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Chávez los tiene locos

Crónica apasionada de una marcha del bravo pueblo venezolano el pasado domingo 13 de octubre.

Por Carlos Aznárez
(Director de "Resumen Latinoamericano", desde Caracas)


A las 8 de la mañana de este pasado domingo 13 de octubre, ya se percibía lo que iba a ocurrir horas después. La zona del Poliedro de Caracas, ubicado a casi 10 kilómetros de la avenida Bolívar, en el centro de la Capital, hervíade colores, calores y sentimientos. Lo primero porque esta guerra entablada entre la oligarquía venezolana y el bravo pueblo que sigue al presidente
Hugo Chávez, no es sólo de clases sino también de tonalidades de piel. El jueves 10 marchó los escuálidos movilizaron una multitud mayoritariamente blanca, vestida a la moda, unificada en un tono de voz que parece casi universal, impregnada de un inocultable resentimiento y buena dosis de revanchismo. Surcada, finalmente, por un supino desprecio hacia todo lo que no son "ellos".

Este domingo, en cambio, ocurrió todo lo contrario. Allí estaba el subsuelo sublevado de la "Patria buena", tantas veces evocada por Alí Primera. O consignada magistralmente por el Subcomandante Marcos cuando, hablando de otra muchedumbre parecida, la de los zapatistas, había señalado que era hora que el México de arriba se enterara qué piensa y por qué sufre el México
subterráneo.

Con Venezuela pasa lo mismo: los de arriba ni se asomaron a sus ventanas y balcones, desde los que habitualmente cacerolean, para ver lo que estaba sucediendo allí, en sus propios pies. No podrían soportar sentir la alegría que se derramaba calles abajo.

Había mucho para festejar. En primer lugar, se trataba de un nuevo encuentro con ese jefe carismático y peleón que nunca les falló a los humildes, a quienes lo elevaron a las alturas y por el que están dispuestos -lo demostraron el 11-A- a dar la vida. Pero además, la comunión pueblo-líder se daba, esta vez, en circunstancias muy especiales. La oposición taimada y
unida por el espanto, había dado un ultimátum. Es cierto que ni entre ellos coinciden con la salida precisa para un proceso que se les hace cada vez más molesto ya que recorta sus intereses como jamás antes nadie lo hizo, pero a pesar de ello se animaron a exigir que "o renuncia o lo volteamos", refiriéndose a Chávez, a quien también amenazan con un "paro cívico". O un golpe, o un magnicidio, si todo lo demás fallara.

Frente a semejante desafío, el pueblo pobre de Bolívar y Zamora, no dudó en aceptar el envite y bajó. Vaya si bajó, desde las casas de cartón de los cerros, o llegando desde la sabana y el llano, desde las entrañas de la tierra campesina. Vestidos de rojo chavista, con sus rostros iluminados por sentirse ganadores estratégicos de una batalla desigual. Sabedores que el
enemigo tiene poder, dinero, medios de comunicación y malicia, pero a ellos les sobra coraje, dignidad y algo fundamental: tienen mucho que ganar en esta contienda.

El rumor se hizo rugido. Ríos humanos inundaron las calles y las autopistas. Millones de hombres, mujeres, niños y ancianos caminaron salpicando de boinas y vinchas bolivarianas todo el entorno, levantando miles de pancartas y banderas venezolanas, luciendo consignas que iban desde reivindicaciones puramente locales hasta exigir mano dura contra los golpistas y sus aliados
gringos de Washington, Miami o Madrid, o proclamar la pelea por el socialismo.

El pueblo hablaba en forma locuaz. Sin intérpretes ni burócratas que pudieran secuestrarle el verbo. Democracia directa y participativa frente a caricatura de la democracia, a la que tanto estamos acostumbrados en nuestros países.
Otro detalle significativo: a la vanguardia de la marea humana desfilaba su propia infantería motorizada. Un enjambre ruidoso de motos de todas las cilindradas y hasta algunas bicicletas. Cuando ellos llegan, con sus banderas al viento, el gentío que espera en las esquinas se agita como nunca. Se siente más fuerte, son su tropa de cabecera, que anuncia que atrás viene el resto: millones de manifestantes. Mucha gente para que alguien pudiera dudar que se puede perder la batalla.

Finalmente aparece el culpable de semejante convocatoria. La única persona, después de Perón en Argentina, que puede darse el lujo de despertar oleadas de pasión y una incondicional lealtad, siempre correspondida.

Avanzando a paso lento pero "de vencedores", el vehículo que transporta al presidente se acerca al palco principal, y es entonces que un coro millonario de voces entona lo que la picaresca popular ha logrado imponer como hit del año: "Chávez los tiene locos, Chávez los tiene locos". Se refieren así a una oposición que no sabe para que lado correr frente a un rival que les supera en inteligencia, intuición y calor de masas.

Después, habla Chávez y lo hace con un lenguaje llano, improvisando un diálogo permanente con sus interlocutores de a pie, con ese pobrerío que ya lleva casi 15 horas bajo un sol de justicia y una temperatura caribeña que achicharra hasta las piedras.

El presidente juega con quienes se han atrevido a amenazarle. "Me han dado tres días de vida", dice, evocando el plazo que va hasta el miércoles, impuesto por los escuálidos para que eleve su renuncia o convoque a elecciones. Cuenta entonces todo lo que va hacer en ese tiempo, hora por
hora, en el que estará de gira por Francia e Italia, visitando mandatarios y empresarios que quieren invertir en Venezuela.

"Voy a renunciar", anuncia con un dejo de picardía, mientras la multitud se encabrita: "No, no, no..." "Sí, voy a renunciar y conmigo renunciará todo este pueblo que hoy sí, ha tomado Caracas".

El gentío, que parece no entender lo que les está proponiendo su líder, insiste haciendo gestos negativos, como esperando algo distinto.

"Voy a renunciar a...traicionar la dignidad de este valiente pueblo. Voy a renunciar a dar un paso atrás frente a los embates de la oligarquía y el fascismo golpista. Voy a renunciar a...".

La avenida Bolívar y sus múltiples adyacencias se estremece de gritos de aprobación. Millones bailan, se agitan, se rien, cantan otra vez: "Chávez los tiene locos...".

Y lo mejor de todo es que no se equivocan.