La
guerra de las falacias - Eduardo Galeano
I. Preguntitas del primer día
La guerra, ¿para qué?
¿Para probar que el derecho de invasión es un
privilegio de las grandes
potencias, y que Hussein no puede hacer a Kuwait
lo que Bush hace a Panamá?
¿Para que el ejército soviético pueda apalear
impunemente a lituanos y
letones?
¿Para que Israel pueda seguir haciendo a los
palestinos algo que podría
llegar a parecerse a lo que Hitler hizo a los judíos?
¿Para que los árabes financien la carnicería
de los árabes?
¿Para que quede claro que el petróleo no se
toca?
¿O para que siga siendo imprescindible que el
mundo desperdicie en
armamentos dos millones de dólares por minuto,
ahora que se acabó la guerra
fría?
¿Y si un día de éstos, de tanto jugar a la
guerra, estalla el mundo? ¿El
mundo convertido en arsenal y cuartel?
¿Quién ha vendido el destino de la humanidad a
un puñado de locos,
codiciosos y matones?
¿Quién quedará vivo, para decir que ese crimen
de ellos ha sido un
suicidio nuestro?
II. Imágenes del tercer día
La imagen más vendedora: la guerra como espectáculo.
La operación Tormenta del
Desierto tiene por estrellas al índice Dow Jones
y a la Cotización del
Petróleo, acompañados por un amplio elenco de
Comadrejas Salvajes, Avispas,
Vampiros, misiles, misiles anti-misiles, misiles
anti-anti-misiles y muchos
extras aterrorizados bajo sus máscaras de
marcianos.
La imagen más cambiada: Saddam Hussein. Es el
villano. Antes, era el héroe.
Desde la caída del muro de Berlín, Occidente se
quedó sin enemigos. La
economía de guerra en tiempos de paz, que está
en la base de la prosperidad de
los prósperos, exige enemigos. Si nadie amenaza,
¿para qué tiene el mundo un
soldado cada cuarenta habitantes, mientras tiene
nada más que un médico cada
mil? Hussein había servido al Mundo Libre contra
el Hitler de Teherán. No
había mejor cliente para la industria de
armamentos. Ahora, él es el Hitler de
Bagdad. La televisión muestra sus ojos de loco
fanático. El peligro del
fundamentalismo iraquí ha sustituido al peligro
del fundamentalismo iraní.
Hussein reza. Bush reza. El Papa reza. Todos
rezan. Todos creen en Dios. Y
Dios, ¿en quién cree?
La imagen más pétrea: El presidente Bush
explica la guerra. Evocando la pasada
gesta mundial contra Hitler, Bush habla en nombre
de los aliados. Los aliados
van a liberar a un pequeño país avasallado por
un vecino prepotente y
ambicioso. ¿Panamá? No; el pequeño país se
llama Kuwait.
Pero ocurre que la invasión de Kuwait no ha sido
solamente un acto de
indudable irresponsabilidad y matonismo. También
ha sido un acto de estupidez:
al invadir, Hussein ha servido, en bandeja, la
coartada que Bush necesitaba. Y
ahora, todos contra uno: veintiocho naciones
acompañan esta gloriosa operación
destinada a salvar la hegemonía norteamericana
en el planeta.
Guerra mediante, los Estados Unidos consolidan su
poder amenazado.
Amenazado desde adentro, por la recesión que
asoma en el país que tiene la
deuda externa más alta del mundo. Y amenazado
desde afuera, por la imparable
competencia del Japón y de la Alemania unida. Índice
de alarma: una
productividad tres veces menor que la del Japón
y dos veces menor que la de
Europa.
La imagen más reveladora: la reticencia de
Helmut Kohl, tan decidora como el
casi silencio de los japoneses. Los rivales de
los Estados Unidos dependen del
petróleo del Golfo Pérsico, que a los Estados
Unidos pertenece. A los Estados
Unidos y a Inglaterra, la colonia fiel a su
antigua colonia.
La imagen más lastimosa: soldados rusos envían,
desde Moscú, un mensaje a
Washington. Son veteranos de la invasión de
Afganistán. Se ofrecen para
invadir Irak.
El Este ya no es el contrapeso del Oeste. Una
nueva era: los Estados
Unidos pueden ejercer impunemente su función de
policías del mundo. Y ya se
sabe que este país, que nunca fue invadido por
nadie, tiene la vieja costumbre
de invadir a los demás. En un par de siglos de
vida independiente, más de
doscientas agresiones armadas contra otros países
independientes.
La imagen más elocuente: Pérez de Cuéllar, en
sombras, con la cara entre las
manos. Nacidas para la paz, las Naciones Unidas
son ahora un instrumento de
guerra. El Consejo de Seguridad ha dado luz verde.
A la Unión Soviética le
pareció bien. China no se opuso. Cuba y Yemen
votaron en contra.
Irak está siendo castigado, porque se negó a
cumplir una resolución de la
ONU. Antes, los Estados Unidos se habían negado
a cumplir varias resoluciones
de la ONU sobre Nicaragua. También Israel se había
negado a cumplir varias
resoluciones de la ONU sobre los territorios que
usurpa. Y el mundo no les
declaró la guerra por eso.
La imagen más siniestra: el rey Fahd y el emir
de Kuwait, los hombres más
ricos del mundo, y los demás gangsters del
desierto, monarcas de ópera bufa
que administran los países que el Imperio Británico,
en sus buenos tiempos,
había comprado o inventado. Las petrocracias
encarnan a la Democracia en esta
telenovela sangrienta. Y en la ceremonia del
sacrificio, corren con los
gastos. El petróleo da para todo.
La imagen más eufórica: júbilo en Wall Street.
La Bolsa de Valores de Nueva
York registra una de las mayores alzas de la
historia. Mientras tanto, cae el
precio del petróleo. O sea: se restablece la
normalidad del mercado. En la
zona de guerra yace más de la mitad de las
reservas petroleras del mundo; pero
parece garantizado el derecho al despilfarro de
las potencias consumidoras. Se
puede seguir quemando la energía del planeta.
Honda preocupación había causado
una falsa alarma: no, Europa no tendrá que
reducir su consumo en un 7 por
ciento. Los automóviles suspiran con alivio. Los
televisores, también. Esta
guerra ha batido todos los récords de rating.
La imagen más helada: los tecnócratas de la
muerte. Arte de la guerra, el
canibalismo como gastronomía: los generales
explican la buena marcha del plan
de aniquilación. Se ven mapas sin habitantes, o
pantallas de videogame donde
las crucecitas blancas señalan el destino de las
bombas que caen como lluvia.
La imagen más estimulante: las manifestaciones
pacifistas. Rosas o velas
encendidas en las manos. La televisión las
ningunea; pero en algunas ciudades
son multitudes las que caminan y crecen. Creen
que la guerra no es nuestro
destino.
La imagen más trágica: la no transmitida. La
imagen ausente, censurada en
estos primeros días: los muertos, los heridos,
los mutilados. Las vidas
humanas. Ese detalle.
La imagen más angustiosa: los días que pasan.
1991, único año capicúa del
siglo veinte, había nacido prometiendo buena
suerte. A poco andar, ya lo
enchastran la sangre y la mugre de la guerra.
Ojalá este año chiquilín pueda
cambiar de signo. Ojalá lo dejen. Él no quiere
ser un jodido.
(1991)
Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos,
Siglo Veintiuno de España
Editores, Madrid, 1992 |
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