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La política exterior de Venezuela

Steve Ellner


Traducido por Lucio Salas Oroño y Cristina Feijóo y revisado por Déborah Gil


La política exterior de Venezuela
Desafío en la frontera sur
por Steve Ellner

Por lo general, a los funcionarios del Departamento de Estado les rechinan los
dientes cuando el Presidente de Venezuela Hugo Chávez desafía la política
exterior de los Estados Unidos, pero en ocasiones provoca reacciones más
exasperadas. En agosto, por ejemplo, Chávez fue el primer jefe de Estado de una
nación occidental en visitar Irak desde que Estados Unidos impuso su boicot,
hace diez años. El vocero del Departamento de Estado Richard Boucher dijo que el
viaje era "irritante" y "una mala idea". El Ministro de Relaciones Exteriores
José Vicente Rangel respondió definiendo la actitud de Estados Unidos como
"hipócrita". Agregó que el gobierno de Estados Unidos había mantenido en el
pasado relaciones cordiales tanto con regímenes militares como con regímenes
comunistas, entonces "¿por qué no podemos nosotros hacer lo mismo?" En una
emisión para todo el país, que se realizó el día siguiente de su regreso, Chávez
se burló de la declaración de Boucher sugiriendo que use crema humectante "para
aliviar la irritación".
Ésta no es la primera vez que un representante del Departamento de Estado pierde
la paciencia y contradice la controlada política oficial de Washington hacia
Chávez. A principios de este año, el Subsecretario de Estado para Asuntos
Latinoamericanos, Peter Romero, declaró ante periodistas españoles: "En
Venezuela no se ve un gobierno que mande: sólo plebiscitos, referéndums y más
elecciones. Ellos nos dicen 'esperen', pero nosotros los gringos (en español en
el original) no somos conocidos exactamente por nuestra paciencia".
En realidad, Romero tenía razones para estar irritado. Chávez recién había
desairado una oferta de Estados Unidos de enviar un cuerpo de ingenieros y
motoniveladoras para reparar las autopistas que conectan Caracas con las áreas
costeras, devastadas por las fuertes inundaciones del 15 de diciembre de 1999.
Chávez temió que el gran número de personal militar estadounidense -que
alcanzaba las mil personas-, creara un peligroso antecedente. Las semanas
anteriores, el embajador de EE.UU. John Maisto había asegurado al Departamento
de Estado que el plan de ayuda obligaría a Chávez a mantener relaciones más
cercanas con los Estados Unidos. Después del rechazo, la estrategia de Maisto
pareció ingenua. En realidad, si Chávez está bajo la influencia de alguien, es
del ministro de relaciones exteriores Rangel, tres veces candidato socialista a
presidente, cuyo sentimiento nacionalista no se ha evaporado con los años. A
pesar de la esencia radical de su movimiento, corporizado en la nueva
Constitución Nacional, que entró en efecto este año, Chávez ha evitado
cuidadosamente la retórica anti-estadounidense. En cambio Chávez, como Alberto
Fujimori en Perú, golpea a los partidos políticos tradicionales, a los que él
juzga responsables de los males sociales y económicos de la Nación. En otro
parecido con Fujimori, Chávez confía fuertemente en oficiales del ejército que
están bien ubicados en su gobierno y partido. Chávez era un oficial de nivel
medio que condujo un abortado golpe de Estado contra el gobierno corrupto de
Carlos Andrés Pérez en febrero de 1992.
La oposición de Chávez a apoyar sanciones contra Perú después del alegado fraude
electoral del 28 de mayo reafirmó las comparaciones con Fujimori en la prensa
norteamericana (a pesar de las diferencias políticas básicas entre los dos
líderes) y provocó mayor irritación en Washington. Venezuela, junto con México,
jugó un papel activo en bloquear los esfuerzos de Estados Unidos en la OEA
(Organización de Estados Americanos) para imponer sanciones a Perú a nivel
hemisférico. Chávez asistió después a la cumbre de la Comunidad Andina de
Naciones (CAN) en Lima, auspiciada por Fujimori. En una referencia indirecta a
la propuesta de sanciones de EE.UU. contra Fujimori, Chávez declaró: "más que
aceptar la imposición de modelos y políticas económicas, lo que deberíamos hacer
es marchar en la dirección de un sistema internacional de relaciones basado en
la igualdad y el respeto mutuo".
De la abierta hostilidad estounidense a la indiferencia
Al comienzo de su carrera política, la actitud de EE.UU. hacia Chávez fue poco
indulgente. A renglón seguido de la decisión de Chávez de competir por la
presidencia en las elecciones de 1998, el Departamento de Estado rechazó su
pedido de visa, que de ser acordado le hubiera permitido explicar su plataforma
a representantes de las multinacionales en Nueva York y en Washington. Madeleine
Albright señaló que, de acuerdo con las leyes de Estados Unidos, Chávez era
inaceptable debido a su participación en el golpe de 1992. Se olvidó de
mencionar que EE.UU. sí le otorgó visa al segundo hombre en el intento de golpe,
Francisco Arias Cárdenas. En ese sentido, la flexibilidad de EE.UU. rindió sus
frutos, ya que el más tratable Arias rompió con Chávez y fue su rival principal
en las elecciones del 30 de julio. Durante la campaña, Arias criticó la actitud
desafiante de Chávez hacia EE.UU. y sus palabras amables hacia Cuba.
La negación de la visa de Chávez se volvió un boomerang. Inmediatamente después
de que ese pedido de visa fuese denegado, la popularidad de Chávez aumentó
vertiginosamente. La lección no le pasó por alto al embajador Maisto; Chávez se
divierte con las controversias y como todo populista ha recreado la dicotomía
"ustedes" versus "nosotros". El "ustedes" incluye los partidos
pro-establishment, los grandes negocios, los medios, y también la Iglesia.
Maisto intenta evitar la inclusión de EE.UU. en el campo enemigo.
Desde el momento de la elección de Chávez en 1998 hasta fines de su primer año
en la administración, Maisto utilizó argumentos coherentes para sustituir la
política de Romero y otros en el Departamento de Estado por su política más
cauta, de "espera-y-verás". Primero, no era recomendable una actitud hostil
hacia Chávez debido a su amplia popularidad. En contraste con Salvador Allende,
que había ganado con un tercio de los votos, Chávez captó el 56% en las
elecciones presidenciales de 1998, y le fue aún mejor en las tres elecciones
posteriores del año pasado y la del 30 de julio último. Segundo, la política
económica de Chávez tiene que definirse con claridad todavía. Lo que el
Departamento de Estado más aprecia es que, después de impulsar un pedido de
moratoria de la deuda externa como candidato presidencial, Chávez se ha
mantenido dentro de los límites de los acuerdos con el FMI negociados por su
predecesor. Un poco antes de las elecciones el 30 de julio, Chávez acusó a los
acreedores extranjeros de condenar a las naciones del Tercer Mundo a la pobreza
perpetua, pero agregó: "estamos pagando la deuda porque queremos continuar la
relación con los organismos extranjeros de crédito".
Finalmente, algunos analistas políticos cercanos al Departamento de Estado
señalaron que, como consecuencia de la victoria electoral de Chávez, los
partidos tradicionales del país colapsaron como castillos de naipes. En un
encuentro a puertas cerradas realizado en Miami en noviembre último, cuyo tema
era "Predicciones sobre Venezuela", un analista político que ayudó a la CIA a
preparar la reunión dijo: "Pese a que es un revoltoso, Chávez es lo que separa a
Venezuela del caos político".
Mucho más preocupante que el rechazo de Chávez a recibir ayuda después del
desastre natural del 15 de diciembre fue su respuesta negativa a los reiterados
pedidos de EE.UU. de usar el espacio aéreo venezolano para combatir el tráfico
de drogas. Los anteriores gobiernos de Venezuela habían autorizado
extraoficialmente los vuelos auspiciados por la DEA, una política que nunca fue
reconocida oficialmente. Como consecuencia de que EE.UU. dejó la base Howard en
Panamá, el Pentágono desarrolló planes para utilizar los aeropuertos en las
islas holandesas de Aruba y Curazao, en las costas de Venezuela, para patrullar
el área. El año pasado, el zar anti-droga Barre McCaffrey tuvo un encuentro con
Chávez en Caracas, donde le informó que los traficantes de droga efectúan un
promedio de 18 vuelos mensuales dentro del espacio aéreo venezolano,
advirtiéndole que el país se arriesgaba a convertirse en un eslabón débil en la
guerra hemisférica contra las drogas.
Carlos Romero, quien dejó el Ministerio de Relaciones Exteriores el año pasado y
enseña diplomacia en la Universidad Central, explicó la inflexible posición de
Chávez de este modo: "Chávez, como oficial del ejército, no entiende la fijación
del Pentágono en las 'guerras electrónicas', peleadas desde el aire y observadas
en las pantallas de los monitores, que se pusieron en evidencia con la guerra
del Golfo. Por eso no puede tomar en serio los pedidos de Estados Unidos".
De hecho, otras explicaciones van más lejos tratando de explicar la actitud de
Chávez. Una de las razones que acechaban detrás del golpe de febrero de 1992 fue
el miedo existente entre los oficiales del ejército de que las fuerzas armadas
latinoamericanas fueran virtualmente desarticuladas debido a grandes cambios
internacionales, como la "globalización", el fin de la guerra fría y cambios en
las prioridades de Estados Unidos. Ante la caída de las barreras entre las
naciones en este mundo "postmoderno", parece haber perdido relevancia la que fue
hasta el momento la misión sagrada de los militares: la defensa de la seguridad
nacional.
Desde la segunda administración de Reagan, Estados Unidos mostró una preferencia
por las democracias, y su desconfianza por los militares en los países del
Tercer Mundo ha quedado más en evidencia que en el pasado. La percepción de que
los Estados Unidos ya no están interesados en el modelo tradicional de las
fuerzas armadas se refuerza por la disminución en la ayuda militar a América
Latina (con la excepción de Colombia) en la última década. Algunos funcionarios
gubernamentales de EE.UU. opinan que las fuerzas armadas, en vez de defender las
fronteras, deberían hacerse cargo de combatir el delito, específicamente el
comercio de drogas, en todas sus fases. En el caso de Venezuela, ellos
consideran que la policía es irreparablemente corrupta, y por eso la consideran
incapaz de llevar adelante esa tarea adecuadamente.
Los oficiales del ejército que participaron en el golpe de febrero de 1992 y de
otras revueltas diez meses después, defienden fervientemente el papel
tradicional de los militares como guardianes de la seguridad nacional. El
sentimiento nacionalista sostiene sus argumentos: con la transferencia de las
industrias estratégicas a manos extranjeras a través de las privatizaciones, la
corrupción extendida a todos los estamentos y la total incompetencia del
gobierno, lo que está en juego no sólo es la seguridad nacional sino el tema más
profundo de la soberanía nacional. El almirante retirado Hernán Gruber Odremán,
que comandó el segundo golpe en 1992, ha escrito extensamente en los medios
sobre el nuevo papel que los políticos, apoyados por Estados Unidos, estarían
confiriendo a las fuerzas armadas venezolanas. Para los militares, patrullar las
calles no es otra cosa que "una ofensa al honor nacional". Gruber agrega: "el
destino aparente de nuestras fuerzas armadas recuerda lo que sucedió con
nuestros camaradas en Panamá", que fueron completamente desmanteladas después de
la invasión de Estados Unidos a Panamá, en 1989.
Gruber, a quien el Presidente Chávez nombró Gobernador del Distrito Federal, me
dijo en su despacho: "Estados Unidos no puede esperar que los militares
venezolanos se suiciden renunciando a su deber de defender la integridad
nacional. De hecho, esta función está detallada en nuestra nueva Constitución.
Algunas veces me pregunto si Estados Unidos quiere, simplemente, borrar las
fronteras nacionales al sur del Río Grande".
Chávez se niega a permitir misiones aéreas debido a que si lo hiciera estaría
tácitamente subestimando la capacidad de su fuerza área nacional para patrullar
sus propias fronteras. Chávez ha defendido la capacidad militar de Venezuela
para combatir el tráfico de drogas y sostiene que el país está equipado
adecuadamente para hacerlo. La representante de Venezuela en la OEA, Virginia
Contreras, afirma que Barre MacCaffrey le dijo a Chávez algo que no sorprendería
a nadie: EE.UU. nunca permitiría a un país extranjero que le pidiera lo que
EE.UU. le está pidiendo a Venezuela.
Algunos funcionarios del gobierno de Venezuela han planteado la posibilidad de
explorar arreglos alternativos, incluyendo un mayor intercambio de información
entre las dos naciones, y programas de entrenamiento para mejorar su capacidad.
Estados Unidos no se ha hecho eco aún estas propuestas. En privado, funcionarios
del gobierno de Venezuela expresan el temor de que permitir que aviones de la
fuerza aérea de EE.UU. sobrevuelen el espacio aéreo venezolano agregue un nuevo
ingrediente explosivo al conflicto con la guerrilla colombiana.
Nuevas Realidades
Esfuerzos conjuntos como éstos se ajustan al concepto que algunos especialistas
en relaciones interamericanas han estado proponiendo como apropiados para la era
de la post-guerra fría. En un libro reciente, Joseph Tulchin, del Wilson Center
y Francisco Rojas Aravena, director del grupo de expertos del FLASCO chileno,
sostienen que en general en ausencia de un enemigo visible, los gobiernos
latinoamericanos ven nuevas posibilidades. Específicamente, ven la "asociación
regional" como un correctivo del paternalismo que tradicionalmente caracterizó
la actitud de Washington hacia sus vecinos del sur.
En algunos aspectos, el Ministro de Relaciones Exteriores Rangel, un abierto
crítico de la toma de decisiones unilaterales por parte de Estados Unidos,
comparte esta visión. Rangel censura el programa de "certificaciones" a través
del cual el Departamento de Estado evalúa los esfuerzos de gobiernos extranjeros
para combatir el comercio de drogas. Rangel propone que una comisión
internacional conformada por autoridades reconocidas tome a su cargo el proceso
de evaluación. La propuesta podría encontrar aceptación entre representantes del
Departamento de Estado, que generalmente prefieren presionar a los gobiernos
extranjeros entre bambalinas respecto de las medidas de lucha anti-drogas. En
realidad, el programa de "certificación", iniciado en 1986, estuvo inspirado por
el espíritu de cruzados de los republicanos en el Congreso.
El año pasado, el New York Times especulaba con que Venezuela podría ser
"desaprobada" debido a su rechazo a los vuelos de EE.UU. sobre su territorio.
Caracas respiró con alivio en marzo, cuando el Departamento de Estado recomendó
al Congreso que continuara "certificada".
Rangel tiene la misma posición con respecto de la evaluación unilateral de
Estados Unidos en relación con los derechos humanos. Rangel, que denunció
enérgicamente la represión estatal a lo largo de su carrera como periodista y
político, me dijo: "nosotros no nos oponemos en absoluto a que desde afuera se
nos analice respecto de los derechos humanos, pero muy a menudo estos análisis
están teñidos de consideraciones políticas". Rangel criticó el informe anual
sobre derechos humanos que el Departamento de Estado presentó al Congreso en
marzo, porque desconoce los avances e innovaciones que la nueva Constitución de
Venezuela ha hecho en esta área. Además, cuestionó el papel del Centro Carter y
otras fundaciones privadas cuando hicieron evaluaciones y recomendaciones sobre
las elecciones peruanas del 28 de mayo y las de Venezuela del 30 de julio. "Los
gobiernos no pueden ser ubicados en el mismo nievel que el sector privado",
argumenta Rangel, "dado que ellos son especialmente responsables en la toma de
decisiones" cuando se trata de derechos humanos.
Otras diferencias con Washington están detrás de las sorprendentes afirmaciones
de Peter Romero, del Departamento de Estado, en España, y las más recientes de
Richard Boucher. La nueva Constitución de Venezuela define la democracia
nacional como "participativa", un término que el Ministro de Relaciones
Exteriores Rangel ha hecho ratificar por la OEA como un modelo para todo el
hemisferio. La frase no es del gusto de los representantes de Estados Unidos en
la OEA, algunos de los cuales la consideran nebulosa y otros un sinónimo de
gobierno directo. Uno de los funcionarios de la embajada de EE.UU. en Caracas
afirmó, cínicamente, que "democracia participativa puede significar cualquier
cosa, por eso a Chávez y a Fujimori les gustan tanto esos términos".
EE.UU. prefiere el concepto más limitado y mundano de "democracia
representativa", centrada en elecciones y partidos políticos, opuesto a
"democracia participativa", que enfatiza las asambleas populares, movimientos
sociales y los continuos referéndums. Para el Departamento de Estado, el término
democracia representativa es más manejable cuando se trata de censurar gobiernos
como el de Perú, que violó normas electorales o actúa arbitrariamente contra
partidos políticos.
La delegación venezolana en la OEA logró la creación de una comisión especial
para tratar el tema, y esta comisión organizó la conferencia sobre "análisis y
reflexiones sobre democracia participativa", que se llevó a cabo en Washington
en abril último. El Ministro de Relaciones Exteriores Rangel y otros importantes
voceros del gobierno venezolano estuvieron al frente de la conferencia y
remarcaron el compromiso de Chávez con la democracia participativa que, de
acuerdo con lo que ellos expresaron, reemplaza el anterior sistema de democracia
representativa, basado en una corte de líderes corruptos pertenecientes a los
partidos tradicionales.
En otra área de fricción, el presidente Chávez fustigó la ayuda militar masiva
de EE.UU. para implementar el Plan Colombia, que amenaza "vietnamizar" el
conflicto. Caracas se ha declarado neutral en la guerra a la guerrilla
colombiana, una posición que algunas personas, tanto en Washington como en
Bogotá, ven como un apoyo tácito a la guerrilla. Chávez afirma que esta posición
está dictada por dos imperativos. Primero, Venezuela ha negociado exitosamente
con la guerrilla la liberación de venezolanos secuestrados en la verdadera
"tierra de nadie" del lado colombiano de la frontera. También el rival de Chávez
en las elecciones presidenciales, el pro-norteamericano Francisco Arias
Cárdenas, como gobernador del Estado occidental de Zulia, estableció lazos
estrechos con la guerrilla del ELN para ayudar a resolver problemas individuales
a lo largo de la frontera. Además, Venezuela ha ofrecido sus servicios a los dos
bandos en conflicto en Colombia para negociar un acuerdo de paz, un objetivo de
especial significación para Venezuela, dada la extensión de sus fronteras
comunes.
Otras fuentes de conflicto han resentido las relaciones de EE.UU. y Venezuela
desde la elección de Chávez. En marzo, Venezuela votó en contra de la censura a
China, Irán y Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas por
segundo año consecutivo. Realmente, un elemento clave del tercermundismo de
Chávez es su negativa a intervenir en problemas internos de países extranjeros,
al menos bajo circunstancias normales. El Ministro de Relaciones Exteriores
Rangel, me dijo: "el intervencionismo está a menudo motivado en buenas
intenciones, pero no puede atropellar el principio de soberanía nacional. El
intervencionismo puede estar justificado, pero sólo en el caso de un golpe
militar".
En sus frecuentes viajes al exterior, el Presidente Chávez utiliza el concepto
de mundo "multipolar". Cuando Chávez retornó de su gira a las naciones de la
OPEP en agosto, llamó a la formación de bloques regionales para adquirir un
"necesario equilibrio" a escala mundial. A continuación dijo que Norteamérica y
Sudamérica son bloques separados, rechazando implícitamente los planes de EE.UU.
de integrar a Chile y a Venezuela dentro del NAFTA bajo los términos dictados
por Washington.
Fortalecer la OPEP también forma parte de la visión multipolar de Chávez.
Inmediatamente después de su elección como presidente en diciembre de 1998,
Chávez anunció que Venezuela no competiría con Arabia Saudita por el mercado
norteamericano. También puso fin a la política de su predecesor de rechazar las
cuotas de producción asignadas por la OPEP y rechazó los planes de incrementar
bruscamente la capacidad productiva del país. Los precios del petróleo subieron
inmediatamente. En reconocimiento del nuevo papel conductor de Chávez en la
OPEP, ésta lo premió con la presidencia de la organización.
En su histórico viaje a diez países de la OPEP en agosto, Chávez recordó una
frase de Ronald Reagan sobre la OPEP en 1986 cuando los precios del petróleo
cayeron bruscamente: Chávez declaró: "nunca más vamos a permitir que se nos
'ponga de rodillas'." El propósito del viaje fue invitar personalmente a los
presidentes de los países de la OPEP a participar de la Segunda Cumbre el 27 y
28 de septiembre en Caracas. El encuentro fue una iniciativa del gobierno de
Chávez, así como el sistema de "banda de precios" en el que cada nación miembro
incrementaba o reducía la producción para asegurarse de que los precios
oscilaran entre $22 y $28. En la cumbre, Chávez propuso la creación de un Banco
de la OPEP que sirva como alternativa a las instituciones multilaterales de
préstamos, destinado a las naciones más pobres.
Más allá de la dimensión de las diferencias que separan a Venezuela y los
EE.UU., dos tendencias básicas preocupan a Washington. Primero, el
tercermundismo de Chávez podría extenderse por Latinoamérica y el resto del
mundo. El 30 de agosto, el New York Times señaló que el Departamento de Estado
preferiría mucho más que el discreto Fernando Henrique Cardoso sea el principal
líder continental que el "incendiario" Chávez, cuya política exterior contiene
"elementos antinorteamericanos". Segundo, más que ningún otro país de la OPEP,
Venezuela es responsable por las subidas en los precios del petróleo; bajo la
influencia de Chávez, la OPEP emergió como una organización con gran fuerza
conductora. Por supuesto, la revitalización de la OPEP que Venezuela ha
fomentado y el resurgir del tercermundismo están interrelacionados.
Dada la creciente tensión entre Washington y Caracas a lo largo de 1999, Peter
Romero siguió la línea del Pentágono, que consideró el rechazo de la ayuda de
EE.UU. por el paso del huracán del 15 de diciembre como un cachetazo en la cara
de su país. Romero, un diplomático con 23 años de carrera, es particularmente
vulnerable, porque su nombramiento por parte de Clinton, en julio de 1998,
todavía tenía que ser confirmado por el Congreso. Sus declaraciones inusualmente
directas en España pueden haber sido un operativo de autodefensa. Realmente, el
embajador Maisto le dijo al Ministro de Relaciones Exteriores Rangel que Romero
las hizo en su propio nombre, una opinión que fue secundada por el Asistente
Especial de Clinton para Negocios Interamericanos, Arturo Valenzuela.
En todo caso, una opinión distinta fue expresada por el New York Times, que
interpretó las declaraciones de Romero como una advertencia de la administración
Clinton a Chávez. También señalaron un endurecimiento en la posición de EE.UU. y
el triunfo de los duros en Washington, que incluirían no sólo a funcionarios del
Pentágono, sino también a varios ex embajadores en Venezuela. Esta
interpretación fue reforzada por el reemplazo en agosto de embajador Maisto por
la "dura" Donna Hrinak, que llegaba desde Bolivia.
Las declaraciones de Peter Romero en España estuvieron cerca de la imagen del
infame estereotipo de El malvado americano de un libro profético publicado 42
años antes. Romero podría justificarse a sí mismo señalando que la nueva
moralidad de la globalización le da derecho a insistir en las normas
establecidas para la democracia y aun de los comportamientos políticos en
general en todo el mundo. También podría considerar que una nueva línea dura de
EE.UU. es lo que se necesita para forzar a Venezuela volver al buen camino?
Ciertamente, si fuera posible el fraude electoral como lo fue en Perú, las
declaraciones de Romero hubieran producido menos controversias y hubieran sido
defendidas por los estrategas de Washington. Pero en este caso, la tensión
proviene del esfuerzo de Venezuela para redefinir la democracia con la intención
de hacerla más auténtica, y su afirmación de una política exterior
independiente. Una actitud parecida a las declaraciones hechas en el fatuo
estilo del embajador norteamericano Louis Stern de El malvado americano, lejos
de ser oportunas, podrían agravar las diferencias y radicalizar las posiciones.



STEVE ELLNER es co-editor de The American Left: From the Fall of Allende to
Perestroika (Estview). Ha enseñado historia económica en la Universidad de
Oriente en Venezuela desde 1977 y ha escrito artículos, así como tres libros,
sobre la historia y la política de Venezuela.

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