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La lucha de las mujeres en América Latina y el Caribe: Conquistas y desafíos

Intervención de Fanny Edelman

Tema vasto que nos permitiría remontarnos muy lejos en el tiempo para encontrar miles de mujeres que pusieron de manifiesto su rebeldía y su coraje como sujetos de la historia americana, cuando la cruz y la espada impusieron a sangre y fuego su dominio imperial. En el proceso independentista iniciado a comienzos del siglo pasado, nuevas miles hicieron suyos los ideales emancipadores y participaron en las luchas por la libertad de sus patrias.


Y era este nuestro siglo en el que el gran poeta Nazim Hikmet denominó «mi siglo miserable y escandaloso, mi siglo corajudo, grande y heroico, mi siglo agonizante y renaciente», la irrupción de las mujeres enriqueciendo la perspectiva humana y afirmando su identidad de género ha sido su signo distintivo.


Han quedado atrás las luchas de nuestras antecesoras por acceder a la educación y al ejercicio de sus derechos políticos, pero continúan sin respuesta aspectos esenciales para que la mujer ejerza plenamente junto al hombre sus derechos. A nosotras nos ha tocado afrontar nuevos y complejos desafíos «en el mundo sin alma que nos obliga a aceptar como único posible: no hay pueblos, sino mercados; no hay ciudadanos, sino consumidores; no hay naciones sino empresas; no hay ciudades, sino aglomeraciones; no hay relaciones humanas, sino competencias mercantiles», como lo describe Eduardo Galeano.


Un mundo que en nuestra América con sus 90 millones de pobres (UNICEF, El progreso de las Naciones 1999) ha reportado un acelerado proceso de fragmentación de las relaciones humanas y sociales, de desintegración de la familia, de transferencia generacional de la pobreza, agravando todas las manifestaciones de violencia, limitando de más en más las posibilidades de romper las consecuencias de los problemas sociales que conlleva. Uno de los indicadores más dramáticos de esa realidad social es la feminización de la pobreza y del trabajo.


Éste es el marco social en que se desarrollan las luchas de las mujeres desde hace largas décadas y el marco político ha estado signado por dictaduras sangrientas, regímenes autoritarios y represivos, democracias cautivas sometidas al dominio global del poder del capital sobre el conjunto de la sociedad.


En mi país, Argentina, cuyas enormes riquezas son bien conocidas, de poco más de 10 millones de niños menores de 14 años, 4 millones y medio viven en hogares que están por debajo de la línea de pobreza y de ellos, 1.390.000 son indigentes. (Instituto Nacional de Estadística y Censo). La mortalidad infantil triplica a la de Singapur, es 90% superior a la de Cuba y 30% superior a la de Chile. (Equipos de Investigación Social EQUIS). Pero la América Central es la que ofrece el cuadro más trágico de pobreza, marginación y exclusión social.


En este contexto socio económico, las mujeres rompemos vallas económicas, políticas, ideológicas y culturales, apropiándonos de ámbitos que por derecho propio nos corresponden, conquistando un importante protagonismo social, a pesar de las discriminaciones y desigualdades que nos impone el sistema capitalista.


Es una presencia que configura un hecho histórico e irreversible de nuestra época. El Año Internacional de la Mujer (1975) al actuar como dinamizador de la problemática femenina, hizo que las dimensión de género adquiriera gran relevancia. De allí que se fue afirmando y estableciendo las diferentes formas en que vivimos las mujeres, la pobreza, la procreación, la familia, la juventud, las discriminaciones étnicas y raciales, la vida política.


A pesar de que en el imaginario social el sistema de valores patriarcales ejercen un enorme poder sobre la subjetividad de hombres y de mujeres, me permito afirmar que asistimos a una ruptura de dichos valores, expresados en un incipiente proceso de flexibilización de los roles de hombres y mujeres en la sociedad de clases. Cabe señalar el despliegue de la personalidad de la mujer en el plano social, político, cultural e intelectual y verificar que al proyectar su futuro lo piensa como un futuro social y no solamente privado. Podemos decir, además, que la mujer se ha afianzado no sólo como sujeto social sino también como sujeto político e histórico.


El contenido de las luchas de las mujeres, encuadradas en la realidad que vive el Continente, evidencian cambios en su subjetividad. Son espacios de contra poder que es preciso desarrollar, máxime cuando el neoliberalismo descarga particularmente sobre ellas su brutal agresividad.


La lucha de las mujeres se ha multiplicado en la medida que nuevos movimientos y sujetos sociales han surgido en la región. Movimientos que desde distintos enfoques impugnan el sistema imperante y plantean la necesidad de cambio. Entre ellos, se encuentran agrupaciones basadas en reivindicaciones de género y clase, de género, clase y etnia, como las indígenas -8 millones en el Continente- , de mujeres negras, de defensa de los derechos humanos, pacifistas, etc. Se expanden las comunidades de base inspiradas en la teología de la liberación, que han asumido todos los problemas de género.


Se expandió sensiblemente la acción de las mujeres durante los años más tenebrosos de las últimas décadas. En nuestra subregión, miles abandonaron el ámbito privado y salieron a pelear por la vida de los suyos. Ejemplos paradigmáticos son las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo así como las que nutrieron todas las organizaciones de derechos humanos, que desde hace 23 años recorren las mismas baldosas en las rondas de las plazas del país, exigiendo verdad y justicia. Su dramática experiencia las puso a poco andar al lado de los perseguidos, de los oprimidos, imponiendo un sello indeleble en el imaginario popular.


La lucha de la insurgencia zapatista, los levantamientos campesinos e indígenas de Ecuador, el ejemplo de los Sin Tierra en Brasil, Paraguay, Bolivia y Centro América, de las comunidades mapuches de Chile y Argentina, testimonian una presencia protagónica de las mujeres en la lucha por la tierra. En las fuerza guerrilleras de El Salvador y Guatemala formaron sólidos contingentes de combatientes y en las labores de apoyo fue muy destacada su indispensable presencia militante y en Nicaragua jugaron un gran papel en la victoria del FSLN. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y del Ejército de Liberación Nacional cuentan en sus filas, jóvenes, muy jóvenes muchas de ellas y en la lucha por la paz en ese país ocupan un primer rango.


Miles de mujeres de la región demandan a través de sus organizaciones empleo, salario justo, educación y salud, protección a la infancia, condiciones de vida dignas y simultáneamente defienden la soberanía la dignidad y la identidad nacional. Las mujeres de la tercera edad se agrupan, las refugiadas también, recla-mando sus derechos y se hacen visibles las mujeres de las comunidades indígenas.


Esta presencia dinámica, combativa, audaz, creadora, nos está diciendo que en su conciencia crece la rebeldía contra un sistema intolerable y busca transformaciones radicales de las relaciones sociales. Distintos son los frentes de lucha pero los objetivos son de más en más coincidentes. El aumento de las desigualdades de clase y de género, plantea con urgencia incorporar la enorme fuerza potencial que son las mujeres a un proyecto alternativo al del neoliberalismo, cuya crisis es radical, civilizatoria, al dividir a la humanidad en incluidos y excluidos. Ese es el desafío cuando se inicia un nuevo milenio. Resulta imperioso establecer un vínculo efectivo entre ese rico caudal de experiencias que han atesorado las mujeres con el amplio campo de la izquierda empeñado en el cambio social. Establecer una interacción entre ambos, y hacer que las mujeres que advierten una contradicción, cada vez más profunda entre sus aspiraciones y posibilidades de cambiar su vida y la crisis que corroe al sistema, asuman plenamente ser parte activa de un proyecto emancipatorio.


En el mundo de hoy avanzan las ideas de igualdad, de dignidad, de liberación y la posibilidad de una revolución transformadora. En América Latina y el Caribe se afianza la cultura de la rebeldía, de la solidaridad, del antimperialismo. Una cultura que aspira a un poder popular, democrático, humanista, que abra curso a una sociedad de mujeres y hombres libres. A ella debe concurrir la lucha de las mujeres.


Tenemos un ineludible punto de referencia. La Revolución Cubana con su proyecto de justicia social y democracia participativa, al desplegar dicho proyecto, uno de cuyos objetivo era reconceptualizar el papel de los hombres y las mujeres en la nueva sociedad, tuvieron en ellas la fuerza que actuó decididamente como destinatarias de los profundos cambios que transformaron sus vidas.


Fanny Edelman fue secretaria de la Federación Democrática Internacional de Mujeres. Participó en las Brigadas Internacionales solidarias durante la Guerra Civil Española. Es dirigente del Partido Comunista de Argentina.