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Maíz

La vieja reja, oxidada de tanto tiempo y tanta lluvia, se rompe al cerrar los alicates. Van entrando las sombras, los fantasmas, escondidos de la noche y el día. En el campo, a luz de estrellas y luna reflejandose en los ojos, se miran y se sonríen los que se atreven, en pie frente a las tierras.

- El maíz está sembrado.

Se asientan, en pequeñas casas de madera vieja. La cama es un cochón roto y casi nunca unas sábanas. La mesa una caja abandonada. El pequeño poblado se contrae entre gritos de dolor que parten la tierra, que abren el cielo y espantan al sol. Alzan el vuelo los pájaros, ya volveran cuando paren los gritos, si paran. Hasta que paran y suena el llanto del recién nacido.

- El maíz broto.

Escondiendose, entre los árboles, espantando insectos a latigazos con pelo de mujer, buscandose y encontrandose, desnudandose. Se acercan algunas aves, se posan sobre los que juegan a amarse entre los árboles, sobre los gemidos y los sudores.

- El maíz está creciendo.

El más viejo del poblado, casi ciego, es capaz de ver la luz de la antorcha que baila entre la oscuridad. Se sonrié y piensa en alguna historia que sus abuelos le contaron cuando él era el más joven de algún lugar. Algún espíritu de la selva.

Los que llevan la antorcha se acercan entre los árboles que ocuparon los amantes, entre el maíz, alcanzan las casas y la antorcha es arrojada. Prende un tejado de madera mala, y el viejo cae atravesado de balas. Salen los pobladores de las casas y corren, y mueren de fusiles, que acá ya es casi muerte natural. Algunos se buscan para correr a los árboles, algunos cruzan la reja. Algunos tropiezan con los cuerpos de los muertos, y son alcanzados por los paramilitares.

Queman el maíz.


Javier Campos Vidal