| Laura
E. Asturias: No es nuestra América la que está
bajo ataque Desde hace años me resulta
ofensivo escuchar a tantas personas de Estados
Unidos llamar "América" a su país.
Claro que, ante cualquier reclamo,
arguyen que no es que quieran absorber al
continente entero dentro de ese
nombre y que por eso hablan de Centro y Sudamérica
en forma específica.
Aun así, arrogarse para su territorio una
palabra que abarca todo un
continente me parece abusivo.
No es una postura caprichosa, menos aún ante el
irrespeto con que el
gobierno de Estados Unidos convierte al mundo en
su patio particular,
pisoteando la soberanía de otros pueblos como si
fueran peoncitos
manipulados desde el norte sobre su tablero
geopolítico. Es justamente ese
irrespeto a la soberanía ajena lo que hoy motiva
a este gendarme global, y
al vaquero pendenciero que lo preside, a exhortar
al pueblo de Afganistán
a sublevarse contra el régimen talibán.
Cualquiera, a excepción de ellos mismos, querría
ver a los talibanes
opresores debidamente derrotados, como le
corresponde a este grupo que
sólo ha ocasionado angustia y mayor pobreza al
pueblo afgano. Y su propia
cuota de penalidades merecen también los hombres
de ese país por
confabularse con tal régimen en la violación de
los derechos de todas las
mujeres afganas. Pero es inhumano que Estados
Unidos, la nación más
opulenta y poderosa, le demande a ese pueblo,
hambriento y desolado,
levantarse enérgicamente contra quienes lo
gobiernan.
Igualmente cruel es que Estados Unidos pida a
nuestros pueblos un apoyo a
su posible embestida militar que sin duda se
traducirá en la inversión de
recursos nacionales que no podemos darnos el lujo
de destinar a la defensa
de la soberanía de ese país, por mucho que su
gobierno nos dore la píldora
insistiendo en que se trata de asegurar una
libertad perdurable. ¿La
libertad de quién? Si nuestro pueblo no es libre,
si en Guatemala hay
gente muriendo de hambre, gente que no tiene ni
tendrá nunca acceso a las
seguridades mínimas y al bienestar esencial para
una vida digna, ¿por qué
hemos de apoyar el fundamentalismo de ese
gobierno, tan absurdo como el de
los talibanes?
El otro día, en un programa de radio, una señora
residente en Estados
Unidos reflexionaba acerca de lo que la reciente
tragedia ahí ya
representa para mucha gente, en particular la pérdida
del empleo en
empresas que ahora están recortando
significativamente su personal. En
estos momentos no sonará generoso decir que allá
nunca han sentido, como
lo están experimentando nuestros pueblos, el
peso de la globalización,
aunque ésta poco tuviera que ver con tales actos
terroristas. Pero quizás
es la forma en que, si antes no se ha distribuido
la riqueza más global y
equitativamente, ahora se reparten con mayor
justicia, también en el
norte, las zozobras cotidianas que aquejan a los
pueblos del sur,
provocadas por pautas económicas dictadas, en
buena medida, por la gran
nación norteña.
Creo que no es descabellado afirmar que la América
al sur de Estados
Unidos sobrevive permanentemente en la miseria,
mientras aquella opulencia
obscena hoy se da el lujo de montar una guerra a
gran escala que sólo
beneficiará a los poderosos de siempre, porque
para ellos no hay mejor
negocio que el enfrentamiento bélico.
Todo eso habrá querido Rigoberta Menchú hacerle
entender al presidente
estadounidense, cuando en su carta del 21 de
septiembre le recordó que no
hay paz sin justicia, ni justicia sin equidad;
que no existe equidad sin
desarrollo, ni éste sin democracia. Y que no
puede haber democracia sin
respeto a la identidad y la dignidad de los
pueblos y las culturas.
Por ello no deberíamos olvidar que no es nuestra
América la que está bajo
ataque. Y antes de confabularnos contra otra nación
sumida en la miseria,
recordar que el ataque real a nuestros pueblos
americanos es la
pauperización permanente que nutre la
prosperidad de unos pocos.
Tomado de La
insignia
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