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Elvio Romero - Madres
A George Orwell, el autor de
Rebelión en la granja, le preguntaron a qué ser humano
apreciaba más y él contestó: "A una madre que cría 10
hijos". Cuando lei esto en un reportaje que se transmitió
poco, pensé inmediatamente en nuestras madres, en esas que
forjaron nuestro país y están diseminadas por todos sus
rincones, nuestras madres heroicas que cargan ¡con todo el peso
de nuestra historia!
Hijos sin padre, por lo general; de padres que sembraron el fruto
de paso, como al azar; que se han ido en busca de trabajo y no
volvieron, olvidando a sus hijos; y quedaron ellas a cuidarlos,
solas ante el horizonte y solas ante el destino.
No se privarán de sacrificio alguno para que estudien, para que
sean alguien, lo que ellas no pudieron ser.
Las guerras que asolaron el suelo patrio las encontraron de pie,
con la ropa hecha jirones, pero bandera en mano. Levantando la
casa, ladrillo sobre ladrillo, con los hijos prendidos a sus
faldas, y dispuestas a reconstruir el solar de su nacimiento,
aunque fuera terrible el precio que pagarían.
Entretanto, lo único que les importa son los hijos, y se han
doblado el lomo para alimentarlos, con las manos llenas de
arrugas de lavar guardapolvos, sembrar, cosechar, cumpliendo su
destino de creadoras mártires, de madres inmortales en una
tierra sufrida.
Y darían lástima, si en este país se sintiera lástima por
alguien. Saben que alguna vez se quedarán solas y abandonadas;
por una u otra razón se irán yendo los hijos fronteras afuera,
sin que ellas sepan jamás su paradero, y que con el paso del
tiempo dejarán de recibir la ayuda que esperaban, ya que ellos,
a su vez, emprendieron nueva vida y fueron relegando poco a poco
sus deberes para con ellas.
Veo pasar a una joven campesina, de no menos de 15 años, y ya
guardando en el vientre la semilla sagrada. ¿Será la única vez
o seguirá procreando? Lo más probable es que no se detenga en
su carrera. Y siga echando al mundo los hijos de su querer. ¿Llegará
a criar 10 hijos como decía el novelista? Cuidar a 10 niños es
una hazaña notable, un balanceo en el trapecio del sacrificio.
Al precio, naturalmente, de su integridad física. ¿Acaso no
hemos visto a esas mujeres prematuramente marchitas, arrugada la
piel, los cabellos blancos, marginadas ya de los placeres
elementales, con una edad imposible de adivinar?
Las hemos visto y las seguiremos viendo. A no ser que un viento
de redención sople de veras y no en la retórica de los
discursos en esta tierra. Y ellas serían amadas y recibirían el
calor de hogar con que sueña la especie humana en su paso sobre
la tierra.
Y estas madres, cuyo sacrificio es inmedible, borrarán de su
rostro los rasgos de la penuria y sonreirán con el júbilo feliz
de su renacimiento.
Última Hora. El Correo Semanal
Tomado de Sololiteratura