Desde
el malecón de La Habana
Siete kilómetros de nostalgia:
Estar triste en La Habana no es muy diferente de
estarlo en Cancún. Sólo un poco más romántico.
Quizá más cursi. Me fascina este lugar
encantado. El Castillo del Morro está abrazando
una neblina color promesa. Y el mar es tan grande...
A mi derecha, el malecón cuanta una historia.
Atrás de mí, siento la presencia de lo antiguo
en las maravillosas casonas casi en ruinas; pálidas
de tanto ver, cansadas de existir, diciendo una a
la otra: "El tiempo todo locura, locura,
locura...". En esta ciudad florece el arte a
cada paso. Por cierto, también tú.
Siete kilómetros de pasión:
Me parece que este es uno de los lugares
favoritos, de los habaneros, para besarse. Cerca
de mí, escucho una canción de José Antonio Méndez.
La siempre Trova Cubana que se involucra con los
espíritus, robándose los sentidos, hasta que el
Ser, acorralado, se pone a exhalar recuerdos. Y
yo te extraño. El deseo avanza, recorre siete
mil metros, suavemente, al compás más azul de
las mantarrayas. En ese pedazo de Habana suena
fuerte el corazón.
Siete mil metros de esperanza:
No hay más allá. Solo la noche pescando
palabras que flotan en lo oscuro, en la frontera
del viento. Aquí es fácil perderse en lo alto
de una Palma Real, en el humo de un cigarro o en
los ojos de siete kilómetros de personas que
miran hacia el mar. A sus espaldas, la preciosa
Cuba sigue brillando, aunque le apaguen la luz.
Yo continúo pensando: "Probablemente mañana".
Estampada en un sublime paisaje cubano. En una
noche-nostalgia. Noche. Tú.
Michele Moreno
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