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Eduardo Galeano - Crónica
de la ciudad de Bogotá
Cuando el telón caía, al fin de cada noche, Patricia Ariza,
marcada para morir, cerraba los ojos. En silencio agradecía los
aplausos del público y también agradecía otro día de vida
burlando a la muerte.
Patricia estaba en la lista de los condenados, por pensar en rojo
y en rojo vivir; y las sentencias se iban cumpliendo,
implacablemente, una tras otra. Hasta sin casa quedó. Una bomba
podía volar el edificio: los vecinos, obedientes a la ley del
miedo, le exigieron que se fuera.
Ella andaba con chaleco antibalas por las calles de Bogotá. No
había más remedio; pero el chaleco era triste y feo. Un día,
Patricia le cosió unas cuantas lentejuelas, y otro día le bordó
unas flores de colores, flores bajando
como en lluvia sobre los pechos, y así el chaleco alegrado y
alindado, y mal que bien pudo acostumbrarse a llevarlo siempre
puesto, y ya ni en el escenario se lo
sacaba.
Cuando Patricia viajó fuera de Colombia, para actuar en teatros
europeos, ofreció su chaleco antibalas a un campesino llamado
Julio Cañón. A Julio Cañón, alcalde del pueblo de
Vistahermosa, ya le habían matado a toda la
familia, a modo de advertencia, pero él se negó a usar ese
chaleco florido:
Yo no me pongo cosas de mujeres dijo.
Con una tijera, Patricia le arrancó los brillitos y los colores,
y entonces el hombre aceptó.
Esa noche lo acribillaron. Con el chaleco puesto.