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LA CUARTA FRONTERA
Actividades de la CIA en América Central
Por Rodrigro Santillán Peralbo
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América Latina y El Caribe han estado en la mira de los gobernantes norteamericanos desde los tempranos tiempos de sus primeros jefes de Estado. Las agresiones yanquis a nuestro subcontinente han sido continuas y pertinaces y han hecho su voluntad en esta parte del mundo ya con medios diplomáticos pacíficos, ya a través de la corrupción y el soborno con el uso de millones de dólares, que luego resarcían con creces de los mismos países sojuzgados o simplemente con el uso de las armas, en las innumerables agresiones o invasiones militares.
América Central y El Caribe han sido las regiones más sacrificadas en el altar de la voracidad monopólica yanqui. Guatemala, Honduras, Costa Rica, Nicaragua, Panamá y El Salvador pueden dar testimonio de las bárbaras arremetidas imperiales y República Dominicana, Haití, Granada, Puerto Rico, Guyana y especialmente Cuba -en El Caribe- han sido víctimas del poder imperial estadounidense.
Los últimos 50 años se han constituído en trágica historia de depredaciones, dolor, sufrimiento y muerte en esa parte del mundo, relativamente pequeña en su extensión y población, pero vital para los intereses monopólicos y estratégicos de Washington, razones más que suficientes para que la Casa Blanca haya dispuesto que la CIA "ponga orden" en los países centroamericanos y del Caribe, mucho más cuando a partir de 1960, gracias al ejemplo cubano, se desatara la efervescencia popular, que buscaba ansiosamente la Liberación Nacionnal, la Segunda Independencia y el derecho a vivir con dignidad, sin dicatadores y en pleno uso de la soberanía; sueños que se hicieron añicos cuando los ideales de millares de hombres y mujeres se estrellaron contra el poder norteamericano y sus garras manejadas por la CIA.
A ninguna persona medianamente informada o con algo de sentido común puede asombrarle que la CIA se haya mostrado en extremo activa y en desproporcionada labor en una serie de operaciones secretas desencadenadas en el área, que fueron la respuesta imperial a los movimientos nacionalistas, antiyanquis y de liberación nacional, que tenían la aspiración suprema de ver a sus patrias realmente libres e independientes, democráticas y populares en economía y política, en relaciones sociales y expresiones culturales. La Casa Blanca no podía permitir que esas repúblicas se independizaran y comenzaran a construir su propia historia y no iba a consentir que se persistiera en esas necedades revolucionarias porque Centro América fue declarada "La Cuarta Frontera de los Estados Unidos de América" a la vez que toda Latinoamérica su "patio trasero" y El Caribe su "Lago particular".
A nadie debe extrañarle que los Estados Unidos no afloje las riendas de su voluntad omnímoda en esta parte del mundo; pues, "los países del continente latinaomericano siempre han ocupado un lugar especial en la estrategia de la política exterior de los Estados Unidos. El imperialismo norteamericano procedió a la "asimilación", y mejor dicho, al saqueo de sus riquezas naturales antes que en cualquier otra región del mundo. Considerando a los países de América Central y América del Sur como fuente de materia prima barata y como mercado ventajoso para sus productos, desde tiempos remotos se ha inmiscuido impúdicamente en sus asuntos internos, realizando actos incesantes de agresión, imponiendo y sosteniendo regímenes dictatoriales antipopulares, aplastando con crueldad los movimientos democráticos y de liberación nacional", afirma Fiódor Serguéev,(1) acciones en las que la CIA ha alcanzado no pocos éxitos, ya que su rol básico es garantizar el dominio de los monopolios de la clase superior a fin de que continúe en el sistema más depravado de explotación de los recursos naturales y humanos de nuestros pueblos y Estados.
Durante 30 años (1960-1990) los movimientos insurgentes de nuestros pueblos han sido ahogados, aniquilados, destruidos. En los años ochenta, bajo las administraciones republicanas de Reagan y Bush, no se descartó siquiera las intervenciones bélicas del Pentágono en los procesos de represión de los movimientos de liberación nacional si la CIA no obtenía los resultados deseados por la Casa Blanca. República Dominicana, Granada, Panamá, sufrieron agresiones armadas directas, preparadas por el Pentágono con la colaboración de la CIA.
El científico norteamericano Thomas Powers, preocupado por las posiciones intrasigentes y beligerantes del grupo de los halcones, escribió que la CIA desarrolla un mayor trabajo que el de costumbre en América Central, porque los presidentes tropiezan con dificultades políticas para utilizar las fuerzas armadas regulares. El gobierno de Washington querría una victoria militar, pero debe obedecer al Congreso, hacer caso de las sugerencias de los congresistas que insisten en guerras secretas ya que no están decididos a apoyar una guerra abierta.
En ese sentido se pronunció también la revista The Economist de Londres al afirmar que en Washington cambia constantemente la correlación de fuerzas entre departamentos que compiten por determinar la política exterior norteamericana. Por muy escrupulosamente que se haya atenido al procedimiento adecuado para discutir la política exterior en el gobierno y consultarla con el Congreso, dicha correlación se ha modificado a favor de la CIA, cuya influencia sobre la política de Estados Unidos en Centro América es enorme y decisiva, se anotaba en esa revista. Para consolidar sus posiciones, la CIA empleó todos los recursos ilícitos y subversivos que le son propios; y en consecuencia Centro América y El Caribe fueron sometidos y aniquilados sus procesos revolucionarios, con excepción del de Cuba en donde la CIA sólo ha cosechado fracasos; no así en Centro América, región en la que alcanzó logros y triunfos a partir de su descarada intervención en Guatemala, en 1954, cuando derrocó al gobierno de Jacobo Arbenz.
La crisis centroamericana no ha concluido con la derrota electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional, con la firma de los acuerdos de paz en El Salvador, con la elección de gobiernos constitucionalistas en Honnduras y Guatemala ni con la invasión armada a Panamá y las sucesivas elecciones presidenciales en ese país convertido en neocolonia, pues el intervencionismo norteamericano se ha fortalecido en los últimos años, gracias a la experiencia acumulada desde 1898, luego de la guerra hispano-norteamericana que convirtió a Estados Unidos en potencia hegemónica en todo el continente americano y de manera especial, en árbitro indiscutido y amo de la región centroamericana.
La crisis que comenzó a ahondarse en la década de los sesenta tiene sus causas internas y externas acumaladas a lo largo de la historia. Entre las internas se destacan las injusticias sociales y económicas que enriquecen desconmensuradamente a las minorías burguesas-terratenientes-oligárquicas y que condenan a la miseria a millones de indígenas, mestizos, blancos y negros; y, como resultado del sistema de explotación indiscriminada el aumento incesante del desempleo, subempleo, analfabetismo, enfermedades, desnutrición, carencia de obra pública para beneficio social, discriminación racial y socio-económica e incremento de diversas formas delincuenciales.
La conformación y estructuración de los grupos oligárquicos y sectores dominantes en lo ideológico-político, económico, cultural y militar no se debe únicamente al natural desarrollo evolutivo del tipo de capitalismo impuesto en la región sino fundamentalmente a la protección, amparo, ayuda, cooperación societaria, dádivas, asesorías y manipulación de los Estados Unidos y su clase monopólica, que a su vez cobra esos servicios a través de los sistemas de explotación de los recursos naturales, de las tierras, de los seres humanos. En consecuencia, la causa externa de mayor impacto dentro de la crisis centroamericana es la injerencia contumaz de los Estados Unidos y la imposición del sistema capitalista en condiciones de subdesarrollo, atraso, sometimiento y subyugación, a los destinos manfiestos y políticas de dominación.
La crisis fue y es enfrentada desde diversas ópticas ideológico-revolucionarias por parte de los sectores populares y desde el imperio y los sectores civiles y militares oligárquicos y reaccionarios, con la instauración de gobiernos dictatoriales o constitucionales caracterizados por la represión, la contrainsurgencia y contrarrevolución que llegaron a formar Estados contrarrevolucionarios y en su esencia pronorteamericanos para servir con eficiencia a los intereses económico-políticos del imperio.
A partir de 1960, diversas organizaciones de masas de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua comienzan a insurgir en respuesta popular al proceso de conflictos acumulados y sin resolver por parte del Estado tradicional burgués-oligárquico, semifeudal y servil a los dictados del imperio que aumenta su presencia no sólo para someter a esos pueblos y Estados desde el interés monopólico, sino como una forma de control político-militar para enfrentar a la revolución cubana y al avance del comunismo. Convertir a Centro América y América Latina en espacio del conflicto Este-Oeste, dentro de las concepciones geopolíticas y estratégicas para el desarrollo de la guerra fría, fue un error monumental de las administraciones norteamericanas que terminaron por implantar regímenes de oprobio, terror y vergüenza que alcanzaron el máximo de expresión represiva en los años 70 y 80. El efecto fue la erosión de la hegemonía estadounidense que confundió liberación nacional y búsqueda de la justicia social con el avance del comunismo internacional.
Las administraciones republicanas de Reagan y Bush respondieron a la pérdida relativa de influencia con el masivo apoyo a los ejércitos de la zona, con la entrega de cuantiosos recursos económicos para la guerra contrainsurgente y para los aparatos represivos y con planes y acciones intervencionistas de la CIA, el Departamento de Estado y el Pentágono. Armas modernas y sofisticadas, entrenamiento continuo para militares y policías con maestros del Pentágono y la CIA, agresiva política de la diplomacia, campañas propagandísticas y de guerra sicológica para recuperar la hegemonía absoluta y extender y ampliar las prácticas de dominación dentro de las estrategias de "detención del comunismo" caracterizó la política de la Casa Blanca para Centro América y El Caribe en los últimos 40 años, pues, "el primer elemento constante en la política norteamericana hacia la región es su consideración como un área exclusiva de influencia y expansión natural, ligada de modo permanente a sus intereses de seguridad y sometida a su hegemonía política, económica y militar. Desde la formulación de la doctrina Monroe, y más efectivamente desde comienzos de su expansión imperial a fines del siglo pasado, Estados Unidos nunca ha cuestionado, o permitido que se cuestione, su supuesto derecho como potencia dominante en el área, recurriendo incluso a intervención militar directa cuando sucedieron hechos internos o externos que parecían constituir una amenaza a sus intereses", sostiene José Miguel Insulza.(2)
Incluso antes de la existencia de la Revolución de Octubre y de la presencia de la Unión Soviética en los asuntos mundiales, Estados Unidos tenía ya el objetivo de dominación indiscutida en el área centroamericana. De tal manera que su lucha contra el comunismo internacional, la inserción del Continente americano en la guerra fría, la falaz propaganda de la amenaza soviética-cubana a su seguridad nacional y la necesidad de convertir a Centro América en su tercera o cuarta frontera, no fueron más que pretextos hábilmente esgrimidos y manipulados para concretar sus fines de dominación y expansión, pues Estados Unidos sabía perfectamente que la Unión Soviética nunca estuvo interesada en restar o cuestionar la hegemonía norteamericana en la región ya que sus propias concepciones de seguridad tenían prioridad en otras partes del mundo antes que en nuestra América Latina.
Sinembargo, en las concepciones guerreristas de la extrema derecha norteamericana en la Administración Reagan, América Latina en su conjunto se convirtió en espacio geográfico y político vital en las estrategias de contención del comunismo, tanto que el presidente Reagan en un discurso pronunciado el 17 de marzo de 1980, ante el Consejo de Relaciones Exteriores de Chicago llegó a exclamar: "¿Debemos dejar que Granada, Nicaragua, El Salvador, todos se transformen en nuevas "cubas", nuevos puestos de avanzada para las brigadas de combate soviéticas? ¿Será el próximo paso del eje Moscú-La Habana dirigirse hacia el norte a Guatemala y de ahí a México y al sur a Costa Rica y Panamá?"(3)
El trasfondo de la retórica yanqui dentro de sus concepciones geopolíticas esconde la aterradora sospecha de perder su hegemonía en una serie de procesos revolucionarios y reivindicativos de los pueblos centroamericanos y latinoamericanos. La experiencia cubana lo demuestra; por eso su reiterada proclama de su seguridad nacional bajo amenaza comunista y su odio cerril a cualquier proceso revolucionario o simplemente reformista y su intencionalidad demostrada en sus pretensiones de "regionalizar el conflicto (Este-Oeste) en su conjunto, en la medida en que cada país es visto como una pieza de un juego movido por un solo actor principal. Cuba, Nicaragua y Granada son elementos útiles para la promoción de la subversión en El Salvador y otros países. A la vez, resucitando la antigua "Teoría del dominó" la caída de la dictadura salvadoreña es percibida como el primer paso para la conquista de Honduras, Guatemala y posteriormente incluso Costa Rica y México" (4). Por esta creencia fueron los planes de los santafecinos, las palabras de Reagan y las órdenes dictadas por el imperio a la CIA, al Pentágono y al Departamento de Estado para que desestabilicen los procesos revolucionarios, los derroten y "pongan orden en la zona", pero fundamentalmente nunca estuvieron dispuestos a perder el control monopólico del capital transnacional de propiedad de la clase superior, dueña secular de las riquezas de la región.
La efervescencia de los movimientos revolucionarios ocurridos en Centro América y El Caribe debía ser aniquilada y la CIA fue la encargada de la ejecución de toda una escalada de operaciones secretas que iban desde las acciones de propaganda hasta la guerra sicológica, desde el soborno hasta el sabotaje, desde el asesinato hasta actos terroristas en contra de objetivos civiles indefensos. La desmesurada acción de la CIA, la intensificación de la guerra no declarada en contra de los grupos insurgentes fue la respuesta del imperio a los afanes liberadores y a los sentimientos antiyanquis que se extendieron entre todos los pueblos centroamericanos que se negaban a permitir que se continúe con el uso del sistema de explotación y represión, que en forma violenta prohibió el ejercicio de mínimos derechos y la permanente aspiración de independencia política, económica y elemental respeto a su soberanía, que se vio pisoteada groseramente, en el momento en que la Casa Blanca declaró que Centro América era su "cuarta frontera".
El imperio entendió que eran suyos América Central y El Caribe, que los gobiernos de los Estados de la región les debían obediencia y que los pueblos debían ser considerados sólo como mano de obra barata, explotable, sumisa, cuasi esclava. Entendió que los recursos naturales y humanos estaban allí para ser aprovechados por los monopolios norteamericanos, que la riqueza les pertenecía con exclusividad tanto como la miseria era patrimonio de esos pueblos atrasados, subdesarrollados, sin derechos. Si en la zona dominaba Estados Unidos, era lógico que pasara a formar parte de la guerra fría dentro de las estrategias concebidas para enfrentar el conflicto Este-Oeste. El objetivo básico de Washington era regionalizar el conflicto para justificar su intervencionismo, imponer su hegemonía, su mandato imperial. En los procesos insurgentes y revolucionarios de América Central jamás hubo un enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y por tanto fue inexistente la "obligación de Estados Unidos" de defender las democracias que nunca se produjeron o de "detener el avance del comunismo internacional".
Se trataba de "un enfrentamiento entre los pueblos y sus gobiernos; una lucha de los pueblos contra sus opresores. La actual administración ( Reagan. N.A.) se obstina en presentar el conflicto centroamericano como una confrontación bipolar y, por sobre todo, como un conflicto que posee causas importadas: "la penetración soviética", a través de Cuba y Nicaragua. Como si no hubiera causas endógenas, en cantidad suficiente, para explicar las luchas de los pueblos centroamericanos.
"Esas causas son múltiples: económicas, políticas y sociales. Además de ellas, causas de carácter moral...pero las revoluciones se producen de conformidad con leyes que son, como las naturales, relativamente exactas. En primer término, las revoluciones se producen cuando hay condiciones internas para ellas. Cuando los pueblos las necesitan, cuando hay una crisis que las haga impostergables...", advertía Jaime Labastida. (5)
Sólo que las sucesivas administraciones yanquis jamás intentaron siquiera entender que los procesos revolucionarios obedecen a causas propias del desarrollo socio-económico-político de los pueblos, a la toma de conciencia de las realidades nacionales que requieren ser transformadas radicalmente, a la ineludible necesidad de acabar con los sistemas de explotación y la idea rectora de la conquista de la justicia social, base ineludible del progreso de los pueblos. Naturalmente que las clases dominantes se oponen a los procesos revolucionarios porque si estos triunfan se terminan sus privilegios. Por esta razón suelen recurrir a sus aliados de clase en el interior del país y a Estados Unidos como potencia, que llamada o no, se cree en el derecho de intervenir para aplastar las revoluciones y desconocer el principio de la libre autodeterminación de los pueblos. Así actuó y actúa en Centro América y en América Latina, con el objetivo final de perennizar la dominación económica y política para beneficio del capital transnacional de sus monopolios. Garantizar la libre e incontrolada explotación de nuestras patrias es su ideal supremo y las razones de todos los "destinos manifiestos".
Para destruir los movimientos de liberación recurrió históricamente a la fauna de los aventureros, a la CIA, al Pentágono, al Departamento de Estado y a todas agencias. En los años 80, la CIA por mandato de las administraciones republicanas, gastó miles de millones de dólares en una inmensa cantidad de operaciones secretas destinadas a la represión y aniquilación de la insurgencia en Centro América.
El Salvador, "El Pulgarcito de América" como lo llamó Gabriela Mistral, fue escenario de la barbarie desatada por el terrorismo internacional generosamente practicado por la CIA con la ayuda del ejército y una extensa gama de escuadrones de la muerte, creados, financiados, armados y entrenados por la CIA con la complicidad de los sectores oligárquicos pertenecientes a la extrema derecha.
El Salvador es la república más pequeña de América Latina. Apenas son 21 mil kilómetros cuadrados de extensión en la que habitan algo más de cinco millones de personas. Allí mueren cotidianamente, 147 niños de cada mil que nacen vivos. Se estima que niños de hasta cinco años de edad padecen de desnutrición en un 94 % y que el analfabetismo sobrepasa del 57 %, particularmente en las zonas rurales. Las 3/5 partes de la población vive en las zonas rurales dedicadas a labores agrícolas, pero el 93 % de ella carece de elementales servicios; el 73 % de la población rural carece de agua potable y de alcantarillado. En contrapartida, el 57 % de las tierras cultivables está en manos del 2 % de la población y el 21.9% está trabajada por el 91.4% de la población rural. El 8% de la población recibe aproximadamente el 50% de los ingresos totales. Las estadísticas elaboradas por algunos organismos internacionales demuestran el estado de injusticia social y económica que existe en la pequeña república centroamericana.
A esta situación se debe agregar la secular intervención de Estados Unidos que en la década de los 80 se transformó en virulenta, descarada, abierta y de trágicas consecuencias para el pueblo salvadoreño que ya en 1931, conoció del dolor de la represión, a un costo de 30.000 campesinos asesinados, resuelta por el Clan de Catorzonas, para aplastar una rebelión reivindicativa. Farabundo Martí fue uno de los asesinados. Ese Clan está integrado por 14 familias que se constituyeron en dueñas del país y en consecuencia en detentadoras del poder político y económico. Ese clan, en contubernio con el imperio fue el responsable, en gran medida, del desencadenamiento de la larga guerra civil que dura ya 35 años, pese a la firma de los acuerdos de paz en 1991.
PARTE II