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Eduardo Galeano - Crónica
de la ciudad de Buenos Aires
A mediados de 1984, viajé al río de la Plata.
Hacía once años que faltaba de Montevideo; hacía ocho años
que faltaba de Buenos Aires. De Montevideo me había marchado
porque no me gusta estar preso; de Buenos Aires, porque no me
gusta estar muerto. Pero ya en 1984 la dictadura militar
argentina se había ido, dejando a su paso un imborrable rastro
de sangre y mugre, y la dictadura militar uruguaya se estaba
yendo.
Yo acababa de llegar a Buenos Aires. No había avisado a los
amigos. Quería que los encuentros ocurrieran sin hacerlos. Un
periodista de la televisión holandesa, que me había acompañado
en el viaje, me estaba entrevistando frente a la puerta de la que
había sido mi casa. El periodista me preguntó qué se había
hecho de un cuadro que yo tenía en mi casa, la pintura de un
puerto para llegar y no para marcharse, un puerto para decir hola
y no adiós, y yo empecé a contestarle con la mirada clavada en
el ojo rojo de la cámara. Le dije que no sabía adónde había
ido a parar ese cuadro, ni adónde había ido a para su autor, el
negro Emilio, Emilio Casablanca: el cuadro y Emilio se me habían
perdido en la niebla, como tantas otras gentes y cosas tragadas
por aquellos años de terror y lejanía. Mientras yo hablaba,
advertí que una sombra venía caminando por detrás de la cámara
y se quedaba a un costado, esperando. Cuando terminé, y el ojo
rojo de la cámara se apagó, moví la cabeza y lo vi. En aquella
ciudad de trece millones de habitantes, el negro Emilio había
llegado hasta esa esquina, por pura casualidad, o como se llame
eso, y estaba en aquel preciso lugar en el instante preciso. Nos
abrazamos bailando, y después de mucho abrazo Emilio me contó
que hacía dos semanas que venía soñando que yo volvía, noche
tras noche, y que ahora no lo podía creer.
Y no lo creyó. Esa noche me llamó por teléfono al hotel y me
preguntó si yo no era sueño o borrachera.