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Eduardo Galeano - Crónica
de la ciudad de Río
En lo alto de la noche de Río de Janeiro, luminoso, generoso, el
Cristo del Corcovado extiende sus brazos. Bajo esos brazos
encuentran amparo los nietos de los esclavos.
Una mujer descalza mira al Cristo, desde muy abajo, y señalándole
el fulgor, muy tristemente dice:
Ya no va a estar. Me han dicho que lo van a sacar de aquí.
No te preocupes le asegura una vecina. No te
preocupes: Él vuelve.
A muchos mata la policía, y a muchos más la economía. En la
ciudad violenta, resuenan balazos y también tambores: los
tambores, ansiosos de consuelo y de venganza, llaman a los dioses
africanos. Cristo sólo no alcanza.