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Eduardo Galeano - Crónica
de la ciudad de Quito
En las manifestaciones de izquierda, desfila a la cabeza. Suele
asistir a los actos culturales, aunque lo aburren, porque sabe
que después hay farra. Le gusta el ron, sin hielo ni agua, pero
que sea cubano.
Respeta los semáforos. Camina Quito de punta a punta, al derecho
y al revés, recorriendo amigos y enemigos. En las subidas,
prefiere el ómnibus, y se cuela sin pagar boleto. Algunos
choferes le tiran la bronca: cuando se baja, le gritan tuerto de
mierda.
Se llama Choco y es buscabronca y enamorado. Pelea hasta con
cuatro a la vez; y en las noches de luna llena, se escapa a
buscar novias. Después cuenta, alborotado, las locas aventuras
que viene de vivir. Mishy no le entiende los detalles, aunque le
capta el sentido general.
Una vez, hace años, se lo llevaron muy fuera de Quito. La comida
no alcanzaba, y resolvieron dejarlo en el lejano pueblo donde había
nacido. Pero volvió. Al mes, volvió. Llegó a la puerta de su
casa y se quedó ahí tirado, sin fuerza para celebrarlo moviendo
el rabo, ni para anunciarlo ladrando. Había andado por muchas
montañas y avenidas y llegó en las últimas, hecho una piltrafa,
los huesos a la vista, el pellejo sucio de sangre seca. Desde
entonces odia los sombreros, los uniformes y las motocicletas.