneta con la gasolina, dejándonos a pie. Así fue como
iniciamos la marcha el 31 de agosto, sin camiones ni caballos,
esperando encontrarlos luego de cruzar la carretera de Manzanillo
a Bayamo. Efectivamente, cruzándola encontramos los camiones,
pero también -el día primero de septiembre- un feroz ciclón
que inutilizó todas las vías de comunicación, salvo la
carretera central, única pavimentada en esta región de Cuba,
obligándonos a desechar el transporte en vehículos. Había que
utilizar, desde ese momento, el caballo, o ir a pie. Andábamos
cargados con bastante parque, una bazooka con cuarenta
proyectiles y todo lo necesario para una larga jornada y el
establecimiento rápido de un campamento.
Se fueron sucediendo días que ya se tornaban difíciles a pesar
de estar en el territorio amigo de Oriente: cruzando ríos
desbordados, canales y arroyuelos convertidos en ríos, luchando
fatigosamente para impedir que se nos mojara el parque, las armas,
los obuses; buscando caballos y dejando los caballos cansados
detrás; huyendo a las zonas pobladas a medida que nos alejábamos
de la provincia oriental.
Caminábamos por difíciles terrenos anegados, sufriendo el
ataque de plagas de mosquitos que hacían insoportables las horas
de descanso; comiendo poco y mal, bebiendo agua de ríos
pantanosos o simplemente de pantanos. Nuestras jornadas empezaron
a dilatarse y a hacerse verdaderamente horribles. Ya a la semana
de haber salido del campamento, cruzando el río Jobabo, que
limita las provincias de Camagüey y Oriente, las fuerzas estaban
bastante debilitadas. Este río, como todos los anteriores y como
los que pasaríamos después, estaba crecido. También se hacía
sentir la falta de calzado en nuestra tropa, muchos de cuyos
hombres iban descalzos y a pie por los fangales del sur de Camagüey.
La noche del 9 de septiembre, entrando en el lugar conocido por
La Federal, nuestra vanguardia cayo en una emboscada enemiga,
muriendo dos valiosos compañeros; pero el resultado más
lamentable fue el ser localizados por las fuerzas enemigas, que
de allí en adelante no nos dieron tregua. Tras un corto combate
se redujo a la pequeña guarnición que allí había, llevándonos
cuatro prisioneros. Ahora debíamos marchar con mucho cuidado,
debido a que la aviación conocía nuestra ruta aproximada. Así
llegamos, uno o dos días después, a un lugar conocido por
Laguna Grande, junto a la fuerza de Camilo, mucho mejor montada
que la nuestra. Esta zona es digna de recuerdo por la cantidad
extraordinaria de mosquitos que había, imposibilitándonos en
absoluto descansar sin mosquitero, y no todos lo teníamos.
Son días de fatigantes marchas por extensiones desoladas, en las
que sólo hay agua y fango, tenemos hambre, tenemos sed y apenas
si se puede avanzar porque las piernas pesan como plomo y las
armas pesan descomunalmente. Seguimos avanzando con mejores
caballos que Camilo nos deja al tomar camiones, pero tenemos que
abandonarlos en las inmediaciones del central Macareño. Los prácticos
que debían enviarnos no llegaron y nos lanzamos sin más, a la
aventura. Nuestra vanguardia choca con una posta enemiga en el
lugar llamado Cuatro Compañeros, y empieza la agotadora batalla.
Era al amanecer, y logramos reunir, con mucho trabajo, una gran
parte de la tropa, en el mayor cayo de monte que había en la
zona, pero el ejército avanzaba por los lados y tuvimos que
pelear duramente para hacer factible el paso de algunos rezagados
nuestros por una línea férrea, rumbo al monte. La aviación nos
localizo entonces, iniciando un bombardeo los B-26, los C-47, los
grandes C-3 de observación y las avionetas, sobre un área no
mayor de doscientos metros de flanco. Después de todo, nos
retiramos dejando un muerto por una bomba y llevando varios
heridos, entre ellos al capitán Silva, que hizo todo el resto de
la invasión con un hombro fracturado.
El panorama, al día siguiente, era menos desolador, pues
aparecieron varios de los rezagados y logramos reunir a toda la
tropa, menos 10 hombres que seguirían a incorporarse con la
columna de Camilo y con éste llegarían hasta el frente norte de
la provincia de Las Villas, en Yaguajay.
Nunca nos faltó, a pesar de las dificultades, el aliento
campesino. Siempre encontrábamos alguno que nos sirviera de guía,
de práctico, o que nos diera el alimento imprescindible para
seguir. No era, naturalmente, el apoyo unánime de todo el pueblo
que teníamos en Oriente; pero, siempre hubo quien nos ayudara.
En oportunidades se nos delató, apenas cruzábamos una finca,
pero eso no se debía a una acción directa del campesinado
contra nosotros, sino a que las condiciones de vida de esta gente
las convierte en esclavos del dueño de la finca y, temerosos de
perder su sustento diario, comunicaban al amo nuestro paso por
esa región y éste se encargaba de avisarle graciosamente a las
autoridades militares.
Una tarde escuchábamos por nuestra radio de campaña un parte
dado por el general Francisco Tabernilla Dolz, por esa época,
con toda su prepotencia de matón, anunciando la destrucción de
las hordas dirigidas por Che Guevara y dando una serie de datos
de muertos, de heridos, de nombres de todas clases, que eran el
producto del botín recogido en nuestras mochilas al sostener ese
encuentro desastroso con el enemigo unos días antes, todo eso
mezclado con datos falsos de la cosecha del Estado Mayor del ejército.
La noticia de nuestra falsa muerte provocó en la tropa una
reacción de alegría; sin embargo, el pesimismo iba ganándola
poco a poco; el hambre y la sed, el cansancio, y la sensación de
impotencia frente a las fuerzas enemigas que cada vez nos
cercaban más y, sobre todo, la terrible enfermedad de los pies
conocida por los campesinos con el nombre de mazamorra -que
convertía en un martirio intolerable cada paso dado por nuestros
soldados-, habían hecho de éste un ejército de sombras. Era
difícil adelantar; muy difícil. Día a día empeoraban las
condiciones físicas de nuestra tropa y las comidas, un día sí,
otro no, otro tal vez, en nada contribuían a mejorar ese nivel
de miseria, que estábamos soportando. Pasamos los días más
duros cercados en las inmediaciones del central Baraguá, en
pantanos pestilentes, sin una gota de agua potable, atacados
continuamente por la aviación, sin un solo caballo que pudiera
llevar por ciénagas inhóspitas a los mas débiles, con los
zapatos totalmente destrozados por el agua fangosa de mar, con
plantas que lastimaban los pies descalzos, nuestra situación era
realmente desastrosa al salir trabajosamente del cerco de Baraguá
y llegar a la famosa trocha de Júcaro a Morón, lugar de evocación
histórica por haber sido escenario de cruentas luchas entre
patriotas y españoles en la guerra de independencia. No teníamos
tiempo de recuperarnos ni siquiera un poco cuando un nuevo
aguacero, inclemencias del clima, además de los ataques del
enemigo o las noticias de su presencia, volvían a imponernos la
marcha. La tropa estaba cada vez más cansada y descorazonada.
Sin embargo, cuando la situación era más tensa, cuando ya
solamente al imperio del insulto, de ruegos, de exabruptos de
todo tipo, podía hacer caminar a la gente exhausta, una sola
visión en lontananza animó sus rostros e infundió nuevo espíritu
a la guerrilla. Esa visión fue una mancha azul hacia el
Occidente, la mancha azul del macizo montañoso de Las Villas,
visto por vez primera por nuestros hombres.
Desde ese momento las mismas privaciones, o parecidas, fueron
encontradas mucho más clementes, y todo se antojaba más fácil.
Eludimos el último cerco, cruzando a nado el río Júcaro, que
divide las provincias de Camagüey y Las Villas, y ya pareció
que algo nuevo nos alumbraba.
Dos días después estábamos en el corazón de la cordillera
Trinidad-Sancti Spíritus, a salvo, listos para iniciar la otra
etapa de la guerra. El descanso fue de otros dos días, porque
inmediatamente debimos proseguir nuestro camino y ponernos en
disposición de impedir las elecciones que iban a efectuarse el 3
de noviembre. Habíamos llegado a la región de montañas de Las
Villas el 16 de octubre. El tiempo era corto y la tarea enorme.
Camilo cumplía su parte en el norte, sembrando el temor entre
los hombres de la dictadura.
Nuestra tarea, al llegar por primera vez a la Sierra del
Escambray, estaba precisamente definida: había que hostilizar al
aparato militar de la dictadura, sobre todo en cuanto a sus
comunicaciones. Y como objetivo inmediato, impedir la realización
de las elecciones. Pero el trabajo se dificultaba por el escaso
tiempo restante y por las desuniones entre los factores
revolucionarios, que se habían traducido en reyertas intestinas
que muy caro costaron, inclusive en vidas humanas.
Debíamos atacar a las poblaciones vecinas, para impedir la
realización de los comicios, y se establecieron los planes para
hacerlo simultáneamente en las ciudades de Cabaiguán, Fomento y
Sancti Spíritus, en los ricos llanos del centro de la isla,
mientras se sometía el pequeño cuartel de Güinia de Miranda -en
las montañas- y, posteriormente, se atacaba el de Banao, con
escasos resultados. Los días anteriores al 3 de noviembre, fecha
de las elecciones, fueron de extraordinaria actividad: nuestras
columnas se movilizaron en todas direcciones, impidiendo casi
totalmente la afluencia a las urnas de los votantes de esas zonas.
Las tropas de Camilo Cienfuegos, en la parte norte de la
provincia, paralizaron la farsa electoral. En general, desde el
transporte de los soldados de Batista hasta el tráfico de
mercancía, quedaron detenidos.
En Oriente, prácticamente no hubo votación; en Camagüey, el
porcentaje fue un poquito más elevado, y en la zona occidental,
a pesar de todo, se notaba un retraimiento popular evidente. Este
retraimiento se logró en Las Villas en forma espontánea, ya que
no hubo tiempo de organizar sincronizadamente la resistencia
pasiva de las masas y la actividad de las guerrillas.
Se sucedían en Oriente sucesivas batallas en los frentes
primeros y segundo, aunque también en el tercero -con la columna
Antonio Guiteras-, que presionaba insistente sobre Santiago de
Cuba, la capital provincial. Salvo las cabeceras de los
municipios, nada conservaba el gobierno en Oriente.
Muy grave se estaba haciendo, además, la situación en Las
Villas, por la acentuación de los ataques a las vías de
comunicación. Al llegar, cambiamos en total el sistema de lucha
en las ciudades, puesto que a toda marcha trasladamos los mejores
milicianos de las ciudades al campo de entrenamiento, para
recibir instrucción de sabotaje que resultó efectivo en las áreas
suburbanas.
Durante los meses de noviembre y diciembre de 1958 fuimos
cerrando gradualmente las carreteras. El capitán Silva bloqueó
totalmente la carretera de Trinidad a Sancti Spíritus y la
carretera central de la Isla fue seriamente dañada cuando se
interrumpió el puente sobre el río Tuinicú, sin llegarse a
derrumbar; el ferrocarril central fue cortado en varios puntos,
agregando que el circuito sur estaba interrumpido por el segundo
frente y el circuito norte cerrado por las tropas de Camilo
Cienfuegos, por lo que la Isla quedó dividida en dos partes. La
zona mas convulsionada, Oriente, solamente recibía ayuda del
gobierno por aire y mar, en una forma cada vez más precaria. Los
síntomas de descomposición del enemigo aumentaban.
Hubo que hacer en el Escambray una intensísima labor en favor de
la unidad revolucionaria, ya que existía un grupo dirigido por
el comandante Gutiérrez Menoyo (Segundo Frente Nacional del
Escambray), otro del directorio Revolucionario (capitaneado por
los comandantes Faure Chomón y Rolando Cubela), otro pequeño de
la Organización Autentica (OA), otro del Partido Socialista
Popular (comandado por Torres), y nosotros; es decir, cinco
organizaciones diferentes actuando con mandos también diferentes
y en una misma provincia. Tras laboriosas conversaciones que hube
de tener con sus respectivos jefes, se llegó a una serie de
acuerdos entre las partes y se pudo ir a la integración de un
frente aproximadamente común.
A partir del 16 de diciembre las roturas sistemáticas de los
puentes y todo tipo de comunicación habían colocado a la
dictadura en situación difícil para defender sus puestos
avanzados y aun los mismos de la carretera central. En la
madrugada de ese día fue roto el puente sobre el río Falcón,
en la carretera central, y prácticamente interrumpidas las
comunicaciones entre La Habana y las ciudades al este de Santa
Clara, capital de Las Villas, así como una serie de poblados -el
mas meridional, Fomento- eran sitiados y atacados por nuestras
fuerzas. El jefe de la plaza se defendió mas o menos eficazmente
durante algunos días, pero a pesar del castigo de la aviación a
nuestro Ejército Rebelde, las desmoralizadas tropas de la
dictadura no avanzaban por tierra en apoyo de sus compañeros.
Comprobando la inutilidad de toda resistencia, se rindieron, y más
de cien fusiles fueron incorporados a las fuerzas de la libertad.
Sin darle tregua al enemigo, decidimos paralizar de inmediato la
carretera central, y el día 21 de diciembre se atacó simultáneamente
a Cabaiguán y Guayos, sobre la misma. En pocas horas se rendía
este último poblado y dos días después, Cabaiguán con sus
noventa soldados. (La rendición de los cuarteles se pactaba
sobre la base política de dejar en libertad a la guarnición,
condicionado a que saliera del territorio libre. De esa manera se
daba la oportunidad de entregar las armas y salvarse.) En Cabaiguán
se demostró de nuevo la ineficacia de la dictadura que en ningún
momento reforzó con infantería a los sitiados.
Camilo Cienfuegos atacaba en la zona norte de Las Villas a una
serie de poblados, a los que iba reduciendo, a la vez que
establecía el cerco a Yaguajay, último reducto donde quedaban
tropas de la tiranía, al mando de un capitán de ascendencia
china, que resistió once días, impidiendo la movilización de
las tropas revolucionarias de la región, mientras las nuestras
seguían ya por la carretera central avanzando hacia Santa Clara,
la capital.
Caído Cabaiguán, nos dedicamos a atacar a Placetas, rendido en
un solo día de lucha, en colaboración activa con la gente del
Directorio Revolucionario. Después de tomar Placetas, liberamos
en rápida sucesión a Remedios y a Caibarién, en la costa norte,
y puerto importante el segundo. El panorama se iba ensombreciendo
para la dictadura, porque a las continuas victorias obtenidas en
Oriente, el Segundo Frente del Escambray derrotaba pequeñas
guarniciones y Camilo Cienfuegos controlaba el norte.
Al retirarse el enemigo de Camajuaní sin ofrecer resistencia,
quedamos listos para el asalto definitivo a la capital de la
provincia de Las Villas. (Santa Clara es el eje del llano central
de la isla, con 150.000 habitantes, centro ferroviario y de todas
las comunicaciones del país.) Está rodeada por pequeños cerros
pelados, los que estaban tomados previamente por las tropas de la
dictadura.
En el momento del ataque, nuestras fuerzas habían aumentado
considerablemente su fusilería, en la toma de distintos puntos y
en algunas armas pesadas que carecían de municiones. Teníamos
una bazooka sin proyectiles y debíamos luchar contra una decena
de tanques, pero también sabíamos que, para hacerlo con
efectividad, necesitábamos llegar a los barrios poblados de la
ciudad, donde el tanque disminuye en mucho su eficacia.
Mientras las tropas del Directorio Revolucionario se encargaban
de tomar el cuartel numero 31 de la Guardia Rural, nosotros nos
dedicábamos a sitiar casi todos los puestos fuertes de Santa
Clara; aunque, fundamentalmente, establecíamos nuestra lucha
contra los defensores del tren blindado situado a la entrada del
camino de Camajuaní, posiciones defendidas con tenacidad por el
ejército, con un equipo excelente para nuestras posibilidades.
El 29 de diciembre iniciamos la lucha. La Universidad había
servido, en un primer momento, de base de operaciones. Después
establecimos comandancia más cerca del centro de la ciudad.
Nuestros hombres se batían contra tropas apoyadas por unidades
blindadas y las ponían en fuga, pero muchos de ellos pagaron con
la vida su arrojo y los muertos y heridos empezaron a llenar los
improvisados cementerios y hospitales.
Recuerdo un episodio que era demostrativo del espíritu de
nuestra fuerza en esos días finales. Yo había amonestado a un
soldado, por estar durmiendo en pleno combate y me contestó que
lo habían desarmado por habérsele escapado un tiro. Le respondí
con mi sequedad habitual: «Gánate otro fusil yendo desarmado a
la primera línea... si eres capaz de hacerlo.» En Santa Clara,
alentando a los heridos en el Hospital de Sangre, un moribundo me
tocó la mano y dijo: «¿Recuerda, comandante? Me mandó a
buscar el arma en Remedios... y me la gané aquí.» Era el
combatiente del tiro escapado, quien minutos después moría, y
me lució contento de haber demostrado su valor. Así es nuestro
Ejército Rebelde.
Las lomas del Cápiro seguían firmes y allí estuvimos luchando
durante todo el día 30, tomando gradualmente al mismo tiempo
distintos puntos de la ciudad. Ya en ese momento se habían
cortado las comunicaciones entre el centro de Santa Clara y el
tren blindado. Sus ocupantes, viéndose rodeados en las lomas del
Cápiro trataron de fugarse por la vía férrea y con todo su
magnífico cargamento cayeron en el ramal destruido previamente
por nosotros, descarrilándose la locomotora y algunos vagones.
Se estableció entonces una lucha muy interesante en donde los
hombres eran sacados con cócteles Molotov del tren blindado,
magníficamente protegidos aunque dispuestos sólo a luchar a
distancia, desde cómodas posiciones y contra un enemigo prácticamente
inerme, al estilo de los colonizadores con los indios del Oeste
norteamericano. Acosados por hombres que, desde puntos cercanos y
vagones inmediatos lanzaban botellas de gasolina encendida, el
tren se convertía -gracias a las chapas del blindaje- en un
verdadero horno para los soldados. En pocas horas se rendía la
dotación completa, con sus 22 vagones, sus cañones antiaéreos,
sus ametralladoras del mismo tipo, sus fabulosas cantidades de
municiones (fabulosas para lo exiguo de nuestras dotaciones,
claro está).
Se había logrado tomar la central eléctrica y toda la parte
noroeste de la ciudad, dando al aire el anuncio de que Santa
Clara estaba casi en poder de la Revolución. En aquel anuncio
que di como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Las
Villas, recuerdo que tenía el dolor de comunicar al pueblo de
Cuba la muerte del capitán Roberto Rodríguez El Vaquerito,
pequeño de estatura y de edad, jefe del «Pelotón Suicida»,
quien jugó con la muerte una y mil veces en lucha por la
libertad. El «Pelotón Suicida» era un ejemplo de moral
revolucionaria, y a ese solamente iban voluntarios escogidos. Sin
embargo, cada vez que un hombre moría -y eso ocurría en cada
combate- al hacerse la designación del nuevo aspirante, los
desechados realizaban escenas de dolor que llegaban hasta el
llanto. Era curioso ver a los curtidos y nobles guerreros,
mostrando su juventud en el despecho de unas lágrimas, por no
tener el honor de estar en el primer lugar de combate y de muerte.
Después caía la estación de Policía, entregando los tanques
que la defendían y, en rápida sucesión se rendían al
comandante Cubela el cuartel numero 31, a nuestras fuerzas, la cárcel,
la audiencia, el palacio del Gobierno Provincial, el Gran Hotel,
donde los francotiradores se mantuvieron disparando desde el décimo
piso casi hasta el final de la lucha.
En ese momento sólo quedaba por rendirse el cuartel Leoncio
Vidal, la mayor fortaleza del centro de la Isla. Pero ya el día
primero de enero de 1959 había síntomas de debilidad creciente
entre las fuerzas defensoras. En la mañana de ese día mandamos
a los capitanes Nuñez Jiménez y Rodríguez de la Vega a pactar
la rendición del cuartel. Las noticias eran contradictorias:
Batista había huido ese día, desmoronándose la Jefatura de las
Fuerzas Armadas. Nuestros dos delegados establecían contacto por
radio con Cantillo, haciéndole conocer la oferta de rendición,
pero éste estimaba que no era posible aceptarla porque constituía
un ultimátum y que él había ocupado la Jefatura del Ejército
siguiendo instrucciones precisas del líder Fidel Castro. Hicimos
inmediato contacto con Fidel, anunciándole las nuevas, pero dándole
la opinión nuestra sobre la actitud traidora de Cantillo, opinión
que coincidía absolutamente con la suya. (Cantillo permitió en
esos momentos decisivos que se fugaran todos los grandes
responsables del gobierno de Batista, y su actitud era más
triste si se considera que fue un oficial que hizo contacto con
nosotros y en quien confiamos como un militar con pundonor.)
Los resultados siguientes son por todos conocidos: la negativa de
Castro a reconocerle; su orden de marchar sobre la ciudad de La
Habana; la posesión por el coronel Barquín de la Jefatura del
Ejército, luego de salir de la prisión de Isla de Pinos; la
toma de la Ciudad Militar de Columbia por Camilo Cienfuegos y de
la Fortaleza de la Cabaña por nuestra columna 8, y la instauración
final, en cortos días, de Fidel Castro como Primer Ministro del
Gobierno Provisional. Todo esto pertenece a la historia política
actual del país.
Ahora estamos colocados en una posición en la que somos mucho más
de simples factores de una nación; constituimos en este momento
la esperanza de la América irredenta. Todos los ojos -los de los
grandes opresores y los de los esperanzados- están fijos en
nosotros. De nuestra actitud futura que presentemos, de nuestra
capacidad para resolver los múltiples problemas, depende en gran
medida el desarrollo de los movimientos populares en América, y
cada paso que damos está vigilado por los ojos omnipresentes del
gran acreedor y por los ojos optimistas de nuestros hermanos de
América.
Con los pies firmemente asentados en la tierra, empezamos a
trabajar y a producir nuestras primeras obras revolucionarias,
enfrentándonos con las primeras dificultades. Pero ¿cuál es el
problema fundamental de Cuba, sino el mismo de toda América, el
mismo incluso del enorme Brasil, con sus millones de kilómetros
cuadrados, con su país de maravilla que es todo un Continente?
La monoproducción. En Cuba somos esclavos de la caña de azúcar,
cordón umbilical que nos ata al gran mercado norteño. Tenemos
que diversificar nuestra producción agrícola, estimular la
industria y garantizar que nuestros productos agrícolas y
mineros y -en un futuro inmediato- nuestra producción industrial,
vaya a los mercados que nos convengan por intermedio de nuestra
propia línea de transporte.
La primera gran batalla del gobierno se dará con la Reforma
Agraria, que será audaz, integral, pero flexible: destruirá el
latifundio en Cuba, aunque no los medios de producción cubanos.
Será una batalla que absorba en buena parte la fuerza del pueblo
y del gobierno durante los años venideros. La tierra se dará al
campesino gratuitamente. Y se pagará a quien demuestre haberla
poseído honradamente, con bonos de rescate a largo plazo; pero
también se dará ayuda técnica al campesino, se garantizarán
los mercados para los productos del suelo y se canalizará la
producción con un amplio sentido nacional de aprovechamiento en
conjunción con la gran batalla de la Reforma Agraria, que
permita a las incipientes industrias cubanas, en breve tiempo,
competir con las monstruosas de los países en donde el
capitalismo ha alcanzado su más alto grado de desarrollo. Simultáneamente
con la creación del nuevo mercado interno que logrará la
Reforma Agraria, y la distribución de productos nuevos que
satisfagan a un mercado naciente, surgirá la necesidad de
exportar algunos productos y hará falta el instrumento adecuado
para llevarlos a uno y a otro punto del mundo. Dicho instrumento
será una flota mercante, que la Ley de Fomento Marítimo ya
aprobada, prevé. Con esas armas elementales, los cubanos
iniciaremos la lucha por la liberación total del territorio.
Todos sabemos que no será fácil, pero todos estamos conscientes
de la enorme responsabilidad histórica del Movimiento 26 de
Julio, de la Revolución cubana, de la Nación en general, para
constituir un ejemplo para todos los pueblos de América, a los
que no debemos defraudar.
Pueden tener seguridad nuestros amigos del Continente insumiso
que, si es necesario, lucharemos hasta la última consecuencia
económica de nuestros actos y si se lleva más lejos aún la
pelea, lucharemos hasta la última gota de nuestra sangre rebelde,
para hacer de esta tierra una república soberana, con los
verdaderos atributos de una nación feliz, democrática y
fraternal de sus hermanos de América."