F.M.L.N. - Adiós a
un movimiento histórico
Jaime Barba
El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional -FMLN-
fue durante un largo período una fuerza política que de algún
modo encarnó los múltiples e intrincados anhelos por una vida
digna y más justa para los salvadoreños. ¿Cuándo comenzó a
dejar de representar eso? Difícil precisarlo, pero sí es claro
que ahora ya no.
Se ha resquebrajado una vez más. Y de este desprendimiento no
saldrá fortalecido: ni los que salen del FMLN podrán
estructurar algo realmente nuevo, ni los que se quedan dentro de
la carpa podrán ostentar (mucho menos incrementar) el peso específico
que se tuvo durante la posguerra. Es un fin de ciclo.
Se trata de decir adiós a un movimiento histórico. Los
argumentos en contrario son muy endebles. Y es que el FMLN, de
por sí, desde sus orígenes, estuvo en un eterno proceso de réplica
y contra réplica interna. Esto que parecía un valladar, a la
larga le trajo un dinamismo político que aligeró en algunos
casos los pesados fardos ideológicos que durante mucho tiempo
frenaron su desarrollo. Aunque, para hacer honor a la verdad, hay
que decir que la disensión también estuvo segmentada. Se debatía
en las cúpulas (y a veces con fiereza y hasta lograr verdaderos
«aniquilamientos» del contrincante), pero en los niveles de
base no se daba esto, ya que al autoritarismo concomitante a una
fuerza excesivamente ideologizada, como lo era el FMLN, se le
sumaba el marco de guerra del que formaba parte.
Cuando el siempre recordado Ignacio Ellacuría sentenció a
mediados de los años ochenta del siglo XX que era el «FMLN, un
límite insuperable», con esa expresión simbolizaba la densidad
política que esta fuera tenía. Es decir, querer superar la
crisis nacional que significaba la guerra en el país e ignorar
al FMLN constituía un desacierto colosal. De hecho, el proceso
negociador que culminó en 1992 confirmó aquella pionera tesis.
Pero ahora las cosas han cambiado mucho. Sobre todo porque la
guerra desapareció como factor estratégico. Los cambios que el
FMLN ha experimentado desde 1992, sin embargo, no han sido para
mejor. Aunque el cuadro de distensión política que se trazó
para la posguerra estimuló irrestrictas libertades públicas,
también resucitó un cadáver: la figura del partido político.
A años vista, se puede decir que el grave error de los
dirigentes del FMLN no es haberse trocado en partido político,
sino en no haber mostrado en el ejercicio de su práctica política
que era posible hacer otro tipo de partido que guardara verdadera
distancia con lo establecido. Falta de imaginación e incapacidad
para otear delante de lo que está frente a sus narices y así
poder considerar otras experiencias en el mundo que les pudieran
ser de gran utilidad.
Ahora los cadáveres resucitados son los dueños y señores del
quehacer deliberativo en el país. Y la situación no puede ser más
patética. Porque no se puede seguir así, dejando que la
politiquería se haga cargo de los asuntos nacionales. Debe
abrirse paso a una reforma política que reglamente seriamente (Ley
de Partidos Políticos, al menos) estas instancias y deben perder
el monopolio de la representación ciudadana Y aunque es
extraordinario que los procesos electorales discurran en las
fechas pautadas, las expresiones ciudadanas, del día a día, no
tienen que ser forzosamente partidarias. Hasta en el quehacer
judicial está implícita la acción política. En fin, promover
una profunda reforma política es ahora una tarea pendiente. Pero
no son estas cuestiones las que han dividido al FMLN, sino meras
cuotas de control interno o confusas disensiones político-ideológicas,
quién sabe si relevantes.
Finalmente, mientras quienes se quedan o quienes se van del FMLN
sigan sin comprender las complicadas mutaciones estructurales
habidas en el país en estos últimos veinticinco años (entre
las que la predominancia poblacional urbana es sólo una expresión
importante), aportarán muy poco a las urgentes transformaciones
que El Salvador necesita, por mucho que se hagan socialdemócratas
o sigan pensando con esquemas rígidos. No es sólo quitarse la
casaca; hay que reformular, auscultar a fondo, abrirse de verdad
a nuevas ideas, debatir con responsabilidad y tender puentes para
que la acción política en El Salvador deje de ser prisionera de
quienes actualmente la hegemonizan.
Tomado de Rebelión |
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