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La suerte está echada
La mañana del miércoles 20 comenzó con sobresaltos en la Casa de Nariño. El alto comisionado para la Paz, Camilo Gómez, y el ministro de Justicia, Rómulo González, enfrentaban la dura tarea de explicarle a la opinión los alcances de la propuesta que el Presidente había lanzado la noche del martes, en el sentido de concentrar a las Farc en lugares donde no tuviera contacto alguno con el Ejército para facilitar la verificación de una posible tregua. A las 9:30 a. m. la situación se hizo más compleja cuando el comandante de la Fuerza Aérea, general Héctor Fabio Velasco, llamó al secretario general de la Presidencia, Gabriel Meza, para informarle que acababa de ser secuestrado en el Huila un avión de Aires que volaba de Neiva a Bogotá y que aeronaves militares adelantaban maniobras para obligarlo a aterrizar.
Quince minutos después, enterado ya del asunto, Pastrana llamó a Velasco para pedirle más detalles. El oficial le explicó que en ese momento los pilotos de la nave HK 3951 habían sido obligados por los captores a aterrizar en la carretera que lleva de Neiva a Hobo, y que habían secuestrado al dirigente político Jorge Eduardo Gechem Turbay, presidente de la Comisión de Paz del Senado y aspirante a repetir curul por Huila como representante del oficialismo liberal.
Visiblemente enojado, el mandatario convocó de urgencia a una reunión con sus colaboradores más cercanos e hizo llamar a los generales Fernando Tapias, comandante de las Fuerzas Militares, y a Luis Ernesto Gilibert, director de la Policía; a los ministros del Interior y de Justicia, Armando Estrada Villa y Rómulo González; al alto comisionado para la Paz; al director del DAS, coronel Germán Jaramillo; al secretario general Meza y a su secretario privado, Juan Hernández.
Los primeros en llegar, hacia las 10:15 a. m., fueron los generales Tapias y Gilibert. Un estafeta esperaba en la antesala al director de la Policía para entregarle un sobre cuyo contenido confirmaría las pocas dudas que hasta ese momento tenía el Jefe de Estado. Se trataba de la grabación de la conversación entre un guerrillero de la columna Teófilo Forero de las Farc con un subversivo que se encontraba en la zona de despeje. La comunicación había sido interceptada durante los monitoreos que diariamente hacen los organismos de seguridad. El diálogo revelaba no sólo que la guerrilla estaba detrás del secuestro, sino que había sido ejecutado con la bendición del secretariado de las Farc.
Cuando el Presidente ingresó en el salón lucía todavía contrariado. Todos esperaron en silencio a que tomara la cabecera. Después de una pausa, ya más sereno, preguntó: "¿Tenemos alguna duda de que fueron las Farc?". "No, señor Presidente", respondió de inmediato el general Tapias y agregó que la acción guerrillera había sido muy bien planeada y que sus responsables eran miembros de la columna Teófilo Forero al mando de Hermindez Buitrago, conocido también como Óscar. El director de la Policía confirmó lo dicho por Tapias con la transcripción de la grabación que tenía en la mano.
"¿Tenemos alguna duda de que fueron las Farc?", preguntó Pastrana. "No, señor Presidente", respondió el general Tapias.
Durante 20 minutos el Jefe del Estado oyó el relato de los detalles de lo que estaba ocurriendo. Uno de los asistentes contó que los guerrilleros habían talado las copas de los árboles para facilitar el aterrizaje del avión porque debían evitar que sus alas chocaran contra las ramas, y que las ramas las habían utilizado para alimentar las fogatas que guiaron la aeronave. Y agregó que el tráfico por la carretera entre Hobo y Gigante, usada como pista, estaba bloqueada porque los subversivos habían destruido un puente momentos antes del aterrizaje.
Antes de que el Presidente retomara la palabra, uno de los asistentes aventuró una propuesta para solucionar la crisis. El Presidente debía exigir públicamente a las Farc la liberación de Gechem en el plazo perentorio de una hora. "Si el Gobierno pide eso, la opinión preguntaría, irritada, por qué no se exige la liberación de todos los secuestrados", comentó otro de los asistentes. La propuesta fue rechazada. No había duda de que no interpretaba el sentir de la mayoría.
Pero el caso del avión no era el único hecho que ponía al Gobierno en una sin salida. En la madrugada, el frente IX de las Farc había dinamitado un puente entre San Rafael y San Carlos, Antioquia. Como consecuencia, dos vehículos, entre ellos una ambulancia, cayeron al abismo. Tres mujeres que iban en la ambulancia, una embarazada, su hermana y una enfermera, murieron porque no pudieron salir del vehículo que se fue llenando de agua. Era más de lo que la opinión podía seguir tolerando sin una respuesta firme del Gobierno. El Presidente debía tomar la decisión más seria de su mandato.
"Voy a romper"
Eran más de las 12:00 m. cuando el Presidente, para cerrar la reunión, anunció: "Este problema lo resuelvo yo. No hay nada ni nadie que pueda cambiar lo que estoy pensando. Y como soy quien toma la decisión, les quiero decir que hoy mismo voy a romper el proceso con las Farc".
Sin esperar comentarios, Pastrana impartió tres órdenes: que los negociadores del Gobierno que a esa hora debían reunirse con los voceros de las Farc en Los Pozos, sede de los diálogos, regresaran de inmediato a Bogotá; que la secretaría jurídica preparara las resoluciones para levantar la zona de distensión, derogar el estatus político otorgado a las Farc y solicitar a la Fiscalía la reactivación de las órdenes de captura contra los miembros del secretariado, y que la cúpula de las Fuerzas Armadas y el director del DAS llevaran a las 3:30 p. m. a su despacho los informes recopilados en febrero para analizar el resultado de los controles impuestos en el área periférica de la zona de distensión y las informaciones de inteligencia sobre lo que ocurría en el territorio desmilitarizado.
"Y como soy yo quien toma la decisión, les quiero decir que hoy mismo voy a romper el proceso con las Farc". Presidente Pastrana
Después de que Tapias, Gilibert y Jaramillo abandonaron el palacio presidencial, Pastrana llamó a su despacho al alto comisionado para la paz, al ministro de Justicia, al Secretario General y al Secretario Privado para trabajar en la redacción de un comunicado que Camilo Gómez leería hacia la 1:00 p. m. en el que el Gobierno responsabilizaba a las Farc por lo que pudiera ocurrirle a Gechem.
En forma simultánea, el Presidente empezó a buscar respaldo en el exterior Llamó por teléfono a los presidentes de México, Vicente Fox; de Cuba, Fidel Castro, y al jefe del Gobierno español, José María Aznar. También dialogó con altos funcionarios del Departamento de Estado en Washington e instruyó al embajador Luis Alberto Moreno para reunirse con voceros de la Casa Blanca y del Congreso y enterarlos de la decisión de romper el proceso.
Guarida de secuestradores
A las 3:30 p. m. la tarea que Pastrana había encomendado a los generales Tapias y Gilibert estaba lista. El general Tapias recogió los informes elaborados por el DAS, la Policía y las Fuerzas Militares y los condensó en un documento que resumió en la reunión con el Presidente. Precisó, por ejemplo, que los cultivos de coca habían pasado de 16.000 a 25.000 hectáreas, que las Farc habían construido por lo menos 23 pistas de aterrizaje clandestinas y que habían montado plataformas de lanzamiento de misiles y construido tres fábricas de munición y pertrechos.
"¿Estamos listos para entrar a la zona de distensión?", preguntó el Presidente. Los oficiales asintieron. El general Gilibert tomó la palabra y dijo que tenía dispuestos contingentes de 200 policías cada uno para que entraran en los cinco municipios del área desmilitarizada. "Si quieren –dijo el oficial– podemos iniciar las fumigaciones de los cultivos de coca mañana mismo". A continuación el general Velasco, comandante de la FAC, explicó que estaba listo un plan para iniciar, cuando el Presidente lo ordenara, maniobras de ablandamiento en la zona de distensión: bombardeos masivos sobre cerca de 30 objetivos ya determinados y el ame- trallamiento de sitios donde calculaban que sería especialmente fuerte la resistencia guerrillera. "La situación es bien distinta a la que se presentaba hace cuatro años –dijo Velasco–. Hoy tenemos dispuestos para la retoma del Caguán 31 aviones muy buenos, incluidos los de transporte de tropa, y unos pilotos perfectamente entrenados y dispuestos a jugarse el todo por el todo. No puedo decir que la FAC no tiene capacidad para asumir esta misión".
El comandante de la Armada, almirante Mauricio Soto, resumió su intervención en una anécdota: "En 1987, cuando la crisis de la corbeta Caldas en el Golfo de Venezuela, el presidente Virgilio Barco preguntó si las Fuerzas Militares estaban preparadas para un eventual conflicto armado con ese país. En aquella ocasión dijimos que no y por eso la unidad de guerra fue retirada de allí. Hoy las cosas son a otro precio y la Armada Nacional dispone de embarcaciones y material humano suficientes para controlar los ríos del sur del país".
Minutos después, el comandante del Ejército, general Jorge Enrique Mora, habló de la estrategia para retomar el Caguán. "Una de las claves del éxito en esta guerra eran la oportunidad y la sorpresa –anotó Mora–. En este caso el bombardeo inicial será definitivo para facilitar el ingreso a la zona de despeje de las tropas de infantería". Luego, el director del DAS insistió en la necesidad de establecer una legislación adecuada para enfrentar el terrorismo. "Es indispensable vigilar aún más las fronteras, limitar el expendio de explosivos y munición, y controlar drásticamente el ingreso de pasajeros a aviones comerciales", sostuvo Jaramillo. Otro de los asistentes agregó que esas medidas podían ser expedidas mediante la conmoción interior, pero aclaró que para ello habría que convocar al Congreso. El Ministerio de Justicia fue encargado de estudiar la posibilidad de que las normas planteadas por el coronel Jaramillo sean expedidas mediante decisiones administrativas.
"Usted, Marulanda, ha convertido la zona de despeje en una guarida de secuestradores, en un laboratorio de drogas y en un depósito de dinamita y carros robados". Presidente Pastrana
Pastrana retomó la palabra y les advirtió a los asistentes que en esas condiciones sólo le restaba hacer el anuncio oficial de la ruptura del proceso. "Como dirían ustedes –dijo en abierta alusión a los generales–, a partir de este momento quedamos en acuartelamiento de primer grado". Entonces se retiró a su oficina privada para preparar la alocución de las 9:00 p. m. en la que mostraría el documento recopilado por el general Tapias como prueba de que las Farc habían convertido la zona de distensión en epicentro de sus actividades ilícitas: "Usted, Marulanda, ha convertido la zona de despeje en una guarida de secuestradores, en un laboratorio de drogas, en un depósito de dinamita y carros robados", diría el Presidente durante la intervención televisada que siguieron perplejos millones de colombianos. Nadie po- dría reclamarle que no se había jugado todo por el proceso de paz. Nadie podría decir que le había faltado voluntad.
Sobrevuelos y bombardeos
De regreso al Ministerio de Defensa para dar la orden de la recuperación de la zona de despeje, los generales Tapias y Mora tenían claro que el factor sorpresa sería definitivo. A diferencia de lo que había ocurrido durante la crisis de comienzos de enero, cuando Pastrana les dio a las Farc 48 horas para retirarse de la zona, en esta ocasión el Gobierno optó por cerrarles el margen de maniobra. La medianoche era el plazo fijado para acabar la zona de distensión y a esa hora aviones militares empezaron a sobrevolar el Caguán. Horas después bombardeaban posiciones guerrilleras.
Una flotilla de 31 aviones atacó los primeros blancos. Uno de ellos fue una pista cercana a un depósito de armamento que la guerrilla tenía en La Tunia, a 35 kilómetros de La Macarena. Fue el primer sitio donde las unidades de combate advirtieron concentración de fuerzas, si bien en un primer momento no pudieron verificar el número de bajas producidas por el ataque aéreo. El jueves, poco antes del mediodía, los pilotos de los bombarderos habían reportado al centro de operaciones de la Fuerza Aérea que habían abatido por lo menos 28 objetivos. "Entre los blancos golpeados hay campamentos y armerías –le dijo a CAMBIO un oficial que participó en la conducción de las operaciones–. Las pistas que mostró el Presidente en su discurso del miércoles por la noche fueron borradas del mapa".
Doce horas después de acabada la zona de despeje, la FAC había bombardeado 28 objetivos de las Farc.
El viernes el Ejército entró en acción y la Fuerza de despliegue Rápido, Fudra, ocupó lugares estratégicos de la zona desmilitarizada para facilitar el ingreso a la región de las Fuerzas Especiales y los batallones contraguerrilla. Al mismo tiempo, grupos de 50 policías pertenecientes a los cuerpos antisecuestro de esa institución ocuparon los cascos urbanos de Uribe, Mesetas, Macarena, Vistahermosa y San Vicente del Caguán.
No obstante y a diferencia de lo que ocurrió en 1990 cuando las Fuerzas Militares ocuparon el santuario de Tirofijo en Casa Verde y hubo numerosos focos de resistencia guerrillera, en esta ocasión es claro que las Farc alcanzaron a sacar la mayor parte de sus hombres a través de una cadena de túneles construidos en la región y que comunicaban la zona de despeje con los Llanos del Yarí, una zona donde las Farc creen estar seguras. Igualmente, los organismos de seguridad confirmaron que Tirofijo y el Mono Jojoy abandonaron la región en la crisis de enero pasado. Los demás miembros del secretariado también lograron huir.
Lo que viene
El panorama al finalizar la semana planteaba enormes interrogantes sobre el futuro del país. Pocos momentos en la historia de Colombia han tenido el carácter de trascendentales y definitivos. Sin duda éste es uno de ellos, comparable sólo con el inicio de la guerra de Independencia hace cerca de dos siglos o el estallido de las hostilidades de la guerra de los Mil Días hace poco más de uno. No es ésta sin embargo la primera vez que un proceso de paz con la guerrilla se rompe en los últimos 20 años. Pero a diferencia de las rupturas anteriores al finalizar el cese del fuego con el M-19 en tiempos de Belisario Betancur, al terminar la tregua con las Farc en la administración de Virgilio Barco, o al romperse las conversaciones de Tlaxcala en el gobierno de César Gaviria, es evidente que en esta oportunidad, aún si el momento genera numerosas incertidumbres, existen condiciones más favorables para el Gobierno y sus Fuerzas Armadas.
Ante todo, en el plano meramente militar. La fuerza pública pasa hoy por un momento excepcional. Como lo dijo el presidente Pastrana en su intervención del miércoles "Colombia cuenta con las Fuerzas Armadas más grandes, más profesionales, más capacitadas y mejor dotadas de toda su historia". Eso no quiere decir que estén exentas de problemas y deficiencias. La verdad es que los 60.000 soldados profesionales y los más de 100.000 efectivos regulares pueden no ser suficiente pie de fuerza para cumplir con la doble tarea de combatir a la guerrilla en operaciones de típico combate y de cuidar la infraestructura de torres, puentes, acueductos, carreteras y demás. Aunque la flota de helicópteros se ha cuadruplicado frente a lo que había hace apenas tres años, aún resultan escasos para cubrir el territorio nacional. Pero de cualquier modo el Ejército, la FAC, la Armada y la Policía están mejores que nunca.
Otra circunstancia favorable que resulta fundamental tiene que ver con el apoyo internacional tanto político como económico de que gozan el Gobierno y su Ejército. Las declaraciones de decenas de países y de media docena de organizaciones multilaterales como la ONU, la OEA, la Unión Europea, la Comunidad Andina y el Grupo de Río, que el jueves no sólo reconocieron los enormes esfuerzos hechos por Pastrana a favor de la paz, sino que justificaron su decisión de romper con las Farc, evidencian que si bien en Colombia el Presidente de la República cosechó impopularidad sin par por cuenta de su excesiva mano tendida a ese grupo guerrillero, en el plano internacional esa actitud lo llenó de derechos y de legitimidad a la hora de acabar con las negociaciones.
En cuanto al apoyo económico, en Estados Unidos no parece haber discusión en torno a continuar con la idea que tuvo Bill Clinton y para la cual consiguió un consenso bipartidista, de aportar alrededor de 500 millones de dólares anuales en ayuda militar para las tropas colombianas. Y es posible que ahora Pastrana sea capaz de obtener en Europa respaldo económico para paliar, en el frente social, los efectos de la agudización del conflicto.
En el frente internacional, al mismo tiempo que el Gobierno colombiano vive su mejor momento, la guerrilla atraviesa por uno singularmente malo. Washington la ha incluido en la lista de organizaciones terroristas que representan peligro para Estados Unidos y el mundo entero, algo bastante grave sobre todo después de los sucesos del 11 de septiembre. En Europa, los líderes de las Farc ya no consiguen visas para promover su lucha. Y después de rotas las conversaciones, es altamente probable que lo mismo suceda en Latinoamérica, incluido México, base de operaciones de la llamada cancillería de las Farc.
Golpe de opinión
Pero quizás más importante que todo lo anterior es el apoyo de la inmensa mayoría de los colombianos que después de décadas de respaldar casi exclusivamente la salida negociada, se hastió de los abusos y burlas de la guerrilla. El jueves, el Canal Caracol divulgó una encuesta del Centro Nacional de Consultoría según la cual el 90% de los entrevistados apoyaron la decisión del Presidente de romper con las Farc, y el 67% tienen hoy una imagen positiva del Primer Mandatario, algo sorprendente si se tiene en cuenta que hace pocas semanas esa cifra no alcanzaba el 20%.
El 90% de los encuestados apoyaron la decisión de Pastrana, al tiempo que su imagen favorable subió del 20% al 67%.
"La opinión, la gente común y corriente siempre le ha temido mucho a una guerra generalizada y puede que le siga temiendo, pero después de estos tres años le cogió mucho más miedo, verdadero terror a los procesos de paz que no muestran resultados y sólo sirven para fortalecer a los violentos –le dijo a CAMBIO el ex ministro de Defensa y candidato al Senado, Rafael Pardo–. Por eso resulta fundamental aprovechar esta coyuntura, esta luna de miel entre Fuerzas Armadas y opinión nacional, y también internacional, para garantizar que éstas sean dotadas de los recursos que necesitan para asumir el desafío".
Para el senador Germán Vargas, autor del proyecto de ley de seguridad nacional, garantizar ese respaldo era lo que buscaba su iniciativa. Pero además de ese instrumento que Vargas considera "clave en este momento", el senador que aspira a la reelección sostiene que, parafraseando a John F. Kennedy, "es la hora de preguntarse no qué pueden hacer las Fuerzas Armadas por uno, sino qué puede hacer uno por las Fuerzas Armadas".
¿Se mantendrá este respaldo? Es difícil decirlo. Lo único evidente es que nunca había sido tan grande y nunca había tenido semejante impulso. Muchas cosas lo pueden comprometer. Ante todo, el hecho de que con el correr de los días los resultados militares no favorezcan a las Fuerzas Armadas sino a la guerrilla. No tanto por cuenta del terrorismo, que al parecer la opinión da por hecho que seguirá, eventualmente con más fuerza y tan inevitable como lo es en los países más desarrollados del mundo, como lo demostró el 11 de septiembre.
Lo que la gente vería como una derrota militar descorazonadora sería que en el propio campo de batalla, las Farc demostraran un poder de fuego que hiciera tambalear al Ejército. Esto no parece fácil, pues el grupo guerrillero se acostumbró a actuar con la enorme retaguardia de protección que significaba la zona de despeje. No quiere decir lo anterior que la guerrilla no vaya a conseguir propinar golpes importantes. Pero sin duda también los recibirá y mientras los reciba, las Fuerzas Armadas seguirán contando con el apoyo de amplios sectores de opinión.
Un detalle interesante de las primeras horas de operaciones en el Caguán es que la FAC prácticamente no encontró resistencia antiaérea, un frente en el cual se suponía que las Farc venían trabajando intensamente desde hace varios años. "O no cuentan con importante equipo antiaéreo o por alguna razón casi imposible de imaginar no lo utilizaron, y yo me inclino a pensar lo primero", le dijo a CAMBIO un militar de alto rango.
En la crisis del 10 de enero Pastrana les dio 48 horas a las Farc para salir de la zona de despeje. El miércoles solo les otorgó tres.
Un riesgo quizás mayor es que la ofensiva militar traiga como consecuencia la muerte de civiles, violaciones masivas a los derechos humanos y, peor aún, que venga acompañada de acciones criminales de los paramilitares. Si eso se da, no sólo se comprometería el respaldo de la opinión interna, sino muy posiblemente también el de los gobiernos extranjeros, incluido Estados Unidos, donde un influyente sector del Congreso estaría en capacidad de frenar la ayuda militar a Colombia si la guerra contra las Farc degenera en materia humanitaria. De ahí que algunos dirigentes a la vez que respaldaron la decisión de Pastrana, hayan llamado la atención sobre estos asuntos. "El justificado fin del proceso de paz no puede causar la muerte de ningún secuestrado", declaró el ex zar antisecuestro y candidato al Senado, Alberto Villamizar. Por ello mismo, el jueves en la noche la oficina del alto comisionado para la Paz anunció la creación de una comisión de verificación para el Caguán que tendría como misión "garantizar el respeto de los derechos humanos a los habitantes de los cinco municipios que sirvieron como zona de distensión".
Se trata en todo caso de una coyuntura única en la historia del país. A la velocidad con que se están desarrollando los hechos, no existe duda de que muy pronto estos interrogantes comenzarán a quedar absueltos. Con certeza las semanas por venir serán decisivas no sólo para el Gobierno, las Fuerzas Armadas y la guerrilla, sino para 40 millones de colombianos. Y no es exagerado decir que del desenlace de todo este proceso dependerá como muy pocas veces en más de 180 años de vida republicana el futuro de Colombia.
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Directo al blanco
Tomado de Revista Cambio (Colombia)
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