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México - Guerrillas, una nueva etapa
La reaparición del Ejército
Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI) y la búsqueda de una
coordinación con otros grupos armados, configura un nuevo
escenario que reconoce diferentes aristas y vertientes.
Por Jorge Lofredo (Resumen Latinoamericano)
En el ámbito de las agrupaciones armadas clandestinas, la
coordinación no constituye un hecho novedoso -ni para el ERPI
como tampoco para otras siglas-; aunque la ocasión supone
vislumbrar el llamado desde otra dimensión. Los últimos
comunicados de Tendencia Democrática Revolucionaria (TDR) se
referencian hacia el mismo lugar, y en la conferencia de prensa
ofrecida por el Comando Justiciero 28 de Junio (CJ-28), el capitán
Silvano subrayó la vocación de confluencia junto a la Nueva
Brigada Campesina de Ajusticiamiento y hasta con el mismo Ejército
Popular Revolucionario (EPR), no así con el ERPI.
La experiencia de la Coordinadora Guerrillera Nacional José María
Morelos (Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo, Ejército
Villista Revolucionario del Pueblo y CJ-28), es uno de los
antecedentes inmediatos de construcción conjunta. Sin embargo,
la realidad que enfrentan las organizaciones supone un 'salto
cualitativo', en cuanto a la conformación de un polo insurgente,
ante el riesgo cierto de extinción, y que condiciona
particularmente al ERPI luego de la caída del comandante Antonio
y la coronel Aurora, Jacobo Silva Nogales y Gloria Arena Agís,
sus dos máximos referentes.
Producto de la dispersión, los grupos clandestinos del EPR son a
menudo frágiles y aún cuando se reconocen por su alta
ideologización y cohesión interna están sujetos a la dispersión
de sus integrantes. Los esfuerzos por la conjunción de
actividades también reconoce esta necesidad de superar la
intrascendencia, como una forma de respuesta a la fragmentación,
que los vuelve invisibles a los ojos sociales y objeto de la más
violenta persecución, represión y aniquilamiento.
La coordinación plantea también otra distinción: el
reagrupamiento de expresiones integradas primariamente por
cuadros políticos y militares que conformaron el proyecto
inicial del EPR. Al respecto, el eperrismo es la instancia de
unificación de catorce organizaciones clandestinas que luego
asumirán la lucha armada con la primera aparición pública en
el vado de Aguas Blancas. El proceso de ruptura posterior -del
ERPI se conoce su existencia a partir de la masacre de El Charco,
en junio de 1998-, provocó la formación de otros grupos
distintos a los que originalmente confluyeron en el EPR. (La
Coordinadora José María Morelos no es ajena a la dinámica de
las escisiones y posterior reunificación alrededor de nuevas
entidades.) Y aunque el ERPI remarcó la distancia entre ambos
movimientos, ninguna decisión desde el ámbito de la
clandestinidad puede prescindir del EZ ni del eperrismo.
En efecto, el EPR parteaguas de la guerrilla en Guerrero y para
los demás grupos radicales, pero no alcanza más allá de las
fronteras del estado, aún cuando realizó incursiones militares
que no se limitaron geográficamente al sureste mexicano, región
donde se reconoce la presencia mas activa de las guerrillas
mexicanas: ello circunscribe la dinámica del conflicto armado a
una realidad meramente local.
Pero el largo proceso del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), que concluyó con la traición del Senado en
materia de derechos y cultura indígena y su posterior ratificación
por parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, obliga a
los insurgentes a volver la mirada sobre los zapatistas, pues de
esta experiencia se desprende la cancelación de los espacios
institucionales a la vez que revitaliza la estrategia clandestina
y armada. De ello no puede desprenderse que el EZ vuelva a las
armas, pues su estrategia apuntala la constitución de municipios
y comunidades autónomas por la vía de los hechos, pero
condiciona las políticas internas de los grupos armados.
Por último y como agravante, las condiciones objetivas que
sustentan la lucha armada, el 'caldo de cultivo' de la guerrilla,
aún continúan vigentes. Las condiciones económicas y sociales
que impera en el estado reconoce un agravante fundamental: la
persistencia de situaciones políticas y la persistencia del
autoritarismo, cacicazgos, la militarización y la violación a
los derechos humanos que encuentra en las comunidades indígenas
los sectores más vulnerables.