| Crónica
de una ruptura anunciada Por Antonio Navarro
Wolf
El Representante a la Cámara está convencido de
que Gobierno y Farc volverán a dialogar cuando
comprendan que aquí nadie derrota completamente
a su adversario.
Nada más
inevitable que la decisión tomada por el
presidente Pastrana el pasado miércoles al dar
por terminado el proceso de paz con las Farc.
Como estaban las cosas, se agotaron totalmente
los espacios nacional e internacional para
continuarlo. Ello no significa, para nada, que
sea bueno. Pero vamos por partes.
Cuando comenzó en 1998, las condiciones políticas
para la paz, con concesiones serias, eran
inmejorables; yo diría, sin antecedentes desde
la época de la firma de los acuerdos del Frente
Nacional en 1957.
Pero las condiciones militares no lo eran. En la
década del 90, las Farc habían conseguido una
ventaja sustantiva en el campo del combate y podían
proyectar la posibilidad de una victoria para sus
armas a mediano plazo. No existía lo que los teóricos
llaman "un equilibrio mutuamente doloroso".
Lo sucedido en los últimos tres años y medio
era previsible en el campo militar. Se restableció
el equilibrio en esta materia. Sin embargo, la
percepción de que es así, no parece unánime
dentro de las Farc ni dentro de lo que hoy se
llama el establecimiento.
Veamos un poco más en detalle el asunto de las
percepciones de las partes acerca del curso de la
guerra en el futuro, porque ello es sustancial
para entender las decisiones que se están
tomando.
Muchos en las Farc creen que sus fuerzas se
acrecientan en los periodos de enfrentamiento. Así
sucedió en la década del 90, después de la
ruptura de Tlaxcala en 1991. Tal antecedente hace
que muchos mandos de las Farc estén esperando
ahora que suceda lo mismo, sin considerar dos
elementos gruesos. Por un lado, la nueva situación
nacional e internacional, donde no van a
enfrentarse a un gobierno enredado en el proceso
8.000 y que va a contar con el apoyo activo prácticamente
ilimitado de Estado Unidos y probablemente otros
miembros de la comunidad internacional después
del 11 de septiembre del año pasado.
Por otro, que aunque las Farc crezcan, sus
oponentes están creciendo más, tanto la Fuerzas
Armadas como los grupos paramilitares.
En el establecimiento amplios sectores están en
la posición de que la guerra hay que ganarla al
precio que sea. Y creen que es posible. No han
estudiado con cuidado la experiencia de los 50 años
del conflicto colombiano ni situaciones similares
de otros países del mundo, que demuestran que en
el estado en que están las cosas en Colombia,
una posible victoria tomaría al menos una
generación y los costos serían impagables para
el país.
En el campo de la política el diálogo se volvió
un diálogo de sordos. El mejor ejemplo de ello
fue la reunión de políticos con las Farc en el
Caguán la semana antepasada. Además de los
discursos para la televisión, se hablaban
lenguajes en planos que no se tocaban en nada y
no se hizo ningún esfuerzo de aproximación de
posiciones.
La imagen de combatientes saliendo de las
trincheras con las manos en la nuca no es de
nuestra guerra, y no se verá en directo por CNN.
El modelo de negociaciones en medio del conflicto
con zona de distensión se agotó en la medida
que cambió la correlación de fuerzas en el
campo del combate. Tenía que ser rediseñado. Lo
deseable es que tal rediseño hubiera sido el
producto de las conversaciones en la mesa de diálogo.
Pero no fue posible. La polarización era muy
grande.
La suerte está echada. Estoy convencido de que
vamos a volvernos a sentar a la mesa en los próximos
años, en la medida que todos descubran lo que
hoy no parece obvio, pero en mi criterio lo es:
aquí nadie derrota totalmente a su adversario.
La imagen de combatientes saliendo de las
trincheras con las manos en la nuca no es de
nuestra guerra, que por supuesto no va a ser
transmitida por CNN.
Las condiciones de la nueva sentada serán las
resultantes de lo que pase en el terreno militar
de ahora en adelante. Está claro que la
superioridad del ejército del aire del Estado no
va a permitir las operaciones de grandes
contingentes guerrilleros, a menos que éstos
desarrollen una capacidad antiaérea que hasta
ahora no poseen.
Es previsible la operación de pequeños grupos
guerrilleros, casi imposibles de detectar y
localizar, contra la infraestructura vial, las
torres de energía y objetivos similares. Viene
la guerra de los explosivos.
Supongo que su primer propósito será dejar sin
luz el país, especialmente a Bogotá, por su
efecto psicológico sobre la población.
Por el lado paramilitar, es previsible una
intensificación de sus acciones contra la
población, especialmente en el sur de Colombia.
Probablemente la batalla más encarnizada vaya a
ser la que busca el control de las plantaciones
ilícitas, por su importancia como fuente de
financiación de la guerra irregular.
A los no combatientes nos queda solamente la
posibilidad de exigirles todo el respeto a
nuestras vidas y nuestros derechos fundamentales.
Y debemos hacerlo activamente, movilizándonos.
Nada más equivocado que la pasividad de una
sociedad que va a ser la que pague los mayores
costos en esta etapa de una guerra que los
colombianos no nos merecemos.
Tomado de
Revista Cambio (Colombia)
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