| Eduardo
Galeano cuenta la invasión a República
Dominicana 1965
San Juan de Puerto Rico
Bosch
La gente se
lanza a las calles de Santo Domingo, armada con
lo que tenga, con lo que venga, y embiste contra
los tanques. Que se vayan los usurpadores, quiere
la gente. Que vuelva Juan Bosch, el presidente
legal.
Los Estados Unidos tienen preso a Bosch en Puerto
Rico y le impiden volver a su país en llamas.
Bosch se muerde los puños, a solas en el
rabiadero, y sus ojos azules perforan las paredes.
Algún periodista le pregunta, por teléfono, si
él es enemigo de los estados Unidos. No; él es
enemigo del imperialismo de los Estados Unidos.
- Nadie que haya leído a Mark Twain -dice,
comprueba Bosch- puede ser enemigo de los Estados
Unidos.
1965
Santo Domingo
Caamaño
A la tremolina
acuden estudiantes y soldados y mujeres con
ruleros. Barricadas de toneles y camiones
volcados impiden el paso de los tanques. Vuelan
piedras y botellas. De las alas de los aviones,
que bajan en picada, llueve metralla sobre el
puente del río Ozama y las calles repletas de
multitud.
Sube la marea popular, y subiendo hace el aparte
entre los militares que habían servido a
Trujillo: a un lado deja a los que están
baleando pueblo, dirigidos por Imbert y Wessin y
Wessin, y al otro lado a los dirigidos por
Francisco Caamaño, que abren los arsenales y
reparten fusiles.
El coronel Caamaño, que en la mañana desencadenó
el alzamiento por el regreso del presidente Juan
Bosch, había creído que sería cosa de minutos.
Al mediodía comprendió que iba para largo, y
supo que tendría que enfrentar a sus compañeros
en armas. Vio que corría la sangre y presintió,
espantado, una tragedia nacional. Al anochecer,
pidió asilo en la embajada de El Salvador.
Tumbado en un sillón de la embajada, Caamaño
quiere dormir. Toma sedantes, las píldoras de
costumbre y más, pero no hay caso. El insomnio,
la crujidera de dientes y el hambre de uñas le
vienen de los tiempos de Trujillo, cuando él era
oficial del ejército de la dictadura y cumplía
o veía cumplir tareas sombrías, a veces atroces.
Pero esta noche está peor que nunca. En la
duermevela, no bien consigue pegar los ojos, sueña.
Cuando sueña, es sincero: despierta temblando,
llorando, rabiando por la vergüenza de su pavor.
Acaba la noche y acaba el exilio, que una noche
ha durado. El coronel Caamaño se moja la cara y
sale de la embajada. Camina mirando al suelo.
Atraviesa el humo de los incendios, humo espeso,
que hace sombra, y se mete en el aire alegre del
día y vuelve a su puesto al frente de la rebelión.
1965
Santo Domingo
La invasión
Ni por aire, ni
por tierra, ni por mar. Ni los aviones del
general Wessin y Wessin, ni los tanques del
general Imbert son capaces de apagar la bronca de
la ciudad que arde. Tampoco los barcos: disparan
cañonazos contra el Palacio de Gobierno, ocupado
por Caamaño, pero matan amas de casa
La Embajada de los Estados Unidos, que llama a
los rebeldes "escoria comunista y pandilla
de hampones", informa que no hay modo de
parar el alboroto y pide ayuda urgente a
Washington. Desembarcan, entonces, los marines.
Al día siguiente muere el primer invasor. Es un
muchacho de las montañas del norte de Nueva York.
Cae tiroteado desde alguna azotea, en una
callecita de esta ciudad que nunca en su vida había
oído nombrar. La primera víctima dominicana es
un niño de cinco años. Muere de granada, en un
balcón. Los invasores lo confunden con un
francotirador.
El presidente Lyndon Jhonson advierte que no
tolerará otra Cuba en el Caribe. Y más soldados
desembarcan. Y más. Veinte mil, treinta y cinco
mil, cuarenta y dos mil. Mientras los soldados
norteamericanos destripan dominicanos, los
voluntarios norteamericanos remiendan en los
hospitales. Jhonson exhorta a sus aliados a que
acompañen esta Cruzada de Occidente. La
dictadura militar del Brasil, la dictadura
militar del Paraguay, la dictadura militar de
Honduras, y la dictadura milita de Nicaragua envían
tropas a la República Dominicana para salvar la
Democracia amenazada por el pueblo.
Acorralado entre el río y el mar, en el barrio
viejo de Santo Domingo, el pueblo resiste.
José Mora Otero, Secretario General de la OEA,
se reúne, a solas, con el coronel Caamaño. Le
ofrece seis millones de dólares si abandona el
país. Es enviado a la mierda.
1965
Santo Domingo
132 noches
ha durado esta
guerra de palos y cuchillos y carabinas contra
morteros y ametralladoras. La ciudad huele a pólvora
y a basura y a muerto.
Incapaces de arrancar la rendición, los
invasores, los del todo poder, no tienen más
remedio que aceptar un acuerdo. Los ningunos, los
ninguneados, no se han dejado atropellar. No han
aceptado traición ni consuelo. Pelearon de noche,
cada noche, toda la noche, feroces batallas casa
por casa, cuerpo a cuerpo, metro a metro, hasta
que desde el fondo de la mar alzaba el sol sus
flameantes banderas y entonces se agazapaban
hasta la noche siguiente. Y al cabo de tanta
noche de horror y de gloria, las tropas invasoras
no consiguen instalar en el poder al general
Imbert, ni al general Wessin y Wessin, ni a ningún
otro general
Eduardo Galeano
- Memoria del fuego (3)
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