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Eduardo Galeano - Crónica
de la ciudad de Montevideo
Julio César Puppo, llamado El Hachero, y Alfredo Gravina, se
encontraron al anochecer, en un café del barrio de Villa Dolores.
Así, por casualidad, descubrieron que eran vecinos:
Tan cerquita y sin saberlo.
Se ofrecieron una copa, y otra.
Se te ve muy bien.
No te vayas a creer.
Y pasaron unas pocas horas y unas muchas copas hablando del
tiempo loco y de lo cara que está la vida, de los amigos
perdidos y los lugares que ya no están, memorias de los años
mozos:
¿Te acordás?
Si me acordaré.
Cuando por fin el café cerró sus puertas, Gravina acompañó al
Hachero hasta la puerta de su casa. Pero después el Hachero
quiso retribuir:
Te acompaño.
No te molestes.
Faltaba más.
Y en ese vaivén se pasaron toda la noche. A veces se detenían,
a causa de algún súbito recuerdo o porque la estabilidad dejaba
bastante que desear, pero en seguida volvían al ir y venir de
esquina a esquina, de la casa de uno a la casa del otro, de una a
otra puerta, como traídos y llevados por un péndulo invisible,
queriéndose sin decirlo y abrazándose sin tocarse.